"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

Novelas Cortas

domingo, 25 de diciembre de 2016

"Letras de sangre" Por Rogelio Oscar Retuerto


–Ya llegamos maestro –le dijo el remisero.
Amadeo abrió los ojos y vio a lejos la casona de Ubilarrea en la que vivía desde hacía tres años.
–Debería comprarse un auto –propuso el remisero.        
–No me gusta manejar –repuso Amadeo, sin mirarlo. Miraba la casona agigantándose a medida que avanzaban. La extrañaba.
–Cuando me dijo en el aeropuerto que tenía que llevarlo a Ubilarrea pensé que me estaba jodiendo ¡Un viajecito!
Amadeo permanecía inconmovible admirando su casa.
–¿Cuánto le debo?  
–Mil trescientos cincuenta pesos.
Amadeo le entregó tres billetes de quinientos.
–Quédese con el vuelto.
–¡Gracias, maestro! ¿Le ayudo con el bolso?
–Puedo solo. Estoy cansado por el viaje, pero puedo solo.
El viejo entró a la Casona, la notó algo húmeda. Encendió la luz de la cocina. Prendió la computadora y apoyó el bolso en la mesa. Sacó el busto de H. P. Lovecraft y lo puso en la repisa junto con “El místico” y el Premio Víctor Hugo. Le guardaba gran aprecio al Víctor Hugo. Fue el premio que le permitió comprarse aquella casa. 
Se sentó frente a la computadora, entrecruzó los dedos de las manos y los hizo sonar. Abrió su cuenta de facebook y encontró la catarata de saludos y felicitaciones. Amadeo meneo la cabeza. Fue a Escritorio, deslizó el puntero del mouse sobre los iconos, pasó sobre el Word y se detuvo, luego continuó y llegó al sistema de cámaras de seguridad de la vivienda. Clikeó. La pantalla se dividió en cuatro recuadros. En uno se divisaba, envueltos en el tono verduzco de las cámaras visión nocturna, a dos hombres y una mujer durmiendo sobre colchonetas tiradas en el piso.
Amadeo se levantó y se dirigió al sótano. Bajó las escaleras, agarró las llaves colgadas en un clavo en la pared y abrió la puerta. Cuando la puerta se abrió, parecía haber destapado una cloaca. Los olores a mierda y orines treparon por la escalera con rapidez. Prendió la luz. Los dos hombres y la mujer despertaron. La mujer se tapó la cara con la mano y cerró sus ojos con fuerza. Su brazo era esquelético, tan delgado que se notaban los huesos bajó la piel. Los tres estaban encadenados por los tobillos a un caño de gas que surcaba la habitación a lo largo de uno de los sócalos. Amadeo esperó a que se despabilen, después se dirigió a la mujer. 
–Gladys Gallardo, felicitaciones. Hemos ganado el H. P. Lovecraft.
La mujer miró el piso.
–Ahora te traigo la comida. Estás muy flaca.
La mujer rompió en llanto.
–¿Y nosotros? –preguntó uno de los hombres–. Nos estamos muriendo de hambre.
–No se preocupen por eso. Acabó de encontrar mi estilo –dijo Amadeo, señalando a la mujer. Se dispuso a salir de la habitación.
–¡Qué va a hacer con nosotros! –gritó uno de los hombres.
Amadeo se detuvo por unos segundos y luego volteó.
–¿Qué se hace con las obras que no resultan ganadoras? –preguntó.
Los hombres se miraron.
Amadeo salió del cuarto y cerró la puerta. El ruido de cadenas agitándose trepó las escaleras.
–¡Viejo hijo de puta! –se oyó–. ¡Te van a dar perpetua, la concha de tu madre!
         Amadeo avanzó y fue arrancando las hojas de periódicos que cubrían la pared de la escalera.
         “Escritor uruguayo desparece en Lobos”.
         “Tras tres años de intensa búsqueda, dan por desaparecida a la escritora Gladys Gallardo, secuestrada en su casa de Roque Pérez…”
<<“Parece que se lo tragó la tierra” la esposa del escritor Arturo Villafañe en diálogo con…>>
         Hizo un bollo con los recortes de diario y los tiró en el tacho de la cocina. Salió al patio y se dirigió hacia el galpón del fondo. Bordeó la pared de chapa y llegó hasta la trituradora de madera. Permaneció frente a la máquina por algunos segundos, pensativo. La encendió. El zumbido de la maquina se elevó cubriendo la atmósfera con un rumor incesante. Metió dos tablas y la máquina las escupió en una lluvia de viruta y astillas que cayó sobre el barro.
         Amadeo acarició la máquina y después le dio tres palmaditas, como si tratase de una mascota.
–Así que así se hace para que aprendan a escribir terror –le dijo. Después rió.
Amadeo apagó la máquina. Le echó un vistazo a las cuchillas filosas que esperaban, ávidas, algo para digerir. Amadeo tuvo un pensamiento premonitorio “¿Qué se hace con las obras que no resultan ganadoras?”
Amadeo volvió a la casa. Agarró el colt 38 que siempre estaba encima de la alacena y bajó las escaleras.
 (Relato publicado en la revista "Letras y Demonios" Nº 1. Diciembre de 2016)

martes, 20 de diciembre de 2016

"Los cadáveres en el espejo" Por Rogelio Oscar Retuerto

                                    I
El hombre en el espejo

Una mariposa agita las alas en Oriente
y desata una tempestad en New York.

