"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

Novelas Cortas

lunes, 26 de septiembre de 2016

"La carnada" Por Rogelio Oscar Retuerto

("La carnada" fue publicado en el número uno de Revista Cruz Diablo bajo el seudónimo de Oscar Edur Barakaldo)
Podés bajarlo en formato PDF desde el siguiente enlace:

–Negro, me parece que nos mandamos una cagada al desviarnos por esta ruta.
–¿Qué cagada, Flaco? Acá no tenemos ni un solo peaje. Nos ahorramos un montón de guita –el negro manejaba con los ojos pegados en la reducida esfera de tenue luminosidad que el Volkswagen dibujaba sobre el asfalto. El flaco iba aferrado en el asiento del acompañante. Hacia largos kilómetros que había retirado el brazo derecho de la ventanilla para aferrarse al asiento.
–Pero no se ve una mierda, negro. Ni siquiera sabemos dónde viene una curva –el flaco miró de reojo el velocímetro del Volkswagen, la aguja marcaba 120km / h.
–Tengo que regular las luces, eso es todo –aclaró el negro, tratando de llevar calma a la situación.
–Che ¿a nadie le llama la atención que desde que agarramos este camino no nos cruzamos con un solo auto? –preguntó Lucas desde el asiento trasero–. Hace media hora que no vemos a nadie. Cincuenta kilómetros sin cruzar un auto, un pueblo, un puesto, nada. ¿No es raro eso?
–No pasa nada. Son las dos de la mañana, es jueves ¿quién querés que ande por acá? –dijo el negro–. Además esta no es una ruta comercial, sino deberíamos haber pasado algún camión –agregó.
–Yo creo que este camino no lleva a ningún lado –replicó Lucas.
–¿Cómo no va a llevar a ningún lado? ¿Adónde viste un camino que no lleva a ningún lado?
–Mi viejo una vez agarró uno en Santa Fe –intervino el flaco– se lo veía en muy buen estado. Nos mandamos y a los quince minutos aparecimos transitando por el pasto. Mi viejo pensó que se había salido en una curva, pero no. El camino se esfumó, así, de la nada. Era un viejo camino que nunca llegaron a terminar.
–¿Nadie vio en el cruce el cartel que decía “Laguna Güemes”? –Lucas y el flaco se miraron. Al parecer no lo habían visto.
–Igual esta ruta no la conoce nadie, negro. Está la 41, la 6, la 200, pero esta no existe –opinó el flaco.
–¿Cómo no va a existir? ¿Por dónde vamos nosotros? –el negro río–, no hablen boludeces, che.
–¿Y eso? –preguntó Lucas.
–Un banco de niebla –dijo el negro mientras bajaba la velocidad y se agazapaba contra el volante para ver mejor– debe haber un río por acá o alguna laguna. –La cerrada oscuridad de la noche fue invadida por fantasmagóricos velos de una blancura impenetrable.
–¡Cuidado!
–“PUMM!!!” –El Volkswagen brincó sobre el asfalto como si se hubiese topado con una loma de burro. El negro perdió el control del vehículo que  se atravesó en la ruta y derrapó sobre la banquina.
–¿Qué fue eso? –preguntó angustiado Lucas.
–Atropellamos algo –dijo el flaco.
–¿Que atropellamos? –se angustió aún más Lucas. Su mente especulaba con el desenlace de una tragedia, pero ¿Qué iba a estar haciendo una persona en medio de la nada?
–No sé, creo que había algo tirado en la ruta, un tronco me parece – contestó el flaco.
–No sé que fue, pero hicimos mierda el tren delantero –se quejó el negro. El flaco se bajó del auto y regresó por la ruta a ver con que se toparon.
–¡Vengan, che! –llamó el flaco, parado a unos treinta metros del auto. Algo se encontraba bloqueando la ruta. Parecía un poste que atravesaba el asfalto. Pero acá no había postes, no había electricidad, no había teléfonos, aquí no había nada. Se acercaron hasta donde estaba Lucas y avanzaron los tres lentamente. Cuando estuvieron en frente de aquella cosa se dieron cuenta de que se trataba de un animal.
–Es una víbora –dijo el negro– no se acerquen –agregó.
