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domingo, 21 de abril de 2019

El traje de los dioses

El traje de los dioses
Por
Rogelio Oscar Retuerto


Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto


En un pequeño poblado bajo el domo de Ambaradet, toda la familia se hallaba reunida, un atardecer de la estación en que se dice que el ocaso se vuelve eterno. A diferencia de otras estaciones en Ambaradet, en atardeceres como este, las tinieblas de la noche nunca llegaban. Se hallaban reunidos en casa del propietario de una granja para celebrar el día en que “ellos” se quedaron con nosotros.
El tiempo era todavía templado y tibio; habían encendido las luces del campo, las cortinas se corrieron, dejando ver los grandes invernáculos y los establos de cría de ganado,  a través de las ventanas convexas. En el exterior brillaba las dos lunas: la Astiris Mayor y la Astiris Menor; pero no hablaban de ellas, sino del traje situado a la entrada del adoratorio, y sobre el cual el propietario de la granja había mandado a colocar una representación de la carroza de los dioses en metales bruñidos y en donde los sirvientes colocaban cada mañana la ofrenda de hongo sagrados, los mismos de filamentos fluorescente que crecen en el bosque.
         Lo que se hallaba en el ingreso al adoratorio, era en realidad un antiguo traje de los dioses.
–Sí –decía el propietario–, creo que procede del centro de antigüedades derruido del viejo domo. Los antiguos padres trajeron el ganado y los trajes. Lo hicieron luego de que nuestro clan destruyera su domo al concluir la guerra media.  En las vidas de siete abuelos atrás, el Efir de nuestra familia, que en gloria esté, recibió la custodia de una yunta de ganado y “el traje” de los dioses. El carro de sol ya había sido comprado por los clanes del norte del monte Eikpari. 
–Bien se ve que es vestimenta de los dioses, nunca vi algo semejante -dijo uno de los presentes-. Aún puede distinguirse en él el emblema de los dioses; con sus estelas de fuego y sus estrellas lejanas. Pero la inscripción está casi borrada; sólo quedan las grafías U. S. y F_ RCE y un dibujo detrás; un poco más abajo hay grafías diferentes: 2126. Es cuanto puede distinguirse, y aún todo eso sólo se ve cuando se lo observa de cerca y se presta atención.
–He decidido exhibirlo, en esta fecha tan especial y sagrada, para que todo el que quiera pueda venerarlo –dijo el propietario.
–¡Dios mío, pero si es el traje de los dioses! -exclamó un hombre muy viejo que ingresaba al lugar; por su edad hubiera podido ser el abuelo de todos los reunidos en el lugar, incluso del propietario de la granja, que ya era un hombre entrado en edad–. Sí, los dioses vinieron ataviados con estos trajes en su última incursión a nuestro mundo. Llegaron en tiempos de hambruna y nos trajeron el ganado y la palabra.
–Inclínense ante la pronunciación de “la palabra” –dijo el propietario de la granja. El anciano empezó a recitar la oración de los dioses:
–“La noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos”
–“el viento de la noche gira en el cielo y canta” –contestaron los niños.
–“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” –recitaron todos al unísono.
         El grupo se retiraba del adoratorio para dirigirse a la casa del granjero en donde se serviría la cena del día en que “ellos” se quedaron con nosotros.
–Durante generaciones no supimos de “la palabra” –dijo el anciano recién llegado, todavía absorto por haber visto el traje de los dioses –. Cuando el escriba de Ambaradet descifró “la palabra” todo fue distinto. Recién entonces el círculo de la doctrina se cerró. El escriba nos dio “la oración”.
–“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” –recitó el grupo al unísono.
– Y los dioses, con su poder de viajar por las estrellas en el carro divino del sol, nos dieron la ceremonia –agregó el anciano–.  El escriba del viejo domo inició el trabajo que el gran escriba de Ambaradet concluyó. Fue bajo el viejo domo, antes de la guerra media, cuando se descifró el mandamiento de los dioses: “este es mi cuerpo, coman de él. Esta es mi sangre, beban de ella”. Y hoy lo recordamos en el gran día.
El grupo avanzó atravesando el huerto de hongos que crecían durante la estación en donde el ocaso se vuelve eterno. En los establos, las crías del ganado jugaban y corrían dando brincos y volteretas.  Un ejemplar adulto miró pasar al grupo, erguido sobre sus dos patas. El anciano siguió rememorando los tiempos pasados. Miró a los más pequeños del grupo familiar y se dirigió a ellos, como quien está por impartir una lección importante.
