"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

Novelas Cortas

domingo, 2 de julio de 2017

La nube

(Relato publicado en el fanzine The Wax Nº3)

La nube
1
Aquella fue la primera y última vez que abrí el negocio a la madrugada. Era septiembre de 2001 y la crisis social hacía estragos a lo largo del país. Recuerdo que la noche anterior hable con Soledad.
–Negra, sesenta pesos de caja. Nos vamos a pique –le dije –. Si no hacemos algo, estamos fritos.
–¿Y qué pensás que podemos hacer? Abrimos a las ocho de la mañana, cerramos a las once de la noche. Más no podemos hacer, Manuel.
–Yo no voy a abrir más a la mañana. Vas a tener que abrir vos. Llevas a los pibes a la escuela y abrís cuando volvés. Yo voy a seguir de largo a la noche y me voy a quedar hasta las seis de la mañana.
         Soledad se rió.
–¿Estás hablando en serio? –me dijo.
–Muy en serio. Si cerramos el quiosco ¿qué hacemos? No hay laburo en ningún lado. Es resistir o cagarnos de hambre. Además, a la noche está todo cerrado. Andan los pibes de gira, van a comprar bebidas y pucho al cañón o al centro. ¿Vos viste a las once de la noche? A veces no podemos cerrar, tenemos gente esperando porque todos los demás cierran a las diez. De día está lleno de bolichitos, negra. El se queda sin laburo se pone un quiosco o, si tiene un auto, se pone a remisiar.
Y así fue, nomás. A la noche siguiente seguí de largo. Buena venta hasta la 1AM, después decayó. A las dos de la mañana me desperté. Me había quedado dormido en la silla mientras miraba “Pare de sufrir”. Me levanté y salí a la vereda. No había un alma. Cerré el bolichito y me fui a dormir.