–¿Una víbora? ¿Qué decís? –Preguntó Lucas con descreimiento– acá no hay víboras de este tamaño. En ningún lugar del país hay tan grandes.
–En Chaco sí. Mi abuela es de Chaco y me contó sobre las víboras que hay en el monte chaqueño –dijo el flaco.
–Sí, son más grandes que las culebras, pero no pasa de ser un poco más grande. Esto es un monstruo, parece la de la película “Anaconda”.
–Si –dijo el negro embelesado mientras se agachaba sobre el animal– parece una boa ¿o se dice Pitón?
–Es lo mismo, creo –dijo el flaco.
–Acá no hay ni boas ni pitones –intervino Lucas mientras lo miraba al flaco buscando su complicidad, pero el flaco no aceptó el convite.
–Es una boa –sentenció el flaco. El embelesamiento del negro aumentó como dos luces que amentaban su voltaje en el brillo de sus ojos.
–Esto debe valer cualquier guita –dijo el negro.
–No vale nada si está muerto –refutó Lucas.
–Es lo mismo, hay tipos que los embalsaman. A esos tipos les puede interesar ¿no dijiste vos que no existen en todo el país? Entonces el precio sube –el negro se puso de pie y pateó al animal, pero este permaneció inmutable.
–¡Tené cuidado! –gritó el Lucas temeroso –. En la tele vi un documental donde había un tipo que tenía uno de estos de mascotas. Un día se le enrolló en el cuello y se lo comió.
–Acá termina –dijo el flaco mientras caminaba hacia una de las banquinas– acá esta la cola.
–¿Cómo sabés que es la cola? – preguntó Lucas.
–Porque no tiene cabeza, boludo.
–Lucas, fijate del otro lado. Fijate hasta donde llega, así sabemos cuánto mide –ordenó el negro.
–Esto no es normal, loco. A mí no me gusta nada esto. Acá no hay nadie que pueda tener mascotas y en Argentina estos bichos no existen. Yo me vuelvo al auto, loco.  
–Vos sos un cagón, Lucas –contestó el negro– ¿no ves que lo matamos? –el negro caminó hasta la otra banquina y siguió el cuerpo que se perdía en los pastizales. Caminó unos veinte pasos y el cuerpo continuaba– ¡flaco! ¡Vení a ver esto! – mientras el flaco avanzaba trotando sus ojos se agrandaban, inmensos, desencajados. El cuerpo del animal se extendía entre los matorrales hasta perderse en las aguas de una laguna.
–¿Cuánto mide esto, che? –preguntó el flaco.
–No sé, treinta metros o más. Tenemos que sacarlo de la laguna para saber. Llamalo a Lucas. –El flaco apareció en la ruta rápidamente.
–¡Lucas hay una laguna! ¡Vení un toque! –Lucas estaba fumando, nervioso, pero se sentía a resguardo en el asiento trasero del Volkswagen. Lo miró por la ventanilla, pero no salió del auto.
No supo si permaneció sentado en el auto cinco, diez o quince minutos; o si fue media hora el tiempo transcurrido hasta que su mirada se posó en el espejo retrovisor de la puerta del acompañante. En la posición en que había quedado el auto, Lucas podía ver la ruta desierta en el espejo del acompañante. Pero no fue la ruta ni la lúgubre soledad que lo envolvía lo que lo aterró. La ruta estaba literalmente desierta. La niebla se había disipado y la luz de la luna se derramaba sobre la capa de asfalto resaltado la soledad de la misma. El extraño animal ya no estaba sobre el asfalto. La ausencia del animal le imprimía un terror impronunciable. Pero había un detalle que lo aterraba aun más. Ni el negro, ni el flaco, ni siquiera los dos juntos podían haber retirado aquella monstruosidad de la ruta.