Alguien está por inmolarse y llevarse consigo la vida de mucha gente. ¿Por qué no digo gente inocente? De alguna manera, todos somos culpables e inocentes en este mundo. ¿En qué cambiaría si dijese que aquel turista que está a punto de brindar con champaña francesa con esa rubia debilidad, que de seguro no es su esposa, es culpable de adulterio? ¿En qué cambiaría si dijese que aquel cincuentón obeso de cutis recién afeitado y bañado con fina loción inglesa, ese obeso de traje gris de presencia rozagante, ha amasado su fortuna sobre las espaldas de niños esclavizados en fábricas ilegales del sudeste asiático? Ahí cruza el mozo: inmigrante, ecuatoriano, casado hace seis años con una siria, dos hijos. De seguro también carga con sus culpas. Quizás su antigua familia se desangre en la miseria de una de las tantas crisis sociales y que atraviesa el continente latinoamericano. De alguna manera, hacer la Europa fue una manera de abandonarlos. De seguro aquí hay mucha gente de buen corazón, pero yo soy un buen creyente: no haga distinción de personas.
No son las culpas lo que debería movilizar al mundo. Pero acaso ¿existe un sentimiento más paralizador y a la vez más movilizador que la culpa? ¿Entienden lo que quiero decir? Cada vez que ocurre una masacre se habla de gente inocente ¿No dijimos que en parte todos somos culpables de algo en este mundo? Acaso, cada vez que un bombardeo desparrama cadáveres sobre las ya resquebrajadas calles de Siria ¿No deberíamos, entonces, también decir gente inocente?
Si yo estuviese en la posición de aquel hombre sentado en la barra, negociaría antes de inmolarme, pediría que se eximan del vocabulario las palabras “culpable” e “inocente”. Tan solo son justificativos. Deberíamos extirparlos de los idiomas del mundo. Ningún escritor escribió jamás “el hombre culpable camina bajo la lluvia” o “la mujer inocente sirvió la cena”. A nadie le importa si la persona con la que se cruza cada día, el compañero de trabajo o el vecino de la esquina es culpable o inocente de algo. Uno lo conoce, lo frecuenta, comparte cosas mínimas o más importantes y al cabo de un tiempo uno mismo entrega su veredicto. Así debería ser el mundo; sí, así debería ser.
Al menos, para muchos de los que hoy están acá el mundo tiene los minutos contados, tal vez segundos. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que va a hacer aquel hombre? Tal vez yo me percate porque no deja de mirarme a través del espejo del bar. Desde mi posición puedo penetrar en sus ojos y zambullirme en las profundidades de su alma para escrutar las razones sepultadas bajo toneladas de escombros. Por momentos me da ganas de reír. Mañana los noticieros van a buscar alguna posible conexión con el terrorismo internacional. Otros, en cambio, elaboraran las hipótesis más rebuscadas indagando en la infancia y los traumas de la adolescencia para explicar las acciones y decisiones inexplicables de un lobo solitario. Buscarán culpables dónde no los hay y lloraran sobre los cuerpos de los inocentes ausentes. “Buscar explicaciones”, vuelven a mí las ganas de reír. No hay nada que explicar.
En este mundo a veces se hacen las cosas por hacer. A diferencia de la culpa y la inocencia, la perversidad sí es real; pero la perversidad no está encerrada en un cuerpo vagabundo que yerra por el mundo. Es una de esas pocas cosas que se gestan en la comunión de los hombres. Si no existiese la sociedad, no podría existir la perversidad. Nosotros, acá reunidos, estamos gestando la perversidad.
Alguno allanará la vivienda de aquel desgraciado, al tiempo que otros allanaran su casa de la infancia. Buscarán recortes de suplementos policiales, novelas negras que hayan podido inspirar la matanza. Quizás algún escritor ignoto tenga la fortuna de que, en medio de tamaña desgracia, lo culpen de haber oficiado de inspirador para el asesino en masa y, de esa manera, salte del anonimato a la primera plana de los diarios sensacionalistas y su mediocre obra se convierta en el best seller del año. Al cabo de un tiempo, como suele suceder desde siempre, el caso se olvida sin que nadie haya podido dilucidar por qué lo ha hecho.
Pero yo, en cambio, conozco las razones; las veo aflorar en sus ojos, como cadáveres putrefactos que emergen a la superficie de aguas inmundas para luego volver a sumergirse. Cada uno de los que emerge me habla, me cuenta cosas, algunas son imposibles de entender, otras duelen, son imposibles de reproducir. Los gusanos en sus bocas son más numerosos que las palabras que luchan por salir, las rodean, se ciñen en torno a ellas y las matan. Pero yo hoy las escucho, quizás pocos en el mundo las escuchen, pero hay quienes las escuchan.
Quizás, esta escena se esté repitiendo en este momento en muchas ciudades del mundo; con hombres sentados en un bar frente a un espejo; con hombres a punto de aborda un tren, mientras observan las ventanillas que pasan frente a ellos, una tras otras, como los recuadros de una vieja cinta cinematográfica que proyecta sus vidas dolientes; con jóvenes que están cerrando la puerta de su casa partiendo rumbo a la escuela, con la mochila más pesada que de costumbre y con la determinación de convertir a este en el último día de clases, para ellos y para quienes figure su nombre con la fecha de hoy en el libro del destino.   
El por qué es tan simple como eso. Los recovecos de la conciencia del ser humano son un laberinto sin salida. El destino del hombre es un camino infestado de ciénagas. Solo hay que saber sortearlas, pero no todos lo logran, algunos caen en ellas, como los cadáveres en el espejo.
En el televisor del bar pasan una publicidad sobre la “meritocracia”. Nadie le presta atención, pero yo sí la observo: “Imaginemos un mundo en dónde cada uno tenga lo que se merece”…“lo que se merece”. Y bien. Manos a la obra, entonces.
Las puertas del tren se abren; dos adolescentes ingresan al aula en su último día de escuela; un hombre se abre paso entre la multitud de un concierto, como una barcaza mortuoria en medio del un mar de cadáveres; el hombre del espejo se pone de pie y mete su mano en la campera.  
(*Oleo de Alex Colville)
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domingo, 18 de diciembre de 2016

"Los muertos no pagan sus deudas" Por Rogelio Oscar Retuerto

Recuerdo patente aquel día, jamás pude olvidarlo. Era la tarde del veintidós de agosto del dos mil uno. Argentina se desangraba entre la crisis económica y los conflictos sociales. Marta ya había amenazado dos o tres veces con consumar su acto final. Marta hacía teatro, pero no hablaba de tablas y puestas en escena. Yo nunca le creí, pensé que era una artimaña para llamar la atención. Pero aquella tarde pasó.
Llegué a casa después del laburo, como de costumbre, y Marta no estaba. Sobre la mesa, debajo de un vaso de vidrio, había dejado un nota: “no aguanto más esta vida, así no puedo seguir. Partiré a un lugar mejor”. Yo sabía cómo y dónde iba a consumar su último acto en esta tierra, lo había anticipado varias veces.  Agarré el auto y me fui volando a intentar frenarla. Mientras conducía por la autopista podía imaginarla allá en lo alto con la mirada perdida, el rostro salpicado por gotas de sudor y esa sonrisa demencial que solía dibujársele cuando intentaba vengarse de algo.
Cuando llegué ya era tarde. Marta ya no estaba. Ese fue el final de nuestra vida compartida. Lloré lo que restó de la tarde, lo que duró la noche y la mitad de la mañana. Les juró que pensé en seguir sus pasos, pero no pude. Supongo que fui un cobarde.
Marta partió a un lugar mejor. Lo hizo despegando sus pies de esta tierra para pisar un mundo nuevo. Lleva quince años sobreviviendo en España y yo sigo acá: en mi Buenos Aires querido.
Hace unos años me envió un mail (en facebook la bloquee. Las primeras publicaciones se las “reportaba”. Eso me hacía gracia, yo reportando a una inmigrante) Por aquellos años Europa comenzaba a desmoronarse en el sumidero de la desocupación, y la sombra del terrorismo se levantaba desde oriente para cubrir con sus alas el sol de cada mañana. En el mail me pedía que la perdone y me decía que quería volver. Al leerlo me invadió una profunda alegría. Me apresuré a contestarle. Mi respuesta fue concisa y contundente:
JODETE.
Desde ese día vivo mucho más aliviado. Siento que mi respuesta me sacó las telarañas de los rincones de mi alma y toneladas de peso que llevaba encima.
Este año me echaron del laburo. Acá también la cosa se está poniendo jodida. “Coletazos de la crisis mundial” lo llaman. A mí el coletazo me lo dio un dinosaurio. Me puse a laburar con mi viejo en la panadería. El viejo ya venía a las puteadas: que el aumento del gas, que el de la luz, que la harina. Llegó un punto en que el viejo no aguantó más y siguió los pasos de Marta (pero este se fue en serio. No vuelve más). Ayer nos entregaron el cuerpo en la morgue judicial. Pensamos en cremarlo, pero bue… no queríamos que parezca una burla del destino: panadero, el horno, el gas. No. Decidimos darle sepultura.
Y acá estoy, tirando. La explosión dañó otros dos locales de la cuadra y una casa vecina. Una de las paredes de la casa se desplomó sobre un pibe que estaba durmiendo. Un pedazo de mampostería le aplastó el cráneo, pero no murió. Un amigo médico me dijo que si se salva, vayan buscándole una maceta porque lo que va a salir del hospital es una planta. Siento que me estoy volviendo loco, lo digo en serio.
Ya nos van a empezar a llover los juicios. Denles tiempo, nomás. Aunque todo estaba a nombre de mi viejo y como él siempre decía: “los muertos no pagan sus deudas”.
La casa la vendimos. No queremos tener nada a nombre de la familia para cuando lleguen los juicios. Yo me mudé a un pensión de Once.
Este es el primer mes que no llego a pagar la pensión. Ayer una rata (una o varias, no lo sé) se encargó de romper la caja en donde guardaba los últimos paquetes de galletitas, la yerba y la azúcar. Hizo un desastre esa hija de puta. Tuve que tirar todo.
Hoy no me levanté. Encima Camila me hizo juicio por alimentos ¿con qué quiere que le pague? Si no tengo donde caerme muerto. A diferencia de Marta a mí no me molesta mi país. Estoy acostumbrado al quilombo. Lo que si me molesta son las deudas. Todo esto me está volviendo loco, lo digo de en serio.
Anoche abrí la puertita del horno para ver si se había escondido la rata. La quería hacer mierda. Cuando abro la puerta aparece mi viejo; bueno, no entero, sino la cabeza. Estaba servido en bandeja. Me puse a llorar y le dije:
–Papá, todo esto me está volviendo loco, lo digo en serio.
El viejo me miró y me dijo una frase más que sugestiva:

–Los muertos no pagan sus deudas. 