2
Me despertó el tintineo de la campana del boliche. Miré el reloj y eran las tres de la mañana. Entre el quiosco y la casa había un patio de unos cinco metros. Me pareció todo muy raro. Juraría que la campanita la habíamos sacado dos años atrás, cuando pusimos el timbre. Pero la campana seguía sonando. En otros tiempos me hubiese hinchado las pelotas y me hubiese tapado la cabeza con la almohada, pero esa noche no. Necesitábamos vender.
Me puse los cortos, me calcé las ojotas y salí con la remera que tenía puesta. Crucé el patio al grito de “¡Ya vaaa…! ¡Ya vaaa…!”. Abrí la puertita del negocio y me sorprendió encontrar la luz prendida. Creía haberla apagado. La tele portátil también estaba prendida; la balanza electrónica, también. Me apuré a llegar al frente porque había gente esperando. Cuando abrí la ventanita mi sorpresa fue mayor. Había tres vagos esperando para comprar. Uno tenía dos envases de birra en la mano. Al lado había una parejita fumando un porro y atrás una mujer bajita con la hija, una nena de unos diez años.
–Muchachos –le dije a los vagos.
–Dos Quilmes, maestro –me pidió el pibe– ¿Tiene Gancia?
–Sí; grande, nomás.
–Listo. Deme también un Gancia y una Sprite de dos litros y cuarto.
Me pidió dos salamines y medio de pan. Pan no me quedaba. Me apuré a despacharlo porque no quería que se me vaya los demás. Aunque después me di cuenta que a esa hora no tenían a donde ir.
Le entregué las cosas al pibe y me pagó con cien mangos. Un montón de guita. Fui a la caja mirando el billete a trasluz y, cuando bajo la mirada, me la encuentro a la negra acomodando la plata en la caja.
–¿Qué hacés acá? –le pregunté.
–Vine a ayudarte –me dijo.
Puse el billete de refilón y no noté que el “100” cambiara de vede a azul. Lo miré de vuelta y nada. Le pasé el lápiz botón y apareció una raya oscura sobre la cara de roca. Me fui para la ventana y vi que el pibe estaba solo. Los otros dos ya se habían ido, y se habían ido con las bebidas. Ya empezaba a ponerme del orto.
–Este billete no sirve –le dije al vago.
El pibe lo miró, frunció el entrecejo y miró para la esquina. 
–Uh, que cagada jefe –me dijo–, me pagaron hoy con este.
–No sirve –le dije.
El pibe volvió a mirar para la esquina.
Me di vuelta para pedirla a Soledad que atienda a la parejita mientras yo salía a arreglar el asunto, pero Soledad ya no estaba.
–Esperame un ratito, ya te atiendo –le dije a la rubiecita corte Stone que fumaba porro.
Salí al patio y miré para todos lados.
–¿Dónde mierda está? –pregunté a la nada.
Caminé por el pasillo mirando para ver si encontraba el caño de gas que usaba para hacerle frente a los guachos, pero no había nada.
–¡La puta madre! –largué al llegar a la puertita de callé.
El gato de mi hija me miraba, como si lo hubiera puteado a él.
Abrí la puerta y salí a la vereda. El vaguito no estaba. Estaba el otro, el más grande, el que se había llevado las bebidas.
–¿Se lo podemos pasar mañana, maestro? –me dijo. Ahí me di cuenta que era paraguayo.
–Imposible –le dije.
–Venimos de trabajar, amigo. Nos pagaron con ese billete. Yo me comprometo a pasar mañana temprano y le cancelo.
Miré para la esquina y ahí estaba la Traffic blanca en la que habían llegado. Si hubiesen querido cagarme se hubieran ido a la mierda. Pensé que los paraguayos eran buena gente, laburantes; que este debía ser el contratista y los otros dos los albañiles.
–Mañana abrimos a las ocho –le dije.
Además ¿qué iba a hacer? Las bebidas ya no podía recuperarlas. Miré para la esquina y vi que estaban mezclando el Gancia y la Sprite en una jarra de plástico.  Y tenía gente esperando.
La rubiecita solo quería dos papelillos ¡dos papelillos! El pibe tenía el cogollo en la palma de la mano esperando los palelillos para armar el porrito. El paraguayo me había sacado las bebidas sin pagar, la rubiecita me compró dos miserables papelillos ¿para eso me había levantado a atender?
–Doña –le dije a la mujer que esperaba con la hija.
Era una mina con cara de sufrida, de esas que hablan bajito, de esas que apenas pisan los cuarenta y usan pollera corte testigo de Jehová, con blusas sueltas para que no se le noten las tetas.
–Le venía a pedir un favorcito…
Ese prefacio ya lo conocía. Ahora venía el mangazo. La mina me daba lástima, me miraba con cara de perro abandonado. Pero también el conejo de la tele lo miraba así al cazador y era terrible turro.
–… Si no me podía aguantar unas cositas hasta el viernes.
Me partía el alma, pero yo estaba peor que ella. Si me pedía un aceite, me quedaba uno solo, y al día siguiente no iba a tener un mango para reponer mercadería. Si me pedía una leche, la que quedaba en la heladera la estaba guardando para que desayunen mis pibes.
–Señora, está re jodida la mano. Si yo me quedo hasta esta hora es para hacer una monedita más, no para fiar.
La mujer me pidió disculpas y se fue.
Cuando se fue la mujer decidí cerrar.
–Al pedo me levanté –le dije al gato de mi hija, que pasaba por el lugar.
Terminé de echarle llave a la puerta y sentí el traqueteo de la ventanita del quiosco.
Trak – trak –trak – trak
No lo podía creer. No había hecho un mango partido a la mitad y encima querían afanarme. Sondee el patio y en una esquina vi el caño de gas tirado en el piso. Lo agarré y enfilé por el pasillo. Trate de darle vuelta a la llave junto con el traqueteo de la ventana del quiosco, para que no me escuchen. Abrí la puerta y salí a la vereda agitando el caño con violencia. Pero no había nadie. Ni la luz de la calle estaba encendida. Ni un alma.
Me fui a dormir.