Lucas bajó lentamente del vehículo, dejó la puerta abierta para que el ruido al trabarse no profanase el silencio sepulcral que envolvía aquella extraña región. Mientras atravesaba la ruta un sudor frío comenzó a correrle por la espalda. Cualquier zona del pastizal acariciada por la mano del viento absorbía toda su atención. Caminó por la banquina hasta siete u ocho metros del asfalto, justo en donde la tierra y el pedregullo se vencían ante los pastizales que se erigían imponentes. –¡Negro! ¡Flaco! –los gritos de Lucas fueron rápidamente fagocitados por el silencio que lo envolvía todo. –¡Negro! ¡Flaco! ¡Vuelvan! –Lucas sentía espetar las palabras pero no lograba oír nada en medio de aquel silencio cósmico. Alguna vez había leído que así sucede en el espacio. De repente notó los destellos de luz en la laguna. Pensó que el flaco y el negro estaban nadando perturbando la quietud de las aguas– Negro, Flaco ¿Son ustedes? –los destellos comenzaron a multiplicarse por doquier tapizando la superficie del agua con un manto de lucecitas blancas intermitentes. Sin duda la película de la superficie lacustre estaba siendo perturbada por algo o por alguien. Pensó en el Negro y el Flaco tirando piedras en el agua para jugarle una broma. O al menos su alma requería desenfrenadamente que fuese así. Los pastizales comenzaron a sacudirse a pocos metros de él. El temor comenzó a apoderarse de los reflejos de Lucas. Su piel comenzó a erizarse lentamente– Negro, Falco ¿Son ustedes? –la falta de respuestas bastó para activar el reflejo de huida. Lucas corrió velozmente hasta al automóvil y tras abordarlo cerró las ventanillas delanteras. En ese momento tuvo un recuerdo siniestro. Volteó, extendió su mano y cerró la puerta trasera tirando de la manija del levantavidrios.
Los pastizales volvieron a agitarse muy cerca de la banquina. Lucas encendió el Volkswagen y avanzó por la ruta mientras la trompa del auto oscilaba de un lado a otro. Evidentemente el daño provocado por el impacto había sido grave. Repentinamente un cuerpo negro, similar al que habían atropellado, cayó sobre la ruta a unos veinte metros delante del vehículo. La poca velocidad y los reflejos de Lucas lograron que el auto frenase sin impactarlo. Lucas permaneció dentro del auto observando, temerosamente, aquel extraño cuerpo inmóvil sobre la ruta. “¿Qué es eso?”. Le pareció divisar pequeños cambios en la superficie oscura de aquella cosa. En ese instante se dio cuenta que, montado en la urgencia de la huida, no había prendido las luces del automóvil. Accionó la palanca de las luces bajas y lo que vio petrificó sus sentidos. Una decena de pequeño ojos parpadearon en el momento en que las luces se encendieron. “No es una víbora”. Dos o tres de los ojos parpadearon nuevamente y luego se cerraron. Notó que los pastizales comenzaron a sacudirse en medio de la quietud imperante. Uno de los ojos, más grande que el resto, se abrió y lo observó fijamente– no sos una víbora. Sos la carnada –Lucas puso reversa y aceleró a fondo. Dos cuerpos oscuros, similares al que yacía sobre la ruta, se envolvieron rápidamente alrededor del auto. Los brazos constrictores abrazaron al Volkswagen con una fuerza sobrenatural.  Los vidrios de las ventanillas laterales estallaron. Luego estallo la luneta. El vehículo comenzaba a compactarse desde la cola. Lucas escuchó el chillido de la chapa retorciéndose mientras observaba el techo y los parantes hundiéndose sobre él.  Tocó la bocina repetidamente con la falsa esperanza de ahuyentar a aquel animal. Rápidamente aquella cosa comenzó a arrastrar el auto hacia los pastizales. Lucas sintió venírsele el auto encima. Sintió el volante incrustándose debajo de las costillas. Sintió el asiento comprimiéndolo hacia adelante. Sintió el vidrio del parabrisas aplastándole la nariz antes de que estallen en pedazos el vidrio y su propia nariz triturada. En cierto momento sintió la base del volante incrustándose en el asiento a través de su cuerpo. Lo último que sintió fue el ambiente sordo y burbujeante del agua turbia de la laguna envolviéndolo todo.
Una masa compacta de un puré de carne sanguinolento envuelto en fluidos corporales y chapas retorcidas es arrastrada hacía el fondo de la laguna.