*Ilustración de Luiso Garcia.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Primer Premio en el Certamen Nacional de Literatura Erótica

El día jueves 15 de diciembre, recibí de parte de la Secretaria de Cultura de Mendoza, el primer premio correspondiente al Certamen Nacional de Literatura Erótica. Quiero agradecer a toda la gente de cultura, por la hospitalidad y la calidez con que me recibieron. Agradezco de manera especial a Alejandro Frías, escritor mendocino a cargo de Ediciones Culturales Mendoza. Y quiero destacar un profundo agradecimiento al jurado, no por haberme elegido, sino por animarse a cruzar las fronteras que encorsetan a los subgéneros literarios. El reconocimiento a los elementos de la cultura gore, el terror y la ciencia ficción que el jurado ha destacado en mi novela, no es un reconocimiento en lo personal, es un reconocimiento en lo cultural que abarca a muchos escritores y artistas que transitan la misma senda. “Las elegidas” no fue concebida como una novela de literatura erótica, mucho menos de literatura “femenina” (aborrezco ese epíteto). “Las elegidas” fue concebida como una historia de terror (palo en el que me siento cómodo escribiendo), con elementos de la mitología americana y la ciencia ficción, que avanza abriéndose paso a través de las ciénagas en donde habita lo más oscuro y profundo de la sexualidad humana. Ediciones Culturales Mendoza la publicará en abril de 2017 con alcance nacional y será presentada en el pabellón azul de la Feria Internacional del Libro de Bueno Aires. Gracias a todos los que ayudan cada día.

jueves, 17 de noviembre de 2016

"La muda" Por Rogelio Oscar Retuerto

Aquel verano en que nació Martita, la vieja muda apareció en el barrio. Era flaca como su sombra, arrugada como los pliegues que la arena forma en el desierto; la gente la esquivaba, no porque la despreciara, sino por el terror que infundía su mirada. Primero le alquiló una pieza al flaco Luis, hasta que fue echada del lugar. El flaco nunca quiso hablar sobre las razones que lo motivaron a arrojar a la vieja y su hija a la calle, lo aterraba hacerlo.
Una tarde, cuando el sol caía a plomo sobre los techos de chapa, vino Luisa con la noticia sobre la muerte de la hija de la vieja. La vieja había recogido a la nena en la ranchada que los pibes de la calle tenían en la vieja estación de trenes. La había criado como hija propia durante más de un año. Todo el barrio concurrió al velorio, la velaron en la sociedad de fomento. La vieja se sentó en una silla de madera al lado del cajón, con las manos cruzadas sobre su vientre, como si le doliera, y lloró toda la noche. Lloró solo con sus ojos, pues era muda. La vieja palmeaba, en un sentido agradecimiento, cada mano que se apoyaba en su hombro. Al clarear el día, solo le quedaba su carro desvencijado y la caja con los cuatro mil pesos de la colecta.  Después del entierro, la vieja se esfumó, como si nunca hubiese existido.
El barrio entero llegó a pensar que la vieja fue una triste alucinación colectiva. Pero eso fue hasta el día de hoy.
Anoche, en un barrio vecino, una vieja muda recién llegada al lugar, veló a su hija recogida en los basurales de la ribera. Lloró toda la noche sentada en una silla de madera. Hoy, después del mediodía, partió del cementerio sin dejar más rastros que un cadáver fresco en una tumba fría y una silla con su vieja ausencia. Solo se llevó su carro desvencijado y la lata con los cinco mil pesos que las mujeres del barrio habían recolectado compungidas.


lunes, 31 de octubre de 2016

"Dos de noviembre" Por Rogelio Oscar Retuerto

Rogelio Oscar Retuerto, argentino, nació el 18 de febrero de 1972 en Hurlingham, Buenos Aires. Alternó su infancia entre el conurbano bonaerense y el paraje montaraz de Mailín en Santiago del Estero. La mitología americana y las creencias populares adquirieron un papel de relevancia en su formación literaria, así como la narrativa oral. Ha bridado charlas y talleres sobre mitología americana en el ciclo denominado “Fauna de las tinieblas”. Su obra la componen cuentos y novelas cortas de terror y ciencia ficción.
Podés bajarlo y leerlo en PDF desde:

Aquella mañana fresca de noviembre, Raquel decidió salir por primera vez de su habitación. Aunque en San Fernando del Valle de Catamarca todas las mañanas solían ser frescas, aun las de verano, mucho más las de primavera.
Raquel vivía imbuida en el hermetismo de las cuatro paredes blancas de su nuevo cuarto. Eso la fastidiaba demasiado, que las paredes fuesen blancas. Esas paredes, blancas como la cal, intentando dar un poco de luz a la oscuridad de su alma. Los primeros días fueron las culpables de acentuar su tristeza, pero los últimos no hacían más que acrecentar su fastidio y volverla irascible. Si la vida no era más que una masa amorfa de color gris ¿Qué sentido tenía encerrase en un mundo de luz artificial?  
         La vida de Raquel se oscureció para siempre el día en que sus padres y su novio murieron en aquel accidente fatal. Desde entonces sus días fueron sin luz. En las noches volvían a agitarse las sombras de un pasado del que creía haber escapado. La oscuridad de su infancia volvía para oscurecer su temprana juventud, como una sombra que avanzaba desde el horizonte para convertir a la tierra en un mundo abatido y sin sol. Pero el fastidio había tornado a aquel encierro voluntario en insoportable. “afuera hay sol, pero al menos la vida continua su marcha de la mano con la muerte –escribió Raquel en su diario– sí, hay luz, pero una luz que baña las vidas de un mar de criaturas sin esperanzas que ya no pueden recordar de donde vienen e ignoran a donde van su vidas ¿cuán más infeliz puede resultar mi vida que la de ellos?, afuera hay luz, hay vida, pero también hay muerte. En cambio aquí adentro, la luminosidad de esas paredes recién pintadas, forzadas a dar luz a mi vida de sombras, no hace más que frustrar sus buenas intenciones”.
         Ya no quedaban lágrimas en los pozos secos en que se habían convertido los lacrimales de Raquel.
La puerta del cuarto se abrió emitiendo un inusual chillido. La figura de Raquel quedó al descubierto, iluminada por la luz tenue que llegaba desde la cocina. Desde el fondo del pasillo, los tíos de Raquel la miraron, perplejos. Esa perplejidad recorrió el pasillo y llegó hasta Raquel que solo atinó a sonreír como respuesta. Es que aquella chica no era la misma que habían recibido en la puerta de su casa hacía poco más de una semana. Cuando tía Sara abrió la puerta de calle se encontró frente a una adolescente desalineada flanqueada por la tristeza de dos valijas enormes y grises. Un mustia pelirroja de cabello enmarañado y profundas ojeras. Sus ojos, que alguna vez supieron ser de un verde hermoso, estaban atravesados por surcos de sangre. Sin siquiera tiempo para reaccionar, el cuello de Sara se vio envuelto en los brazos de una jovencita a la que no había visto nunca en su vida. Una chica que sollozaba y repetía con voz trémula y entrecortada “¡mamá y papá están muertos! ¡Mamá y papá están muertos!” Aquel había sido el primer encuentro de Raquel y sus tíos en esta vida. ¡Tan sola estaba! ¡Tan sola se sentía! que sintió la necesidad imperiosa de mitigar sus penas en los brazos de una desconocida.
Raquel recordaba desde siempre que su madre le había hablado de sus tíos de Catamarca.
–Si algún día nos llegase a pasar algo, si algún día algo malo llegase a suceder, en Catamarca tenés dos tíos que te van a recibir como si fueses su propia hija. Nunca lo olvides –le repetía su madre hasta el hartazgo sin dejar de mencionar la cajita de la mesita de luz en donde iba a encontrar la libreta con los datos de los tíos.
         Hacía nueve días que la puerta de aquella habitación no se abría. Al menos durante el día. Por las noches, Sara e Hilario sentían el rechinar de la puerta desacostumbrada al uso, seguido de unos pasos discretos hasta la cocina, la apertura de la heladera, el reposar de algún plato sobre la mesa, el tintineo de algún vaso al guardado en la alacena y nuevamente el rechinar de la puerta de la habitación. A eso se reducía la actividad nocturna de aquella casa.
La joven que tenían en frente, no era la chiquilla triste y desalineada que había golpeado la puerta de la casa una semana atrás. No, tenían en frente suyo a una chica distinta, con su cuerpo veteado por los rayos de sol que ingresaban desde la cocina. Raquel tenía puesto un hermoso jean celeste con mariposas  bordadas en rosa, una blusa blanca, un pañuelo oscuro de brillo tornasolado sujetando su cabello rojizo, un aro plateado del cual pendía un ángel con sus alas abiertas, y sandalias de cuero marrón que dejaban al descubierto la palidez de sus pies desnudos.
–¿Querés desayunar, Raquel? –preguntó tímidamente tía Sara.
–No, gracias. Prefiero salir a conocer el barrio.
–No vayas para el lado del cerro, es muy desolado para una señorita –sentenció Hilario, sin dejar de leer el diario. Pero no estaba entre los planes de Raquel ir hacia el cerro.
Raquel salió aquella mañana dispuesta a conocer el centro de la ciudad. La luz del sol se derramaba apacible sobre los cerros, sobre los valles, sobre los techos de tejas descoloridas de las viejas casonas de la ciudad. Ingresaba por cada hendija del entramado urbano y moría atrapada en cada rincón en donde se refugiaba la oscuridad.
Sí, aquella mañana Raquel no veía la oscuridad del mundo. Tampoco veía la desesperanza en el rostro de las personas que la saludaban al atravesar cada esquina. No, en aquellas personas no estaba presente la desazón que veía en el trajinar de los habitantes de la ciudad. Tampoco aquel mundo era gris “¿Será el cemento de la ciudad?” Pensaba Raquel. Aquellas personas no vivían apremiadas. Algunos irían a sus trabajos, otros a estudiar, otros solo de compras, pero no había urgencias, sino un armonioso trajinar cansino. Era notoria la ausencia del ritmo infernal de la ciudad que marcaba como un metrónomo el paso de sus habitantes. El colchón armónico de los colectivos, automóviles y camiones, la percusión in crescendo de los trenes, la melodía estridente de las bocinas sonando por doquier y de pronto… el ritmo de aquel reducto infernal de las almas se apoderaba de la marcha de la gente. Y a medida que la ciudad aceleraba el tempo de su sinfonía demencial se aceleraba la vida de sus habitantes hasta hacerlos estrellar contra sus muros y sus esquinas. No, esto no se parecía en nada a la ciudad que la vio crecer.
Raquel avanzó embelesada por la suave brisa que la envolvía en un frenesí de aromas de tilo, poleos y cedrones. El avance de la mañana despertaba a las flores y hierbas somnolientas en los jardines urbanos.
Los tíos vivían a solo ocho cuadras de la plaza del centro. Cuando Raquel llegó a la plaza veinticinco de mayo se enamoró de ella, del verde, de sus árboles, del cielo. De pronto se encontró frente a la catedral de Nuestra Señora del Valle. La arquitectura colonial era una de sus debilidades. Cruzó la calle, subió las escalinatas e ingresó en la catedral. Allí permaneció solo un momento. Dentro de aquel claustro, la oscuridad amenazaba con ennegrecer de nuevo su vida. Sus paredes, sus pisos, sus bancos de lamentaciones y penitencias. Todo era dolor y muerte allí dentro. “Dios es amor”, “Cristo venció a la muerte”
–Díganselo a los que construyeron este sepulcro – murmuró con recelo.   Cuando iba a salir de aquel recinto, la detuvo la mirada de un Cristo que la observaba desde las alturas. Allí estaba el Dios del amor, torturado, vejado, sufriendo su agonía clavado en una cruz.
–¿Cómo venció a la muerte? –murmuró Raquel.
Su murmullo fue suficiente para que el lugar le devolviera su pregunta como una burla.
Aquel Cristo la observaba con su alma dolorida. Raquel sintió que le rogaba con su mirada vidriosa que lo descolgara y lo llevase lejos de allí, quizás a los cerros, quizás que lo ocultara en medio de los montes. Raquel miró el dolor en los ojos de aquel hombre, sintió una cuchillada helada que desgarraba su pecho y una lagrima fría surco su rostro. Salió llorando y bajó las escalinatas del lugar. Solo se detuvo un instante, en el último peldaño, con sus ojos cerrados, procurando que la calidez del sol derritiera la escarcha tenebrosa que cubría su alma. Cuando la sangre que corría por sus venas volvió a fluir tibia y veloz, Raquel avanzó sobre la acera, cruzó la calle y caminó por la plaza.