Al día siguiente me desperté a eso de las once. Soledad estaba en el negocio. Le hice de comer a los pibes y los llevé a la escuela. Cuando volví me quedé en el negocio.
–Andá –le dije a Soledad–. Dormite una siesta.
–¿Pero vos no vas a quedarte de noche? –me preguntó.
–No. Ya no.
Ni bien me senté para ver la tele la veo cruzando la calle a la Micaela. Es como si la vieja estuviera esperando que se vaya Soledad para venir a llenarme la cabeza en contra de alguien. Vieja harpía, curandera, mano chanta: una bruja. Soledad la quería, porque a veces le tira las cartas o les cura el empacho a los chicos. De paso la vieja aprovecha para sacarle mano a medio mundo.
–Micaela
–Hola, m´hijo. Medio de pan, por favor. Si tiene galleta me pone alguna.
–Cómo no.
Sin preguntarle si quería algo más, le entregué la bolsa. La vieja me pasó la plata.
–Así no los va a espantar –me dijo la vieja.
–¿Así cómo? –le pregunté sin mirarla, mientras juntaba el vuelto para darle.
Me acerque a la ventanilla y le entregué la plata. 
–¿Así cómo? –volví a preguntarle.
–Así, con un caño.
En ese momento me di cuenta de que estábamos teniendo un diálogo de locos. La vieja me preguntaba cosas que yo no sabía y yo le contestaba. Fruncí el entrecejo y la mire a los ojos.
–¿De qué mierda me está hablando, Micaela?
–De la nube. Anoche los vi.
–No sé de qué habla. Que le vaya bien.
Estuve a punto de cerrar la ventanita, pero lo vieja metió la mano para que no lo haga.
–De la nube. Anoche los vi.  Y así no se los echa. Usted abrió una puerta.
–Abrí la puerta porque dos guachos me querían entrar al negocio.
–No. No hablo de esa puerta. Y así no va a echarlos. Hay que darles paz. Piénselo ¿cómo sabía que eran dos los chicos? Piénselo.
La vieja me dejó pensando. Yo estaba convencido de que eran dos pibes. Hasta podía hacer un identikit de los pibes aunque nunca los había alcanzado a ver.
Después se me vino el mundo abajo. De un momento para otro me acordé de todo. Cada imagen era como un flash que encerraba una historia, un flash que dolía en los huesos. Mi mente fue acribillada por esos flashes dolorosos: los paraguayos asesinados en la rivera para robarles la quincena, maniatados en la Trafic y calcinados dentro de ella; los dos drogones que se pasaron de rosca y amanecieron en pleno invierno tirados en la esquina (“cuando los levantaron, hicieron el mismo ruido que un trapo al despegarlo de la escarcha” diría la Micaela esa noche); la mujer y la hija asesinadas por un marido alcohólico y celoso (“a la nena la torturó antes de matarla, la torturó sexualmente”). Todos habían sido mis clientes, pero yo no pude reconocerlos esa noche. Fue como si tuviese una nube delante de mí que me impedía ver quiénes eran en realidad. 
Esa noche me metí el orgullo en el orto y me crucé a lo de la Micaela. Me hizo pasar. Nunca había estado adentro de esa casa. Era espeluznante. Por todos lados se mezclaban estatuillas de santos con demonios. En un rincón había una virgen con el torso desnudo y un pequeño demonio se alimentaba de la sangre que emanaba de sus pechos. Cruces de madera se intercalaban con estrellas de cinco puntas. En altares improvisados en el piso, ardían velas rojas, negras y verdes.
–Pase –me dijo–, siéntese.
–Que vio anoche, Micaela –le pregunté, yendo al grano.
–Una nube –me dijo, mientras preparaba un té. Yo le hice señas con la mano como diciéndole que a mí no me prepare nada–.  Una nube oscura que emergía de la tierra. Se retorcía y se mezclaba en sí misma. Toda la cuadra se cubrió de un manto de podredumbre. Todos lo deben haber notado. Algunos habrán pensado que fueron las cloacas; otros, algún animal muerto. Pero era la nube. Yo realicé el pentagrama y miré por la ventana… y ahí estaba usted, agitando el caño contra la nube.
–Yo no vi nada, Micaela.
–No todos ven. Buscan paz. La buscan en donde se los invite a entrar. No es bueno que abra el negocio de madrugada, Don Manuel.
–Ni empedo, Micaela. Después de lo que me cuenta, ni empedo.
La vieja se quedó pensando. Se levantó del sillón, se acercó a la ventana y corrió la cortina con la mano para ver hacia afuera. Después volteó con el entrecejo fruncido. Se la notaba preocupada.         –Además de la gente que ya no está ¿vio a alguien más?
–¿Cómo, si vi a “alguien más”?
–Sí. ¿Vio a alguien que aún esté vivo?
–No ¿por?
–Por nada, Don Manuel. Si no vio a ningún vivo todo está bien. Todo va a  andar bien en el  barrio.
Después de eso me fui a mi casa. Pasó un tiempo y desde entonces espero un desenlace que aún no sucede. No sé bien que es, pero sé que algo oscuro y siniestro va a suceder. Después de todo, nunca le dije a la Micaela que esa noche había visto a Soledad atendiendo la caja.  