**************

La laguna permaneció durante todo el día en calma. Solo un par de teros pasajeros se animaron a interrumpir su paz gritando en una de las orillas. Pero pronto se percataron de la estupidez que acababan de cometer y emprendieron rápidamente el vuelo. El viento se rindió al imperio de la laguna y sopló obligando a los indómitos pastizales a inclinarse para reverenciar a la criatura que duerme en las aguas. El horizonte hambriento devoró rápidamente al sol devolviendo la laguna al imperio de las tinieblas.

**************
        
Un grillo canta tímidamente a orillas de la ruta. Un zumbido in crescendo se aproxima a lo lejos. El pequeño insecto bate sus alas, quizás al sentirlas impregnadas por la humedad de la niebla que se apresura a cubrir la ruta. El zumbido se acrecienta, sonoro, uniforme. De repente, el chillido del caucho sobre el asfalto ahuyenta al insecto que vuela a buscar refugio entre los pastizales. Un estruendo arroja de lado a un vehículo que se arrastra por la banquina hasta perderse entre los pastizales. Al rato asoma una chica mareada con sangre en el rostro. Después irrumpe otra mujer llorando, presa de los nervios. La primera se acerca a la ruta.
–¡Vengan! ¡Atropellamos algo!

"La bruja" por Rogelio Oscar Retuerto

Rogelio Oscar Retuerto, argentino, nació el 18 de febrero de 1972 en Hurlingham, Buenos Aires. Alternó su infancia entre el conurbano bonaerense y el paraje montaraz de Mailín en Santiago del Estero. La mitología americana y las creencias populares adquirieron un papel de relevancia en su formación literaria, así como la narrativa oral. Ha brindado charlas y talleres sobre mitología americana en el ciclo denominado “Fauna de las tinieblas”. Su obra la componen cuentos de terror y ciencia ficción y novelas cortas de terror y ciencia ficción.

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Un niño no es
una botella que hay que llenar
sino un fuego que hay que encender
Montaigne
1
Otra vez estaba en ese pasillo, otra vez con las piernas temblando, otra vez con la orina bajando por sus piernas, dejando un charco ambarino en el piso.
Era extraño, pero una parte de ella sentía alivio. Al menos, esta vez no se había meado en la cama, entonces, quizás, su madre no la cagaría a palos en la mañana siguiente. Sus dedos comenzaron a jugar con  fuerza sobre “Gonzalo”, su muñeco de trapo. Los dedos de Carlita revolvieron la cara de trapo de “Gonzalo” como si se tratase de una trituradora.
De repente, sus dedos se detuvieron.  Observó el baño al final del pasillo, la luz asomando bajo la puerta ante la cual tenía que pasar. Cerró sus ojos, hizo una mueca en su rostro, como si acabase de morder una rodaja de limón, aprisionó a “Gonzalo” contra su pecho y corrió hacia el baño. Cuando estuvo en la mitad del pasillo, justo frente a la puerta de la habitación de su madre, sintió que la puerta se abrió con violencia. Otra vez esa risa embrujada, ese frenesí incontrolable que salía dando zancadas detrás de ella. Esos dedos escuálidos y cadavéricos que se prolongaban para alcanzarla, pero esta vez llegó al baño. La tarde anterior había contado los pasos hasta el baño: debería abrir los ojos a los once pasos para no estrellarse contra la puerta del baño.
Ingresó al baño y cerró la puerta con premura. Se parapetó contra la puerta, sosteniendo el picaporte con ambas manos. “Gonzalo” cayó al piso, golpeándose la cabeza, pero no importaba. Era cuestión de segundos. Ahí estaba, del otro lado de la puerta queriendo ingresar. La puerta dio cuatro o cinco sacudones violentos y luego se detuvo. Ya todo había pasado. Carlita tomó el trapo de piso y se dirigió al pasillo a secar la evidencia de su delito infantil. Ya no había peligro. La bruja nunca la esperaba de regreso, solo a la ida. Como si se complotase con su madre para impedirle llegar al baño, como buscando que se meara para que sea la madre la que la cagase a palos, y ella disfrutara de su sufrimiento sin tener que tocarla, siquiera.
Carlita secó el orín del piso y regresó al baño a estrujar el trapo. Cuando pasó frente a la habitación de su madre, la observó deambular en sus sueños profundos. La bruja nunca cerraba la puerta después de atacarla. Estrujó el trapo en el inodoro, lo enjuagó en la canilla de la ducha y regresó a su habitación.
2      
         A la mañana siguiente Carlita desayunó como de costumbre. Callada, saboreando de manera automática un pedazo de pan con mermelada, como si lo hiciese sin sentir gusto de las cosas, con su mirada perdida en los azulejos de la cocina.
–¿No te measte anoche?
–No, ma.
–Mirá que ahora voy a ir a revisar tu cama. Es mejor que no me mientas.       
–No, ma.
–Tampoco quiero encontrar bombachas meadas escondidas en el canasto de la ropa o abajo del ropero o de la cama. Eso es un asco, Carla. Después se impregna todo de olor y sabés que la paliza que te vas a morfar es peor.
–No, ma.
–Dale. Vení que te peino, así te vas a la escuela.