Allí fue la primera vez que lo vio, próximo a un árbol frondoso, sentado sobre la hierba, con ambos brazos cruzados sobre sus rodillas y la mirada perdida en la calle. Andrés miraba el andar tranquilo de los autos frente a la catedral. Raquel nunca supo si fue por empatía, si fue la tristeza que envolvía por completo a aquel muchacho sentado sobre la hierba, o si fue la oscuridad que los conectaba a ambos a cada lado del abismo, pero sintió que aquella era su alma gemela. Se acercó y se sentó a su lado. Cuando el joven la miró, ella extendió una mano y se presentó.  
–Raquel –le dijo, sonriente.
–Andrés –devolvió el muchacho, lacónico.
Desde ese día, aquel lugar de la plaza veinticinco de mayo sería para ellos su lugar en el mundo. Todos los días, a veces por las mañanas, a  veces por las tardes, llegaría Raquel con su matera de cuero y los bizcochitos de grasa horneados por tía Sara. No era mucho lo que sabía de aquel muchacho: sabía que vivía en Villa Cubas, al sur de la ciudad; que estudiaba en el magisterio, pero que hacía un año había tenido que suspender sus estudios a raíz de una tragedia familiar. Tampoco era mucho lo que contaba Raquel de su vida. Existía entre ambos una simbiosis que servía para mitigar sus soledades.
Una mañana la ciudad despertó distinta. San Fernando del Valle de Catamarca amaneció envuelta en nubarrones que amenazaban con arrojarse sobre la ciudad, agazapados sobre los cerros. Una lluvia plomiza cubrió toda la ciudad. Raquel salió de su casa con el alma apocada. Caminó desganada hasta la plaza. Por primera vez desde que llegó a aquel lugar todo era gris. Raquel temía que los fantasmas que dejó encerrados entre las paredes de su cuarto hubieran escapados para oscurecerle la vida. Todo era gris ese día: el cielo, los cerros que la rodeaban, el asfalto. No podía verse, pero sabía que hasta sus ojos la habían abandonado. Raquel tenía “ojos color del tiempo”. Cuando los días amanecían nublados, el verde valle de sus hermosos ojos daba paso al frio gris de las montañas. Raquel comenzaba a enfurecerse. ¿Por qué el día tenía que ser gris? Ese también era un cambio en su vida: las cosas que antes le provocaban tristeza y dolor ahora la tornaban violenta.
Cuando llegó a la plaza, las cortinas de lluvia comenzaron a agitarse sobre la ciudad. Andrés la esperaba refugiado bajo el follaje del árbol frondoso. Cuando Raquel llegó hasta él, el desconsuelo se había apoderado de sus ánimos.
–¿Y ahora? –preguntó Raquel, sintiendo que su nuevo mundo se desmoronaba ante sus ojos.
–¡Vamos! –ordenó Andrés, tomándola de la mano.
Corrieron bajo la lluvia, transformada ahora en aguacero, y cruzaron la calle para perderse en un bar. Ni bien se sentaron, un mozo delgado, de bigotes marcados, comenzó a acercarse desde el fondo del local. Antes de que llegue a la mesa, Raquel lo paró con una orden.
–Dos cafés.
El hombre alto y flacucho se detuvo un instante, observándola.
–¿No hablé claro? ¿Necesita que le grite?
El mozo dio media vuelta y se perdió tras los cortinados de la cocina.
–¿Qué te pasa? –preguntó Andrés, con cierta preocupación.
Raquel rompió en llanto. 
–¡Es una mentira! todo esto es una mentira –dijo Raquel, con su rostro empapado, en parte por la lluvia, en parte por el llanto–. ¿Sabés una cosa? –siseó con los dientes apretados–, esto –aseveró señalando a la calle–, esto sí es real.
 Afuera la lluvia se apoderaba de la ciudad.
Raquel sonrió con sarcasmo, mientras miraba las gotas enloquecidas que se estrellaban contra el asfalto.
–Esa es mi vida –dijo Raquel–: un día de lluvia, una mañana gris, una ciudad desolada, una vida de mierda. 
–¿Por qué decís eso? –replicó Andrés.
–Porque es así. La vida es una mierda.
–Yo no sé si puedo ayudarte a descifrar los misterios de la vida, pero si sirve de algo contame. Sé que te pasa algo.
Raquel apoyó los codos en la mesa y se llevó las manos a la cabeza; respiró profundo y después habló.
–Hace unos días, una semana antes de que te conozca, estaba en la esquina del colegio esperando a mis viejos que tenían pasar a buscarme. Este año me tendría que haber recibido en el secundario. Era un viernes, un viernes de lluvia, un día gris, un día de mierda, como éste. Mis viejos habían ido a buscar a Martín, mi novio, a su casa de Luján y luego iban a pasar a buscarme a mí. Íbamos a pasar un fin de semana en la casita de Lobos, en frente de la laguna… Nunca pasaron a buscarme. Salí del colegio a las siete menos veinte. A las siete en punto me iba a encontrar con ellos en la esquina de la plaza. Esperé hasta las nueve de la noche. En ese momento supe que algo malo había sucedido. No sé cómo, pero lo supe. Comencé a llorar como una nena. Hacía años que no lloraba de esa manera. La gente que pasaba me preguntaba si me pasaba algo, si me sentía bien, pero yo no les contestaba. Debí haber llorado tres cuartos de hora. Cuando miré mi reloj eran las diez menos cuarto. Comencé a caminar lentamente, devastada, bajo la lluvia. Caminé veinte cuadras hasta mi casa. Yo tenía un juego de llaves. No sé, tal vez hay ocasiones en donde uno prefiere huir de la verdad, distorsionar la realidad. Ocasiones en donde una prefiere no saber, porque saber duele ¿sabías? Una vez, cuando era chica, escuché al cura del barrio decir eso mismo “saber duele”. Recuerdo que decía que el que ignora está exento de culpas porque ignora lo que está prohibido, entonces, vive más tranquilo, le cuesta menos ser feliz. Pero el que conoce, el que sabe, ese es consciente de lo que está prohibido y vive sufriendo ante la tensión entre el deseo y el deber. Y le duele saber que es culpable cuando el deseo es más fuerte que el deber. El cura hablaba del pecado, pero a mí aquella noche me sucedió algo parecido. Preferí no saber, mi viejo y mi novio tenían teléfono, pero no los llamé. Estuve a punto de hacerlo pero no lo hice. Preferí no saber. Me recosté en mi cama, empapada y me quedé dormida.
>>Esa noche me soñé en este lugar. Paseando en los cerros, juntando flores, mirando las mariposas. De alguna manera, aquella noche ya sabía que pronto iba a estar aquí. Los fuertes golpes de la puerta me despertaron ¡pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Raquel! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Raquel! Yo estaba helada, la ropa mojada había enfriado mi cuerpo, parecía una muerta. Aun medio dormida abrí la puerta. Era Bety, mi tía postiza, la compañera del trabajo de mamá. Me abrazó envuelta en llanto. Bety es chiquita, más bajita que yo. Recuerdo que me abrazó con fuerzas pero yo no atiné a abrazarla. Solo permanecí mirando por sobre su hombro al mundo que seguía rodando afuera de mi casa. Mi mundo se había derrumbado. El llanto de Bety presagiaba lo peor. El abrazo confirmaba mis temores más profundos. Me había quedado sola en este mundo. Pero el mundo seguía rodando, a nadie le afectaba la ausencia de mis viejos ni de mi novio. Aquella noche no fui al velorio. Me quedé en casa. Al igual que la gente que estaba en la sala velatoria, yo también lloraba. Pero a diferencia de ellos no lloraba por mis padres ni por mi novio. Yo lloraba por mí, por mí y por mi soledad. Esa noche no contesté ningún llamado, pero tampoco pude dormir. A la madrugada abrí la cajita de madera que mamá guardaba en su mesita de luz. Busqué la libreta con los datos de los tíos y a primera hora de la mañana estaba en Retiro subiendo a un micro para venir a Catamarca –en ese momento Raquel sonrío–. Es muy loco. El último recuerdo que tengo de Buenos Aires es Bety abrazándome en la puerta de casa. Y el primer recuerdo que tengo de Catamarca es el abrazo con la tía en la puerta de la casa. Una puerta que se cierra, otra que se abre. Abrazos.
–Cómo te sentís –preguntó Andrés.
–Qué sé yo ¿Se supone que tendría que estar mejor?
–No lo sé. No soy psicólogo.
Raquel largó una carcajada.
–A veces hace bien hablar –confesó Raquel–, aunque mi vida está signada por la muerte. Por eso no me gusta mucho hablar de mi vida. Yo nací con la muerte. No me mirés así, no estoy loca. Mi mamá en realidad no era mi mamá de nacimiento. Sara e Hilario tampoco son mis tíos de sangre. Pero mamá me crió desde los cuatro meses. Fui su bebé y ella la única mamá que conocí. Mi madre biológica se llamaba Victoria y murió el día en que yo nací. Murió en el parto. Por eso dije que nací con la muerte. Yo nací y mi vieja murió. Supongo que así debe ser la vida para algunos –Una lagrima cayó de la mejilla de Raquel sumergiéndose en su taza–, pero no quiero hablar más de mí.
–No me molesta.
–No. Yo no quiero hablar más.
–Mirá, si te sirve de consuelo, yo conozco la muerte. Entiendo bien lo que significa la muerte de un ser querido.
–¿Tus viejos?
–No solo mis viejos. Mi familia.
Andrés comenzó a jugar con la cuchara en su taza. Raquel lo tomó de la mano.
–Contame.