martes, 30 de mayo de 2017

La curva

(Relato publicado en el fanzine The Wax Nº 1)
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El coche entró en una curva cerrada y ciega. Juan ralentizó la marcha. Promediando la curva el sonido del motor cesó, como si el auto hubiese sufrido el colapso de su sistema eléctrico. Se apagaron las luces y el auto quedó muerto. Juan miró el tablero, extrañado.
–Se murió –dijo.
Desde el asiento trasero Mariela pudo notar el sonido del tambor de encendido girando y los movimientos de Juan intentando darle arranque, pero el auto en verdad estaba muerto. Mariela sintió calor, bajó la ventanilla y sintió la brisa fresca de la noche ingresando al auto. Cerró los ojos y dejó que el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto la acunara. El murmullo de los insectos y alimañas del monte la envolvió por completo.
–¿Qué pasó? –preguntó Carla, despertando en el asiento del acompañante.
–No sé. Se murió –atinó a decir Juan.
Cuando completaron la curva divisaron un paisaje que los dejó atónitos. Cien metros por delante un automóvil se encontraba estacionado con las puertas abiertas. Sobre el asfalto había un bulto atravesado. Carla se tapó la boca, ahogando un grito de terror.
–¿Es un cuerpo? –preguntó Carla.
–No sé. Puede ser. Parece que hubo un accidente –contestó Juan.
El auto se fue deteniendo sobre la banquina con la última reserva de inercia que le quedaba. El cielo veteado de nubes descubrió la luna por completo y la claridad fue avanzando como una mano gigantesca que acariciaba el monte. Cuando la claridad se derramó sobre la ruta, el panorama que se abrió delante de ellos se tornó aún más aterrador. A veinte metros del auto con las puertas abiertas se encontraba otro auto detenido. Diez metros más adelante otro, luego otro y otro.  El auto detuvo su marcha. Quedaron a treinta metros del auto con las puertas abiertas. El extraño bulto sobre el asfalto dejó de ser una incógnita: era un cuerpo.
–Parece que hubo un accidente, y groso –dijo Juan.
–Está lleno de autos –agregó Mariela, como si ese detalle le preocupara–. Acá pasó algo grave –agregó.
El cementerio de automóviles, con un cadáver tirado sobre la ruta a modo de prefacio, se extendía hasta donde la claridad nocturna permitía ver. Mariela se estremeció en su asiento. Aquellos autos estaban tan muertos como el auto de ellos. Un pensamiento siniestro atravesó su alma como un ave de alas frías y filosas: “así debió empezar para todos ellos”. De repente se dio cuenta que los sonidos del monte habían desaparecido. Pero algo le resultaba aún más extraño. Los insectos no se habían llamado a silencio, temerosos por la presencia de extraños. No. Fue como si el propio lugar se hubiese vaciado de todo vestigio de vida.
–Esto es grave –dijo Juan–, parece un choque en cadena.
–No –antepuso Mariela–, esto no fue un accidente.  
Mariela agarró la manija del levantavidrios y comenzó a girarla con desesperación hasta que el cristal se topó con el marco de la puerta.
–Voy a ver qué pasó –dijo Juan.
–Yo te acompaño –propuso Carla.
–¡No! –suplicó Mariela–. ¡No salgan, por favor!
–Vamos a ver qué pasó allá adelante –le dijo Juan–. Quedate tranquila.