 3
         Carla avanzó por la vereda, abstraída. No pensó siquiera en la posibilidad de que un auto la atropellase al cruzar una esquina. El fresco viento de otoño arremolinaba las hojas amarillentas sobre las baldosas de la vereda en derredor de sus pies. Por un momento pensó que avanzaba envuelta en un remolino de hojas que la acompañaba hacia la escuela. Carla frunció el entrecejo, se detuvo y creyó sentir que el remolino cesaba y las hojas se esparcirán a su alrededor. Se encogió de hombros y emprendió la marcha. Las hojas comenzaron a envolverla, acompañándola.

4      
         En el primer recreo, Carlita buscó a su primo Mariano. Él había vivido antes que ella en la vieja casa de Morón. También había sido el primero y el único en hablarle sobre la bruja del cuarto.
         Cuando los padres de Carla se separaron, Mariano ya no vivía más en la vieja casa de la calle Uruguay. Se había mudado con sus padres al nuevo departamento. La vieja casa dormía, después de años de bullicio, con un cartel de “se alquila” colgado en su frente. En realidad, la vieja casona pertenecía tanto a la madre de Carla como al padre de Mariano. Era la vieja casa paterna de ambos. Pero después de la muerte de los viejos, el padre de Mariano, rápido de reflejos y acostumbrado a las estafas, se había adueñado de todas las posesiones de sus padres, relegando a Carla y su madre al mendigaje  familiar.
         Carla divisó a Mariano en el otro extremo del patio, tirado en el piso, boca abajo, jugando a las figuritas. Carla atravesó todo el patio como si fuera un zombi. Por momentos golpeaba el hombro con algún chico o chica que pasaba jugando a la mancha o solo corriendo. En la mitad del patio, una nena delgada con dos colitas en el pelo, se acercó riendo, sin mirar hacia adelante para poder observar a su perseguidora. Golpeó contra Carla y cayó al piso.
–¡¿Qué te pasa nena?! –la increpó la niña delgada. Pero Carla siguió su marcha como si no hubiese sentido el golpe ni sus palabras.
Otra chica la ayudó a levantarse y se quedaron mascullando bronca, sin perder de vista a Carla que se alejaba rumbo a la galería.
Cuando llegó hasta donde se encontraba Mariano, se agachó y le tocó el hombro. Mariano volteó hacia ella, tenía una figurita pegada con saliva en la frente. Se levantó, se sacudió la tierra de los pantalones,  la tomó a Carla del brazo y se alejo unos dos metros.
–¿Qué hacés acá? –le preguntó Mariano–, no me gusta que te vean conmigo –siseo entre dientes, volteando para cerciorarse de que no lo estuvieran mirando.
–Tengo que hablar con vos.
–Después me llamás por teléfono a casa.
–No puedo llamarte, porque mi mamá no puede escuchar lo que quiero hablar.
El semblante de Mariano cambió de repente.
–¿Es sobre ella? –preguntó Mariano.
Carla asintió.
–¿Apareció de nuevo?  
Carla volvió a asentir.
–¿Hace cuanto?
–Hace una semana.
–¿Cuántas veces?
–Todas las noches.
Mariano frunció el entrecejo, abriendo los ojos como pelotas de golf. Apretó fuerte los labios y comenzó a retroceder meneando la cabeza. La boca comenzó a temblarle.
–¡Tenés que ayudarme! –le imploró Carla.
Mariano siguió meneando la cabeza, retrocediendo de espaldas.
–¡Por favor! –suplicó Carla.
Mariano tropezó con los chicos que jugaban a las figuritas y cayó de espaldas encima de ellos.
–¡Pelotudo! ¡¿Qué hacés?! –se quejó el que lo recibió encima–, ¡ahora no jugas más, boludo! –sentenció.
Pero Mariano seguía con su mirada clavada en su prima, ya no le importaba continuar jugando, no después de lo que había escuchado.