Andrés la miró y sonrió.
–No me molesta contarlo. No sé si es una historia que tengas ganas de escuchar.
–Contame, dale.
–Mi vida también está signada por la muerte– comenzó Andrés–. Mis viejos nunca pudieron superar la muerte de su hijo mayor. Hace poco más de un año estaba celebrando el día de los fieles difuntos en la casa de su novia. Estaban honrando la memoria del hermano mayor de la chica. El pibe había muerto asesinado un año atrás. Nadie sabe qué pasó aquella noche del primero de noviembre, pero a la mañana siguiente una vecina ingresó a la vivienda y los encontró a todos muertos. Los padres, la piba y…
–No lo nombres, si te hace mal
–… Los diarios la llamaron la masacre de la calle Ayacucho. Algunos dijeron que fue obra de una secta de fanáticos que salieron a hacer sacrificios en la noche de todas las ánimas. Porque al mediodía del dos de noviembre ocurrió otro asesinato múltiple a pocas cuadras del lugar. El cuadro era el mismo: una familia honrando la memoria de un difunto y poco después todos muertos. Culparon a los Umbanda, pero son boludeces. Esa semana se inició una caza de brujas. El municipio clausuró los pocos templos Umbanda que había en la ciudad, detuvieron a media docena de curanderos y hasta tres ancianos de la secta de los testigos de Jehová. Una locura.
–¿Y no tuvieron nada que ver?
–¿Quiénes?
–Los curanderos y los predicadores
–¡Claro que no! Yo sé…yo sé... Solo sé que ellos no tuvieron nada que ver –Raquel sintió que Andrés estuvo a punto de develar un secreto indecible. Estuvo a punto de instigarlo, pero no lo hizo–. Los testigos de Jehová no conmemoran el día de todas las ánimas, no creen en eso. Para ellos es como... no sé, cómo decirlo, dicen que es algo pagano. Y te aseguro que los curanderos no tuvieron nada que ver en eso.
–¿Y los soltaron?
–A todos, menos a uno. En los cerros, en la sierra de Ancasti, vivía un curandero, en el montecito cerca del camino. Arroyo abajo había un campamento de hippies que frecuentaban la choza del curandero. Cuando la policía llegó al lugar, el viejo estaba en trance. Hablaba de una puerta que estaban abriendo y que había que cerrarla. Decía que había que destruir las mesas en homenaje a los muertos y quemar casas. Al pobre viejo se le ocurrió decir que debía ir a quemar una casa en la calle Ayacucho y otra en la esquina de Belgrano y Balcarce. No sé cómo pasó, pero justo coincidía con los lugares de las muertes. El fiscal interpretó que quería quemar evidencias que lo implicaban y lo encontraron culpable. Lo condenaron a cadena perpetua –Raquel miraba a Andrés, extrañada, como perdida en el relato–. No me entedés ¿no? Acá acostumbran a venerar la memoria de los muertos. El primer día del mes de noviembre de cada año se sirven mesas con manteles azules u oscuros, se pegan estrellas o lunas brillantes para que el visitante se sienta como en el cielo.
–¿El visitante?
         –El muerto, el difunto, el ánima, como quieras llamarle. Se prepara la mesa de esa manera y luego se sirve con manjares que gustaban al difunto en vida y con sus bebidas preferidas. La comida y la bebida deben ser abundantes. A veces se lo deja preparado la noche anterior. El día primero de cada noviembre, para los católicos, Dios abre las puertas del cielo y permite a las ánimas regresar a nuestro mundo para pasar un día con sus seres queridos. Pero algunos dicen que la verdad es mucho más compleja. Esa costumbre fue asimilada por la iglesia católica como “el día de los fieles difuntos”. Pero lo instituyó sobre la base de una antigua creencia indígena de la zona. Y como sabrás, los indígenas no creían en nuestro Dios ni en nuestro cielo ni en el paraíso ni en nada de eso –Raquel lo miraba con el ceño fruncido. Sus ojos también se entrecerraban intentando seguir el tétrico relato de Andrés y poder comprenderlo–. El curandero que se llevaron preso era descendiente de los antiguos indígenas de este valle. En realidad la mayoría lo somos, pero no lo sabemos. El pobre viejo era hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de las pocas familias aborígenes que permanecieron en los cerros para no mezclarse con los criollos. Para los antiguos habitantes de este valle no es Dios el que abre las puertas del cielo.
–¿Y quién es? –Interrumpió Raquel, imbuida en una tenebrosa curiosidad.
–No lo sé, porque simplemente no hay cielo, no hay paraíso. Es el guardián de las puertas del otro mundo. Y ese día regresan los espíritus desde el otro mundo a la tierra. Pero no hay cielo y no hay infierno. Entonces nunca podés saber qué es lo que regresa. Pero sea lo que sea, lo que regresa permanece en este mundo hasta el medio día del día dos. Ese día y medio comparte la mesa junto a su familia. Lo que se sirva debe ser del agrado del muerto para que se sienta bien y olvide las malas acciones que tuvieron en vida con él.
–¿Y si no es de su agrado, qué pasa?
–No conozco a nadie que haya contradicho el mandato de servir la mesa a su gusto. Nunca se hace. Luego del almuerzo del segundo día el ánima parte de la casa familiar. Algunos lo acompañan hasta el cementerio y eso es todo. Pero siempre es luego del almuerzo del segundo día.
–¿Y si se queda más tiempo?
Andrés se tomó una pausa prolongada para responder. Se notaba que esa pregunta no le agradaba, lo incomodaba, como si guardara dentro de él una verdad inescrutable.
–Ya no puede regresar –contestó Andrés– porque se cierran las puertas del otro mundo. Ya no puede regresar. Al menos hasta el mediodía del segundo día de noviembre del año próximo.
Raquel se quedó en silencio con los ojos grandes, absorta, solo atinó a mirar la cucharita plateada que se sumergía en las brumas de su café.
–Ya es tarde me tengo que ir –dijo Andrés.
–¿Por qué siempre te vas a esta hora? –se quejó Raquel.
–Ya te dije, trabajo de noche.
–Pero ¿no podés pedir un día? No sé, para salir a comer o simplemente para mirar las estrellas en el paseo de los cerros.
–No lo sé, por el momento lo veo difícil.
Aquella tarde Andrés se fue como de costumbre, antes del anochecer. Era sereno y debía llegar a su trabajo antes de que caiga el sol.
Esa noche Raquel pensó hasta altas hora en lo que le había dicho Andrés; sobre el día de los fieles difuntos y el error peligroso en el que cayó la Iglesia Católica en tiempos de la conquista con el solo afán de convertir paganos al catolicismo. Raquel no podía conciliar su sueño, hasta que de repente se quedó dormida. O eso creyó, porque de repente su habitación se convirtió en un reducto enmohecido con paredes grises, gastadas y manchadas. Delante de ella había unas rejas despintadas que la separaban de un anciano que dormía sobre un catre. De pronto, el anciano se incorporó y caminó hasta los barrotes que lo separaban de Raquel. Era un hombre de escasa estatura, de unos sesenta años. Sus cabellos blancos y sucios se enmarañaban, caprichosos, sobre su frente cobriza cubierta de un sudor aceitoso. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y sus ojos eran rasgados y muy oscuros. Llevaba un poncho roído sobre sus hombros. Raquel no entendió las primeras palabras que pronunció el anciano, pues las pronunció en una lengua desconocida. Después le habló en un claro castellano.
–No es bueno forzar las cosas que ya están condenadas. No es bueno amarrar a esta tierra lo que ya no pertenece a ella. Las puertas del otro mundo deben permanecer cerradas, porque nunca sabes qué es lo que regresa desde allí. Sin tan solo los cristianos hubiesen escuchado a los sacerdotes de antaño, nada de esto estaría pasando. La ceremonia de entierro en este valle debe durar ocho días. Ni uno más, ni uno menos. Si ustedes no respetan ese precepto ancestral deben quemar la casa del muerto para que este ya no regrese –El anciano se alejo de la reja, dando la espalda a Raquel y de pronto se detuvo. Luego volteó y regresó a la reja. Metió la mano en el bolsillo de su camisa y le entregó un cordón del que pendía el diente de algún animal–. Para que te proteja, niña –dijo. Luego volteo y camino hasta el catre. Solo pronunció unas palabras aún de espaldas–. Déjalo, no lo amarres a este mundo.
Raquel se colgó de las rejas y comenzó a gritar:
–¡¿De quién habla?! ¡¿De mi padre?! ¡¿De mi novio?! ¡Por favor! ¡Dígame de quien habla!
Raquel despertó envuelta en sudor. Su corazón galopaba como un potro horrorizado. Sus manos temblaban. Se llevó las manos a la cara para tapar su llanto hasta que vio algo que la dejó pasmada: en una de sus manos pedía un extraño cordón con un colmillo sujetado al mismo.