Carla se soltó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y se puso de costado, bajando las piernas, como suelen hacer los ancianos o las personas obesas para bajar de un vehículo. Su panza de ocho meses y medio limitaba todos sus movimientos.
Juan avanzó hacia el auto. Carla lo siguió muy despacio por detrás, permitiendo que le saque una notable distancia. Mariela pudo ver a Juan extraer del bolsillo del pantalón su teléfono celular y golpearlo varias veces contra la palma de la mano. “También está muerto” pensó Mariela. Juan caminó muy despacio sin mirar al frente, miraba su teléfono muerto golpeando sobre su mano. Cuando llegó a dos metros del cadáver, todo cambió. Se detuvo y permaneció petrificado durante varios segundos observando el cuerpo. Estiró su brazo hacia atrás exhibiendo la palma de la mano hacia Carla.
–¡Al auto! ¡Volvé al auto!
Una sombra irrumpió desde los matorrales derribando a Juan sobre la ruta. Luego se sumó otra y otra más. Carla comenzó a gritar llevándose las manos a la cara, pero no pudo moverse. Desde el auto, Mariela pudo observar a Carla contraerse en espasmos producto del llanto y de los gritos de terror. Un charco comenzó a dibujarse alrededor de sus pies.
Una sombra avanzó junto al auto en donde aguardaba Mariela. Cuando pasó frente a la ventanilla la vio con claridad. Eran animales, no cualquier animal. Eran leones. Otro animal pasó por delante del auto con la cabeza a gachas en dirección a Carla. Mariela solo pudo soltar un grito de angustia que se ahogó en el rugido de las bestias.
Carla solo tuvo tiempo de darse vuelta. Uno de los leones saltó apoyando sus enormes patas en los hombros de Carla y clavando sus dientes en el cráneo. Carla cayó de espaldas sobre la ruta. Mariela lloraba dentro del vehículo mientras veía como las bestias desgarraban y despedazaban a su amiga. Uno de los leones comenzó a desgarrar su vientre y a mover la cabeza como si fuese un cachorro jugando con un muñeco de trapo. La bestia que tironeaba de su vientre comenzó a retroceder arrastrando un pedazo de Carla por la ruta: se llevaba el cuerpo del no nacido. Mariela creyó ver movimientos en los brazos de la criatura. Se tapó los ojos y lloró hasta que sus energías se lo permitieron. De pronto, en un intento desesperado por detener aquella locura, bajó del auto, cerró los ojos y gritó con todas las fuerzas que quedaban en ella:
–¡¡¡Basta!!!

El rugido de los leones desapareció. El sonido de los insectos del monte regresó. La frescura de la noche envolvió su rostro transpirado. Mariela comenzó a relajarse entre jadeos, exhausta. A través de sus párpados notó encenderse las luces de la ruta, sintió los motores de los autos. Escuchó los gritos desesperados de personas que la llamaban. Abrió los ojos y vio pasar un vehículo a toda velocidad. Miró hacia la banquina y vio a Carla y a Juan que la llamaban con desesperación. Sintió un fuerte rugido a sus espaldas, pero no era un león, no era el rugido de ningún animal conocido, era un rugido que iba creciendo a cada segundo. La sensación fue la de cincuenta toneladas de metal que se le vinieron encima.