5
         El timbre del teléfono sonó en el living del departamento de Mariano.
–¡Mariano, atendé; que yo no puedo! –le pidió su madre desde la cocina, mientras batía crema en un bol.
Mariano dejó el joystick  sobre la mesa ratona y fue a atender el teléfono.
–Hola –provino del otro lado de la línea. Era Carla.
–Hola –dijo Mariano.  
–¿No me vas a cortar? –preguntó Carla.
–No, por qué.
–Por lo que pasó hoy –le dijo Carla.
–Lo que pasó hoy no importa –dijo Mariano. Luego volteó hacia la cocina y regresó a la conversación pegando sus labios en el tubo del teléfono–, me asustaste –susurró, como para asegurarse de que nadie pudiera escucharlos.
–Yo también –dijo Carla.
–¿Y qué vas a hacer? –preguntó Mariano.
–No sé. Quiero echarla.
–No se la puede echar. Dice que la casa es de ella.
–¿Y qué hago, entonces?
Mariano permaneció unos segundos en silencio, pensando.
–Tenés que matarla.
–¿Matarla?
–Sí. Matarla.
–¿Se la puede matar?
Mariano volvió a permanecer en silencio. Luego confirmó sus dichos.
–Sí, se puede.
–¿Cómo?
–Tenés que quemarla.
–¿Quemarla?
–Sí. Lo vi en una película. Además, mi mamá tiene un libro que se llama “Arde bruja, arde”. Quise leerlo, pero no lo entendí. Es para grandes. Le pregunté a mi mamá por qué se llama así y me dijo que es porque a las brujas, antes, las quemaban.
–¿Y cómo la quemo?
Mariano volvió a tomarse unos segundos para pensar.
–Hay que echarle querosene.
–No tengo eso.
–Nafta, entonces.
–Mi mamá no tiene auto.
–No sé, algo que arda.
–Mi papá, cuando vivía con nosotras, prendía el carbón para el asado con alcohol.
–Sí. El alcohol sirve ¿tenés?
–Mi mamá tiene dos botellas en el baño.
La madre de Mariano irrumpió en el living, desatándose el delantal por detrás de la cintura.
–¿Con quién hablas tan en secreto? –preguntó la madre.
–Con Lucas, quería venir a jugar, pero la mamá no lo deja.

