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domingo, 18 de diciembre de 2016

"Los muertos no pagan sus deudas" Por Rogelio Oscar Retuerto

Recuerdo patente aquel día, jamás pude olvidarlo. Era la tarde del veintidós de agosto del dos mil uno. Argentina se desangraba entre la crisis económica y los conflictos sociales. Marta ya había amenazado dos o tres veces con consumar su acto final. Marta hacía teatro, pero no hablaba de tablas y puestas en escena. Yo nunca le creí, pensé que era una artimaña para llamar la atención. Pero aquella tarde pasó.
Llegué a casa después del laburo, como de costumbre, y Marta no estaba. Sobre la mesa, debajo de un vaso de vidrio, había dejado un nota: “no aguanto más esta vida, así no puedo seguir. Partiré a un lugar mejor”. Yo sabía cómo y dónde iba a consumar su último acto en esta tierra, lo había anticipado varias veces.  Agarré el auto y me fui volando a intentar frenarla. Mientras conducía por la autopista podía imaginarla allá en lo alto con la mirada perdida, el rostro salpicado por gotas de sudor y esa sonrisa demencial que solía dibujársele cuando intentaba vengarse de algo.
Cuando llegué ya era tarde. Marta ya no estaba. Ese fue el final de nuestra vida compartida. Lloré lo que restó de la tarde, lo que duró la noche y la mitad de la mañana. Les juró que pensé en seguir sus pasos, pero no pude. Supongo que fui un cobarde.
Marta partió a un lugar mejor. Lo hizo despegando sus pies de esta tierra para pisar un mundo nuevo. Lleva quince años sobreviviendo en España y yo sigo acá: en mi Buenos Aires querido.
Hace unos años me envió un mail (en facebook la bloquee. Las primeras publicaciones se las “reportaba”. Eso me hacía gracia, yo reportando a una inmigrante) Por aquellos años Europa comenzaba a desmoronarse en el sumidero de la desocupación, y la sombra del terrorismo se levantaba desde oriente para cubrir con sus alas el sol de cada mañana. En el mail me pedía que la perdone y me decía que quería volver. Al leerlo me invadió una profunda alegría. Me apresuré a contestarle. Mi respuesta fue concisa y contundente:
JODETE.
Desde ese día vivo mucho más aliviado. Siento que mi respuesta me sacó las telarañas de los rincones de mi alma y toneladas de peso que llevaba encima.
Este año me echaron del laburo. Acá también la cosa se está poniendo jodida. “Coletazos de la crisis mundial” lo llaman. A mí el coletazo me lo dio un dinosaurio. Me puse a laburar con mi viejo en la panadería. El viejo ya venía a las puteadas: que el aumento del gas, que el de la luz, que la harina. Llegó un punto en que el viejo no aguantó más y siguió los pasos de Marta (pero este se fue en serio. No vuelve más). Ayer nos entregaron el cuerpo en la morgue judicial. Pensamos en cremarlo, pero bue… no queríamos que parezca una burla del destino: panadero, el horno, el gas. No. Decidimos darle sepultura.
Y acá estoy, tirando. La explosión dañó otros dos locales de la cuadra y una casa vecina. Una de las paredes de la casa se desplomó sobre un pibe que estaba durmiendo. Un pedazo de mampostería le aplastó el cráneo, pero no murió. Un amigo médico me dijo que si se salva, vayan buscándole una maceta porque lo que va a salir del hospital es una planta. Siento que me estoy volviendo loco, lo digo en serio.
Ya nos van a empezar a llover los juicios. Denles tiempo, nomás. Aunque todo estaba a nombre de mi viejo y como él siempre decía: “los muertos no pagan sus deudas”.
La casa la vendimos. No queremos tener nada a nombre de la familia para cuando lleguen los juicios. Yo me mudé a un pensión de Once.
Este es el primer mes que no llego a pagar la pensión. Ayer una rata (una o varias, no lo sé) se encargó de romper la caja en donde guardaba los últimos paquetes de galletitas, la yerba y la azúcar. Hizo un desastre esa hija de puta. Tuve que tirar todo.
Hoy no me levanté. Encima Camila me hizo juicio por alimentos ¿con qué quiere que le pague? Si no tengo donde caerme muerto. A diferencia de Marta a mí no me molesta mi país. Estoy acostumbrado al quilombo. Lo que si me molesta son las deudas. Todo esto me está volviendo loco, lo digo de en serio.
Anoche abrí la puertita del horno para ver si se había escondido la rata. La quería hacer mierda. Cuando abro la puerta aparece mi viejo; bueno, no entero, sino la cabeza. Estaba servido en bandeja. Me puse a llorar y le dije:
–Papá, todo esto me está volviendo loco, lo digo en serio.
El viejo me miró y me dijo una frase más que sugestiva:

–Los muertos no pagan sus deudas. 

*Ilustración de Luiso Garcia.

1 comentario:

  1. Me encantó este relato, tiene una prosa sin rebusques, bien como hablamos nosotros. El final fantástico me encantó. La ilustración maravillosa, me hizo acordar al gran pintor ecutoriano: GAUYASAMIN.

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