–Los clanes del viejo domo no reconocieron la llegada de los dioses. Hablaron de impostores y hasta de invasores. Nuestros padres no podían tolerar tamaña blasfemia. Para peor, el carro del sol, los trajes de los dioses y el ganado sagrado aún se encontraban en su territorio. A nuestros padres no les quedó otra alternativa que ir a la guerra para recuperar los máximos emblemas de nuestro culto. Con la ayuda de los dioses, ganamos la guerra. Pero el carro de sol ya había sido vendido por los herejes a los clanes de más allá del monte Eikpari. Algún día lo recuperaremos y será ese un día de júbilo. Cuando nuestros padres entraron a la ciudad, el día de la revelación, encontraron exhibidos en un recinto los soportes de la palabra. El escriba del viejo domo había descifrado “el mandamiento” y gracias a ello pudimos descifrar “la oración”. –todo los presentes inclinaron sus cabezas cuando el anciano mencionó a “la oración”.
El grupo ingresó a la morada del propietario de la granja. En todas las granjas de Ambaradet se repetía la misma ceremonia: familias numerosas reunidas en torno a las mesas de los granjeros para conmemorar el día en que “ellos” se quedaron con nosotros. El más anciano se sentó en la cabecera. El resto de la familia se acomodó en orden de edad. Los hombres a la derecha del anciano y las mujeres a la izquierda. Los sirvientes del granjero irrumpieron con las fuentes humeantes. Las piezas de carne descansaban sobre sus propios jugos.  
– Yo quiero una pata –dijo uno de los más pequeños.
–Yo la lengua –dijo otro.
 –¡Respeto! –exigió una de las mujeres–. Primero los ancianos. –El anciano de la cabecera sonrió.
–La elección no es mala. Las piernas y la lengua son exquisitas –dijo, mientras empezaba a descarnar con sus dientes gastados la costilla que habían depositado los sirvientes sobre su plato.
–Les decía que en el viejo domo descubrimos el mandamiento. No solo los herejes sabían sobre el mandamiento, sino que dejaron que los dioses se vayan a las montañas sin haberlos honrado, siquiera.
En los platos se sirvieron suculentos trozos de carne: costillas, patas, lenguas, muslos. Los platos se iban colmando empezando por los más viejos y concluyendo por los más pequeños del grupo. Algunos comían pedazos de carne deshuesada, otros gustaban más de arrancarla con sus dientes del propio hueso.
–¿Quien construyó los domos? –preguntó uno de los pequeños.
–¡Pedí respeto! –se fastidió la misma mujer que lo había hecho la primera vez.
–Déjalos. Tienen que aprender sobre lo que ignoran. Cuando nuestros ancestros bajaron de las montañas y subieron desde los bosques, los domos ya estaban ahí. Nuestro pueblo atribuye su construcción a los mismísimos dioses. Varias veces los dioses de antaño visitaron nuestro mundo para luego marcharse. Pero déjenme contarles sobre la vez que decidieron quedarse con nosotros. Les decía que los herejes dejaron marcharse a los dioses a las montañas sin siquiera honrarlos. Fue entonces cuando nuestros padres subieron a las montañas para honrarlos, como indicaba la profecía. Los encontraron en la cueva a la que la palabra llama “pesebre”. Ahí nuestros padres presenciaron el acontecimiento más grandioso y sagrado de nuestra historia: el nacimiento del último dios. Trajeron a los dioses hasta Ambaradet, en medio de cantos de alabanza y regocijo. Fueron días de júbilo y algarabía. Se notaba la satisfacción en el rostro de los dioses, quienes mostraban sus dientes  y achicaban sus ojos en señal de felicidad. Bebieron el brebaje  sagrado de la creación, el que reservamos en los tallos del Agapret desde tiempos inmemoriales esperando el arribo de los dioses. Los dioses bebieron y entraron en trance. Nuestros padres concluyeron que no podía haber mejor momento para honrarlos, mientas sus espíritus volaban ente las estrellas en su carro del sol. Era el momento. Fue cuando los sirvientes condujeron a los dioses, en brazos, hasta el adoratorio. Allí comenzamos a honrarlos por primea vez. Las doncellas prepararon los cuerpos, mientras los ancianos recitaban el mandamiento “este es mi cuerpo, coman de él. Esta es mi sangre, beban de ella”. Los dioses fueron honrados. Solo dejaron sin honrar a la diosa Madre y al nuevo dios. Pero fueron reservados para una honra mucho mayor que cualquiera que se les haya brindado. Fueron conducidos hasta los establos de los dioses para que engendren el ganado sagrado. Cuando el último de los dioses estuvo en condiciones de procrear, se inició el ciclo del ganado sagrado en nuestra tierra. Eso nos diferencia del resto de los clanes de esta tierra. Más allá de Eikpari, blasfeman la memoria de nuestros dioses comiendo carne impúdica. Recuerden siempre esto: los hijos de Ambaradet somos los únicos en esta tierra que honramos a nuestros dioses consumiendo, en su nombre, carne sagrada. ¡Los únicos!
El anciano tomó una mano de la fuente y comenzó a deshuesarle los dedos desgarrando la carne con sus dientes. De vez en cuando escupía alguna uña sobre su plato. Luego tomo un cuenco lleno de sangre y lo levanto, solemne, invitando al brindis a los presentes.
–¡Coman su cuerpo y beban su sangre! Que la paz sea con ustedes.
–¡Y contigo, padre nuestro!