6
         Carlita cenaba con la mirada clavada en la puerta del baño. Detrás de esa puerta había tres pasos de distancia hasta la otra puerta: la del botiquín. Allí dentro había dos botellas llenas de alcohol. Carla pensaba cómo podría quemar a la bruja sin que la atrape. Debía rociarla con alcohol y después prenderla fuego. No era algo fácil.
–¿Qué te pasa Carla? –le preguntó la madre–. Estás muy rara estos últimos días.  
Carla continuó comiendo.

7
         Carla se despertó con el sonido de un grillo que parecía esconderse detrás del ropero. La noche estaba fresca. Afuera imperaba el silencio. De vez en cuando se escuchaba algún perro ladrando a la distancia. Carla bajó de su cama y se arrodillo en el piso. Metió las manos debajo de su cama y extrajo dos botellas de alcohol que había escondido antes de dormirse. Abrió la mesita de luz y sacó un encendedor. Suspiró hondo.
Por un instante se preguntó si la bruja era real, si no podía ser producto de su imaginación, como decían los grandes sobre “Gonzalo”. Pero no, tenía que ser real. Mariano la había visto y hasta el propio “Gonzalo” la vio.
Eso ocurrió la primera noche en que apareció la bruja. Ella iba caminando tranquila hacia el baño, con “Gonzalo” colgando de un brazo. De repente, vio el terror que iba tomando cuerpo en los ojos de “Gonzalo”. Sus ojos se agrandaron, su cara hizo una mueca de terror y giró su cabeza. “Gonzalo” miraba de reojo a sus espaldas, había comenzado a temblar.
Esa fue también la primera vez que se había meado. De pronto, sintió el calor húmedo bajándole por las piernas, pegándole el camisón a los muslos.  Fue raro, porque lo que había visto “Gonzalo” requería una reacción urgente de parte de ella. En cambio, se tomó una eternidad para decidirse a voltear. Cuando lo hizo, “Gonzalo” ocultó su cabeza contra su pecho, temblando aún más.
Ahí estaba, frente a ella, agazapada,  como un arquero que espera el tiro de un penal. Su vestido corto se estiraba entre las piernas abiertas. Sus piernas tenían el color de las cosas podridas que a veces la madre sacaba de la heladera. Sus muslos estaban surcados por varices, como las que tenía la abuela antes de morir, pero estas se movían dentro de la piel como si fuesen gusanos retorciéndose. Los pies descalzos se aferraban al piso como las garras de un lobo. Sus manos abrían y cerraban los dedos como inmersas en un clima de ansiedad. Su rostro era inexpresivo, como el rostro de un muerto, solo que este denotaba un dejo de malicia. 
La respiración de Carla se acentuaba, sentía los latidos del corazón en la garganta. Sabía que el baño no quedaba a más de cinco o seis pasos detrás de ella, así que volteo y corrió con todas sus fuerzas. Cuando cerró la puerta, la paz volvió a reinar en la casa. Miró por la cerradura del baño, y ahí estaba, en medio del pasillo, efectuando gestos molestos ante su fracaso. Luego se puso en cuatro patas y comenzó a lamer el charco de orina que había dejado Carla, como si fuese una gata tomando su leche. En una de las lamidas se detuvo, miró hacia la puerta y sonrió en un gesto avieso. Luego se levantó y huyó corriendo hacia la habitación.