domingo, 7 de mayo de 2017

Presentación de Las Elegidas en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Este viernes 12 de mayo a las 18hs se realizará la presentación oficial de la novela de horror erótico "Las elegidas" en la Feria Internacional de Libro de Buenos Aires. La cita es a las 18hs en el stand 204 del pabellón azul. "Las elegidas" transita los géneros del terror, la ciencia ficción, el gore y el erotismo, y se consagró como ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016. 

viernes, 13 de enero de 2017

"El hombre al otro lado del espejo" Por Rogelio Oscar Retuerto

Marcos está terminando su lágrima en el bar. Esta mañana está junto a su esposa e hijos. Su mujer está tomando un cappuccino; su hijo Ariel, de doce años, un submarino; Soledad, de siete, un licuado. Vienen cada vez que él cobra el sueldo. Antes lo hacían todos los domingos, ahora solo una vez al mes. De vez en cuando, Marcos levanta la  y vista y mira por la ventana. La calle está tranquila, pero todas las calles del mundo están tranquilas hasta que algo se descontrola. Marcos acomoda sobre sus piernas la cartera en donde guarda su pistola Bersa 9mm. Sigue mirando por la ventana. Todavía no, más o menos en cinco minutos, Marcos va a tener dos segundos para pensar que hacer, quizás, tres.
Él no es uno de los cadáveres en el espejo, él está del otro lado de espejo. Es tan solo un ciudadano, de esos que se la pasan frente al televisor mirando las noticias y los programas de entretenimiento de la noche, eso cuando está en casa, porque Marcos es policía federal en Buenos Aires y pasa gran parte del tiempo trabajando.
Desde hace quince días todos los medios de comunicación (los canales de TV, los diarios nacionales, las radios AM y FM,  las redes sociales) emprendieron un bombardeo coordinado sobre las pobres y escuálidas mentes de los espectadores. Eso es Marcos: un espectador. No solo mira a través de la ventana que oficia de TV de la vida real, de vez en cuando levanta la vista y pispéa el televisor.  En el canal de noticias, un analista explica el alcance de los beneficios de aprobar la nueva ley antiterrorista que promueven los estados del norte. Nos solo contaríamos con un país mucho más seguro, sino que se vaticina una avalancha de inversiones extranjeras en los meses posteriores a la sanción de la ley.
–Eso es bueno –dice Marcos, y toma un el último sorbo que queda en su tasa.
Hace un año que no le aumentan el sueldo, pero la inflación no se detiene. Mirá a dos jóvenes sentados en la mesa de al lado. La chica tiene media cabeza rapada y una isla de cabello se erige pretendiendo ser una estrella sobre el cuero cabelludo. El pibe tiene el pelo muy corto, excepto adelante en donde el flequillo le forma un jopo. Usa lentes de gruesos marcos de plástico. La chica, en cambio, usa lentes redondos y pequeños, de marcos dorados de alambre. La chica levanta la vista hacia el televisor.        
–Avalancha de inversiones –dice la joven rapada–, esa guita no viene a generar laburo, la ponen en la timba financiera.
–Zurdos –susurra Marcos, y sonríe mirando su tasa, mientras menea la cabeza.
El analista se suma al ejército de informadores que piden el apoyo del congreso para aprobar la nueva Ley antiterrorista y de Seguridad Interior. La televisión muestra un collage de imágenes de la ola de atentados en Ecuador, el único país de la región, junto a la Argentina, que aún no ha aprobado la ley. En Argentina, al menos, ya cuenta con despacho de comisión. El año pasado la ola de atentados sacudió al Brasil, hasta que el congreso aprobó la ley. Luego de la sanción, los atentados cesaron.
Un loco expone desde las redes sociales la teoría de “la interna de los countrys”. Dice que los atentados en los países que aún no han sancionado la ley son un mecanismo de persuasión, como sucedió durante mucho tiempo con los robos perpetrados por las empresas de seguridad contra los countrys custodiados por la competencia. El loco dice que la empresa de seguridad que quiere ingresar a custodiar Latinoamérica se llama “USA S.A”. Marcos no lee esas cosas. Lo está leyendo la piba de la mesa de al lado en su tablet, mientras esboza una sonrisa. 
Pero les dije que Marcos está a punto de tener que decidir las acciones más importantes de su vida en un lapso de dos, tal vez tres segundos. Todos saben que cuando uno se enfrenta a una situación límite, le suelen pasar por la mente los recuerdos de toda una vida, como en una proyección de diapositivas. Los neurólogos dicen que no es nada anormal, que esos datos están todos almacenados y sólo se requiere sacarlos a la luz. Quizás Marcos, en su condición de policía, se enfrentó en más de una ocasión a situaciones que lo prepararon para el día de hoy. Gracias a la información de los medios, se encuentra en estado de alerta.
Dentro de muy poco algo va a suceder en la calle y Marcos tendrá que decidir que va a hacer para salvar a su familia. No le preocupa tanto su vida, pero si la de sus hijos y la de su mujer. En ese momento Marcos va a pensar en la cocina del bar, quizás recordando una noticia sobre un atentado terrorista en Tailandia, en donde los terroristas ingresaron a un restaurante matando a mansalva y los pocos sobrevivientes se escaparon por una escalera que conectaba la cocina con la terraza. Pero en este lugar, en pleno centro, con todo un edificio de siete u ocho pisos encima, es seguro que no haya conexión con la terraza. También va a pensar en el baño. Podría encerrase con su familia en el baño. Claro que desde afuera podrían abrir el baño con un disparo en la cerradura. Entonces, él podría repeler cualquier ataque descargando con su arma las balas del cargador puesto y las del cargador que lleva en su cartera. Pero después quedaría indefenso. Podría optimizar balas disparando solo a blancos claros. Pero también existe la posibilidad de que al atacante no le importe resguardar su vida, y si hubiese dos o tres que pensaran así, entonces, estaría perdido.
Podía escapar por la ventana. Los vidrios de 4mm son difíciles de romper, pero con un par de disparos de su arma podría destrozarlos. En este caso estaría a la vista y al alcance de cualquiera. Lo mejor sería enfrentarlos, después de todo, son solo dos y ahí vienen, cruzando la calle.       El primero tiene jeans y zapatillas blancas, el pelo muy corto. Trae una Itaka alineada al cuerpo, sosteniéndola con una sola mano, con el dedo en el gatillo y apuntando al piso. El otro lo sigue por detrás, tiene suspendida una ametralladora corta a través de una correa, la sujeta con ambas manos ¡No son dos! El hombre bajito que va delante de ellos lleva un bolso colgado de una mano.
Ya llegan. Marcos abre su cartera y extrae la pistola. La sostiene contra su pierna. No va a decir nada, no quiere que sus hijos se alarmen. Ya están en la vereda, frente a la puerta. El hombre de la ametralladora se parapeta contra la puerta y mira hacia ambos lados de la calle. El bajito de bigote se para con el bolso delante de la puerta; detrás de él, se para el grandote con la Itaka. Ya no apunta al piso, la toma con ambas manos y apunta al frente.
Se abre una de las hojas de vidrio y entran. La puerta queda abierta. El bajito con el bolso enfila para la cocina.
“¿Cómo nadie se alarma?”
El grandote lo mira a Carlos, parece que se dio cuenta. Tiene que actuar rápido. Carlos se levanta y deja la mano oculta tras la mesa, pero no se retiran la mirada. El grandote se inclina hacia atrás y le dice algo al de la ametralladora. El de la ametralladora asoma la cabeza y lo mira.
“Se pudrió todo”.