8
         El grillo detrás del ropero se había llamado a silencio. Toda la casa se sumió en un profundo silencio, como presintiendo el desenlace que se avecinaba. Carla miró por la ventana, todo era quietud, pero el silencio era algo mayor, supremo. Agarró a “Gonzalo” y lo sostuvo con un brazo, en esa mano llevaba una botella de alcohol. Se puso el encendedor entre los dientes y tomó la segunda botella. Así armada, salió de la habitación. Por alguna razón, esta noche el pasillo parecía más largo, interminable, pero ella no iba a atravesarlo. Se acercó con mucho sigilo a la puerta de la habitación de su madre. Cuando estuvo a unos dos metros se dio cuenta de que no había retirado las llaves de la puerta. Un profundo temor se apoderó de ella, pero luego se tranquilizó, se dio cuenta de que no nadie podría abrir la puerta desde adentro.
Esa noche, Carla no se había dormido de inmediato, espero a que su madre se durmiera primero. Una vez que se cercioró de que su madre dormía, fue a la cocina, tomó las llaves de la casa y, con mucho cuidado, cerró la puerta de la habitación de su madre. Era la única manera de garantizarse que esa noche la bruja no saldría del cuarto.
Carla se acercó muy despacio. Cuando se encontraba a un metro de distancia, la puerta comenzó a sacudirse, como en aislados espasmos, primero; con mayor violencia, después. Carla retrocedió, fue una reacción instintiva. Hubiese seguido retrocediendo si “Gonzalo” no le hubiese dicho “Matala”.  Carla bajó su mirada y ahí estaba “Gonzalo”, aferrado a su brazo, observándola. Más que una orden lo sintió como una súplica: “Matala”. Carla dejó a su muñeco en el piso y se acercó con cuidado a la puerta, las manos le temblaban. Volteó para ver a “Gonzalo” y ahí estaba él, parado en el pasillo, sosteniéndose de la pared con uno de sus brazos de trapo. La miró a Carla y con el brazo libre hizo un gesto pasándose la mano por el cuello.
Carla entendió. Se arrodilló frente a la puerta, esta ya había dejado de sacudirse. Destapó la primera botella, con manos temblorosas. Había empezado a llorar. Acercó el pico de la botella a la luz que quedaba entre la puerta y el piso y derramó el contenido. La mayor parte ingreso hacia la habitación. Destapó la segunda botella y repitió la operación. Se pasó la mano por la nariz para limpiarse un fluido viscoso compuesto por  lágrimas y mocos. Se puso de pie y se alejó de la puerta. Un pequeño charco de alcohol se formaba sobre el pasillo, fuera de la habitación. 
Prendió el encendedor y lo acercó varias veces, retirándolo con veloces reflejos, como su un fuego futuro aún invisible fuese a quemarla. La cuarta vez que acercó el encendedor el charco ardió, prolongando las llamas en una ola de fuego que ingresó a la habitación por debajo de la puerta. De seguro, ya habrían empezado a arder las bobinas de tela que su madre costurera guardaba en su pieza.
Carla se retiró contra la pared y observó como las llamas trepaban por la puerta, extendiéndose al empapelado de las paredes del pasillo y tomaba cuerpo en el machimbre del techo. Tosió varias veces y después se sentó contra la pared, observando como “Gonzalo” cantaba en un trance frenético “¡Arde! ¡Arde! ¡Arde, bruja! ¡Arde!”
Carlita volvió a toser, sintió que le faltaba el aire. El pasillo comenzaba a envolverse en velos de humo que lo iban cubriendo todo. Estuvo a punto de quedarse dormida cuando la puerta volvió a sacudirse. Se sacudía con mayor violencia que antes, acompañado por alaridos de mujer que desgarraban la noche.
–“Gonzalo”. Es ella, se está quemando –dijo Carla, pero “Gonzalo” no respondió.
Volteó para ver a “Gonzalo” y lo vio tirado, desparramado en el mismo lugar en el que ella lo había dejado. La lana del cabello comenzaba a encenderse. Carla hizo pucheros y sollozó.
–“Gonzalo”, vení –le dijo a su muñeco, pero “Gonzalo” no acudió a su llamado.
Se recostó sobre el piso. Sentía que allí abajo se respiraba un poquito mejor. Le pareció quedarse dormida. Los gritos de la mujer dentro de la habitación habían cesado. Por un momento se encontró en una hermosa playa rodeada de acantilados. Sus padres, sentados sobre la arena, la miraban como jugaba haciendo pozos. “Gonzalo” nadaba, llamándola para que lo mire hacer sus gracias. Carla sonrió.

Un fuerte estruendo a vidrios rotos la devolvió a la realidad. Abrió los ojos, solo se encontró con los velos de una blancura impenetrable. Tal vez era el humo, o tal vez estaba en una nube, flotando en el cielo. Apoyo su cabeza en el piso y cerró los ojos, sonriendo.