Carlos levanta su arma. El terrorista de la Itaka le apunta. Carlos es más rápido, siempre con un arma de puño se es más rápido. Carlos le pega un tiro en el pecho y el de la Itaka cae contra el vidrio. El de la ametralladora entra y Carlos se la pone en medio de los ojos. El de la Itaka intenta levantarse,
“mierda, tienen chalecos”
… Carlos corre hacia la puerta volteando sillas y empujando parroquianos de bruces sobre las mesas. El grandote se tira de espaldas en el piso y apunta con su Itaka, pero Carlos lo acribilla en el suelo.
La gente comienza a correr hacia la calle, otros se meten en el baño, otros se esconden en la cocina.
“¡La cocina!” “¡¡el del bolso!!”
Carlos corre hacia la cocina, chocándose con algunos desesperados que no saben a dónde ir, desesperados que lo miran con los ojos abiertos, casi blancos, como si él también fuese un embajador del terror. Carlos avanza como una barcaza en medio de una tempestad humana.
Cuando pasa frente a la mesa en donde está su mujer y sus hijos, ve que su mujer tiene a los chicos con sus cabezas aprisionadas contra su pelvis, por debajo de la mesa, como si quisiera revertir el parto para protegerlos en la seguridad de su matriz.
–¡¡¡Carlos!!! ¡¡¡Carlos!!! –le grita su mujer, horrorizada.
Carlos entra en la cocina y busca al bajito. Allá está, detrás de los cocineros.
“un escudo humano”
–¡No dispare! –le ruega el hombre y le arroja el bolso a sus pies. Después mete la mano en su campera.
“Un detonador”
–¡Al piso! –les grita Carlos a los empleados.
Dispara con su 9mm y le impacta al hombre bajito tres veces en la cabeza.
De a poco la paz va retornando al bar. Al menos, ya no hay gritos ni disparos. Tampoco gente, a no ser por los cadáveres que aún yacen en el piso y algún que otro policía.
El bar es una zona de guerra. El piso está tapizado de vajilla hecha trizas, mesas y sillas volcadas en medio de charcos de sangre. Pero podría decirse que retornó la paz, la paz de los cementerios.
Un integrante de la policía científica ingresa a la cocina con su maletín. Afuera del bar, la cinta desplegada por la policía separa la tarea de los científicos de la de los curiosos. Un policía recoge las vainas servidas: todas son de 9mm. Solo una voz se siente dentro del local: es la voz del periodista de la televisión que quedó clavada en el canal de noticias:
–Esta mañana, en un confuso episodio, un efectivo de la policía federal disparó dentro de un bar de la zona de Congreso dando muerte a tres custodios que llevaban el dinero para el pago de los sueldos de los empleados del lugar. En un primer momento se abarajó la hipótesis de un robo, pero después trascendió que el efectivo de la federal se encontraba dentro del negocio desayunando junto a su familia. En este momento el fiscal Andoraegui se encuentra tomando declaración al único detenido en este confuso episodio. Nuestra compañera Laura Cabral se encuentra en el lugar de los hechos. Vamos con ella.
–Que tal Héctor. Estamos acá, con vecinos de la zona, hablando sobre lo sucedido. Acá estamos con Marcelo que nos daba su opinión sobre los hechos.
–Buenos días, Marcelo, si es que pueden llamarse “buenos”. ¿Qué es lo que sucedió en ese lugar? ¿Alcanzaron a ver algo los vecinos?
–Que tal Héctor. Una locura, qué voy a pensar. Hay que terminar con esto. Ya nos parecemos a Estados Unidos: entra un loco a cualquier lugar y hace desastres.
–¿Conocías a alguna de las víctimas?
–Sí. El que está muerto en la cocina es el hijo del dueño, el que llevaba el bolso con la plata. Al menos, es lo que dicen, porque no se puede pasar.
–¿Alguna reflexión sobre lo sucedido?
–Que es una locura. Acá necesitamos la ley antiterrorista, para que el ejército se haga cargo de las calles. Al menos, van a estar todos más controlados.
–Mire que el homicida era un policía. De todas maneras hubiese estado armado.
–Puede ser. Pero necesitamos que haya más control. Así no se puede vivir.
–Muchas gracias, Marcelo. Volvemos a estudios.