 Un año después
        
Aquella tarde se cumplía un año desde que Raquel había conocido a Andrés. Aquel pedazo de hierba bajo el árbol frondoso y la última mesa del bar frente a la plaza, se habían convertido en los refugios del mundo construido entre ambos. Para Raquel era una mañana muy diferente a todas las otras que le precedieron. No solo por ser el aniversario de aquella bella amistad, sino porque Raquel se sentía distinta. Sentía que las heridas profusas de su alma habían sanado, que los abismos que ocultaban los barracos de su memoria doliente se habían cerrado. Raquel estaba dispuesta, si es que Andrés también lo estaba, a elevar el nivel de su amistad hacia una relación más comprometida. Raquel estaba radiante y no era para menos. Más de trescientos sesenta y cinco amaneceres necesitó para sanar su alma y disponerse a abrir nuevos caminos.
Cuando Raquel llegó al bar, saludo a los parroquianos y le dio un beso a Moncho, el mozo flacucho de bigotes marcados, con quien había entablado una linda amistad. Lo único que la incomodaba era cuando Moncho le decía que ella era su “loca linda”, la chica que alegraba los días y las tardes de su vida. Raquel cruzó el salón comedor y volteo en el pasillo que conducía a los baños. Allí se desplegaban dos mesas ocultas utilizadas por las noches por las parejas “de trampa”. Ni ella ni Andrés estaban de trampa, pero cuando Andrés notó que a Raquel la incomodaba la manera en que la miraban los peatones que pasaban junto a la vidriera, le propuso sentarse en una de las mesas del fondo para que nadie los viera ni interrumpiese sus tardes. Y así lo hacían siempre que se encontraban. Cuando Raquel volteó el pasillo, ahí estaba Andrés, como siempre, esperándola. Raquel lo saludó con un beso en la mejilla y tomó asiento. Solo atinó a mirarlo, sonriente, esplendida, como si la felicidad del mundo se resumiera en su mirada. 
–Hablé con los tíos –dijo Raquel–. No quise que homenajearan a mamá y papá. Mis tíos no acostumbran a realizar el ritual hogareño del día de los fieles difuntos, pero me preguntaron si quería que hablaran con el cura de la parroquia para hacerles una misa. Les dije que tenía mi propia manera de recordarlos y honrarlos. Pero les pedí cenar con ellos este sábado. Vos y yo. Después podemos venir al centro. Nunca vinimos de noche. No sé, me gustaría. Qué sé yo, caminar, mirar las estrellas, tomar un helado, sentarnos en la plaza. O si preferís cenamos en tu casa y otro día con mis tíos, también me gustaría conocer a tu mamá –Raquel lo miraba esperando que su optimismo sea recíproco, pero no sucedió.
–Mirá –dijo Andrés, algo compungido–. Sabés que no puedo salir de noche.
–Te pido solo una noche.
–Sabés que no puedo.
–Es una noche Andrés  ¿Qué puede pasar? ¿Despedirte del trabajo? ¡A la mierda con el trabajo! Yo voy a ayudarte a conseguir uno mejor. Puedo pedirle a mi tío que te recomiende. El se jubiló en la municipalidad, conoce un motón de gente. Además, con otro trabajo podés trabajar por las mañanas así volvés a estudiar, quiero que vuelvas a estudiar.
–Raquel, Raquel, pará, pará. No entendés. Esta es mi vida, así es mi vida.
Raquel río con sarcasmo.
–¡Escuchate! Ese no es el pibe del que me enam… –Raquel pareció atragantarse con sus propias palabras–… La vida de nadie es así. Nadie está condenado a nada en la vida. No te estoy pidiendo nada, te estoy proponiendo que lo hagamos juntos.
La luminosidad se apagaba en las calles de la ciudad. El sol se había ocultado tras los cerros y las penumbras comenzaban a adueñarse del lugar. Andrés se levantó y le dio un beso en la frente, después se fue. Raquel se levantó y fue tras él.
–¿A dónde vas?
–A trabajar.
–No podés dejarme así.
–No te estoy dejando. Mañana hablamos bien. Descansá.
Andrés cruzó la calle y se perdió en la plaza. Raquel lo miraba desde la puerta del café con una expresión desencajada en su rostro. Moncho sostenía una escoba contra su delantal y la miraba como si observase a un fantasma.
–¿Qué mirás? –le espetó Raquel y salió del negocio.
Hacía mucho tiempo que la violencia no se corporizaba en su carácter. Raquel cruzó la calle y se internó en la plaza. Apuró el paso y logro divisar a Andrés a media cuadra. Lo siguió a prudente distancia procurando que él no se percatara de su presencia. Después de varias cuadras comenzó a sentir el cansancio. Debía haber caminado unas quince cuadras hacia el sur de la ciudad al paso de Andrés que casi era un trote. Andrés dobló en una esquina y se perdió de vista. Raquel apuró el paso, dobló en la esquina y se encontró frente al cementerio municipal de la ciudad. Creyó ver a Andrés dirigirse hacia el interior por el pasillo principal. Raquel cruzó la calle al trote y atravesó la puerta. Un hombre de unos cincuenta años de edad, canoso, que vestía un mameluco azul, soltó un chiflido para detenerla.
–¡Señorita! el cementerio está cerrado.
–Es solo un minuto, vengo a ver a un amigo –aclaró Raquel.
–Venga mañana, le aseguro que su amigo no se va a ir a ningún lado, pero ahora no puede pasar.
–No. Creo que me entendió mal. No vengo a visitar a un muerto. Mi amigo trabaja acá. Se llama Andrés.
Raquel ingresó y corrió por el pasillo. Atrás quedaban los esfuerzos inútiles e insuficientes del trabajador municipal para impedirle el ingreso.
–¡Muchacha! ¡Muchacha! ¡¿Está loca?!
Raquel corrió por el pasillo principal. Cuando las bóvedas antiguas dieron paso a las sepulturas más bajas, Raquel creyó ver a Andrés en el sector de tumbas en tierra, lejos de las bóvedas de la entrada. Cuando Andrés la vio caminó rápidamente hacía ella.
–¡Raquel! –le dijo.
–No me dijiste que… –Raquel miró a su alrededor. De alguna manera sabía que Andrés no trabajaba allí. Andrés se dio cuenta de la confusión que se apoderaba de Raquel y con el temor de un niño a punto de ser descubierto se apresuró a aclarar la situación.
–Vine a ver a mi familia.
–¿Tu familia?
–Mis viejos y mi hermana.
–Nunca me dijiste que…
–No es algo fácil para mí. Todavía me cuesta lidiar con esta situación. Solo vine a rezar un poco. No quiero que estés en este lugar. En serio. Mañana hablamos –expresó Andrés, tratando de deshacerse de la presencia indeseada.
–Quiero estar con vos, quiero acompañarte –replicó Raquel.
Andrés la tomó por los hombros.
–Por favor Raquel, dejame solo. Mañana hablamos.
Raquel dio media vuelta, pensativa, desencajada. Estaba a punto de irse cuando un pensamiento la detuvo. Volteo hacia Andrés.
–¿Tu hermano también está enterrado acá?
–¿Mi hermano?
–Dijiste que viniste a ver a tus viejos y a tu hermana, pero tu hermano también…
–Mañana hablamos, Raquel.
 –Está bien, Andrés. Nos vemos mañana. Pero todo esto empieza a hartarme. Simplemente sabelo.
Raquel salió del cementerio. La puerta aún estaba abierta. Cuando bajó a la vereda, el trabajador que había intentado detenerla salió de una piecita.
–¡Muchacha!
–¡No me rompa los ovarios, que tengo un día de mierda! –le devolvió Raquel, mientras se alejaba del lugar.
         Raquel caminó por la misma calle que había llegado. No conocía esa parte de la ciudad así que desanduvo sus propios pasos. Si el cansancio aún existía en ella, su mente no lo notaba. Solo tenía predisposición mental para pensar en las extrañas e incomodas sensaciones que la asaltaban. Caminó enérgicamente un par de cuadras. Su rosto estaba bañado en lágrimas. Su cuerpo estaba empapado en sudor, un sudor frío que ya había experimentado alguna vez. Raquel recordó la caminata de aquel veintidós de octubre un año atrás. Aquella caminata eterna desde la esquina de su colegio hasta su casa. Su llanto se hizo manifiesto. Ya no era una niña ofuscada de cuyos ojos brotaban lágrimas de bronca. Ahora Raquel lloraba de dolor. La ira abandonó la musculatura de su rostro y lo distendió por completo para que la congoja pudiera estrujarlo. Ahora Raquel lloraba con sus ojos, con su entrecejo, con su boca, con cada musculo facial que no paraba de temblar. A mitad de camino divisó un locutorio en la vereda de enfrente. En la vidriera colgaba un cartel de colores “cabinas – internet”. Raquel ingresó y pidió una maquina. Lo primero que le vino a la mente fue googlear “masacre de la calle Ayacucho. San Fernando del Valle de Catamarca”. En la pantalla opaca de un viejo monitor HP aparecieron notas periodísticas de los diarios locales El Esquiu, El Ancasti y hasta una nota de un matutino nacional de gran tirada. Clickeo en una nota al azar y comenzó a recorrer el texto:

Sábado 1 de noviembre de 1997
Conmoción en la Ciudad de Catamarca por la masacre de una familia en la Calle Ayacucho
 En circunstancias aún no esclarecidas una familia del sur de la ciudad fue encontrada masacrada dentro de su propia vivienda. Las fuentes policiales y judiciales no quisieron brindar detalles al respecto, pero aclararon que se trata de un crimen sin precedentes en la ciudad, tanto por la brutalidad del hecho como por el marco en el cual ha acontecido. Al cierre de esta edición, cinco personas habían sido detenidas y se buscaba intensamente a un curandero aborigen de de la sierra de Ancasti.
Raquel clikeó otra nota y pasó rápidamente a las líneas que despertaron su interés:
…las víctimas fueron identificadas como Teófila Chaile de cuarenta y seis años, Jesús Peralta de cincuenta y un años, ambos matrimonio dueño de casa; Amalia Peralta de dieciocho años, hija de los anteriores. El cuerpo de un hombre de aproximadamente veinte años no ha sido identificado aun, aunque testigos aseguran que se trata del cuerpo del novio de la hija de los dueños de casa –“El hermano mayor de Andrés”, pensó Raquel– La familia se encontraba reunida en el día de los fieles difuntos, en memoria del hijo mayor del matrimonio, quien fuera brutalmente asesinado en un oscuro y confuso episodio hace exactamente un año atrás.
Extracto de nota periodística
Domingo 2 de noviembre de 1997
Ola de asesinatos múltiples conmueven a la ciudad
Asciende a diez el número de personas asesinadas en la ciudad durante la celebración de los fieles difuntos. A los cuatro muertos de la masacre de la calle Ayacucho debemos sumar el hallazgo de seis cadáveres dentro de una vivienda familiar de la calle Belgrano en idénticas circunstancias que las de la masacre mencionada. La familia Medina residía en una humilde vivienda ubicada en la intersección de las calles Belgrano y Balcarce al sur de esta ciudad. En circunstancias no esclarecidas los seis integrantes de la familia fueron masacrados a golpes mientras compartían la cena de fieles difuntos. Las autoridades están investigando la pista de un asesino serial, quien sería el autor de ambos asesinatos múltiples, distantes a cuatro cuadras entre sí y efectuados con un intervalo de entre cuatro y seis horas”
Martes 3 de noviembre de 1998
Familiares de victima de la masacre de la calle Ayacucho brutalmente masacrados
Al cumplirse un año de la masacre de la calle Ayacucho, los padres y la hermana del joven Botello fueron brutalmente asesinados mientras compartían la cena del día de fieles difuntos. Las autoridades policiales y judiciales se encuentran trabajando para buscar puntos que liguen a ambos episodios. La defensa del curandero aborigen José Pasqui pidió su excarcelación al asegurar que no quedan dudas que se trató del mismo autor de los homicidios de noviembre de 1997… SIGUEN TEXTOS… Armando Botello de cincuenta y ocho años, Marta Luque de cincuenta y tres y Filomena Botello de veinte años, fueron hallados por un vecina de la familia brutalmente asesinados.
Raquel se detuvo de golpe, como si su propio corazón se hubiese detenido. Subió el texto en la pantalla y revisó la fecha: martes 3 de noviembre de 1998. La nota había sido publicada el mismo día en que ella había conocido a Andrés en la plaza veinticinco de mayo ¿Cómo podía ser tan indiferente? ¿Cómo podía ser tan inexpresivo un día después de que acababan de matar a su familia? otro pensamiento aun más siniestro revoloteó en la mente de Raquel ¿Dónde estaba Andrés mientras masacraban a su familia? ¿Acaso tenía algo que ver con los asesinatos? Raquel extrajo una pequeña libreta de su cartera y anotó los nombres: Armando Botello, Marta Luque, Filomena Botello. Después copió la dirección exacta en donde fue masacrada la familia de Andrés.
         Raquel pagó el uso de la maquina con el cambio que tenía en monedas y salió rápidamente rumbo al cementerio. Esta vez su mente no pudo distraerla de su fatiga. Su paso rápido y la respiración acelerada, producto del estrés que la envolvía, habían agotado la energía de sus músculos y sus reservas de oxigeno. Raquel dobló en la esquina y permaneció parada frente a las puertas del cementerio. Su pecho se hinchaba y se comprimía de manera acompasada. Rompió en llanto. Una mezcla de sensaciones encontradas y sentimientos nuevos se habían apoderado de su mente hasta nublarle el entendimiento.   Cuando estuvo decidida, avanzó muy despacio, como no queriendo llegar al lugar. Notó que la puerta del cementerio solo estaba apoyada. Una luminosidad tenue y el sonido de una radio salían de la pieza en donde había visto salir al sereno. Raquel apoyó su mano sobre los barrotes de la puerta y la abrió muy despacio. Lo hizo con lentitud, pero no con suavidad. Tuvo que empujar la reja con fuerzas para poder separarla. Cuando la apertura permitía el paso de su cuerpo, ingresó.
Caminó con sigilo sin dejar de mirar hacia la piecita del sereno. Las sombras que proyectaba la luz se agigantaban y empequeñecían contra la pared de fondo a través de la ventana. Raquel se dio cuenta que el sereno estaba moviéndose dentro del pequeño recinto. Siguió caminando con cautela sin dejar de mirar la puerta de la pieza. Cuando estuvo a unos diez metros del lugar, echó a correr. Rápidamente llegó al sector de tumbas en tierra. A diferencia de las sepulturas principales, estas no estaban empotradas en cajones de cemento adornados con mármoles, placas y figuras de bronce. Estas tumbas solo tenían una humilde cruz de cemento y estaban cubiertas de tierra y pasto. Raquel caminó entre las tumbas observando los nombres. La claridad de la luna facilitó su tarea. Al cabo de cinco o seis minutos se paró frente a una tumba: “Armando Botello 1940 – 1998”. Raquel extrajo su libreta de anotaciones y, con los nombres en su mano, continuó con la tumba de la izquierda: “Marta Luque 1945 – 1998”. A su izquierda: “Filomena Botello 1978 – 1998” y a su izquierda tenía que estar la tumba del hermano de Andrés. Raquel respiró profundo y dio tres pasos hacia la izquierda quedando frente a la última sepultura. La libreta de Raquel se desprendió de sus dedos cayendo contra el suelo. La birome azul se desprendió de la misma y rebotó varias veces por el sendero de cemento que se abría paso entre las tumbas. Allí estaba la ultima sepultura “Andrés Armando Botello”. Raquel jadeó y leyó las fechas: “1976 – 1997”
–Es la fecha de la muerte del hermano de Andrés –susurró en la soledad de la noche.
¿Andrés y su hermano compartirían el mismo nombre? Sombras tenebrosas revolotearon dentro del alma de Raquel. Raquel se agachó como si fuese un autómata, recogió la libreta y la lapicera y comenzó a caminar por el pasillo de cemento rumbo al pasillo principal. A sus espaladas se empequeñecían las tumbas con el paredón de fondo blanqueado a la cal y el disco plateado de la luna pendido del cielo oscuro.  
Raquel caminaba con sus ojos enormes, sin pestañar, con los labios apenas separados haciendo visible su dentadura. Un lagrima quedo atrapada entre sus labios. Raquel respiró profundo sin dejar de caminar. Llegó al pasillo principal y volteo en dirección a la calle. Caminó entre las bóvedas como abstraída en un mundo lejano y oculto. Pasó por delante de la pieza del sereno ya sin importarle ser descubierta. Las sombras a través de la ventana de la pieza comenzaron a agitarse. El hombre apareció en la puerta.
–¡Señorita! ¿Se siente bien? ¿Quiere que llame a alguien?       
Raquel siguió avanzando, envuelta en brumas de otro mundo, como si aquel hombre no existiera.
Salió del cementerio y caminó por la calle. Su mente comenzaba a ser invadida por recuerdos: Andrés partiendo cada atardecer; la gente en la vereda del bar mirándola con extrañeza; el café que Andrés dejaba cada tarde intacto sobre la mesa; la reacción del mozo aquella primera mañana que pidió “dos cafés”; la manera de llamarla “mi `loca´ linda”. Raquel seguía caminando, caminando y pensando: la mesita oculta en el ante baño; Andrés diciéndole “mi vida también está signada por la muerte”. Raquel, de repente, se detuvo. Recordó las palabras del anciano en aquel sueño extraño: “déjalo, no lo amarres a este mundo”. Raquel se desprendió los botones superiores de la blusa y acarició el diente que pendía del cordón alrededor de su cuello. “No lo amarres a este mundo”. Raquel había preguntado a quién. Su interrogante comenzaba a desvelarse un año después. Raquel abrió su tarjeta y leyó la dirección de la casa de Andrés. Observó una camioneta que se acercaba. Se paró en medio de la calle y la detuvo. Un hombre obeso asomó por la ventanilla.
–¿Le pasó algo?  
–Busco esta dirección –dijo Raquel, mientras le pasaba la libreta al conductor. –No puede cruzarse en la calle así. Pueden…
–Busco esta dirección.
El hombre agarró la tarjeta y leyó la dirección.
–No voy para allá, sino la llevaba. Pero esta cerquita. Baje dos cuadras por esta calle y doble a la izquierda. A dos cuadras va a encontrar esa dirección.
Raquel agarró la libreta y se fue sin agradecer. El hombre la miró alejarse. Meneo la cabeza y retomó su marcha.
Raquel caminó hasta el lugar indicado. Cuando llegó a la ante esquina, se detuvo. Cruzando la calle se veía una casa abandonada. Los pastos en la vereda y en el interior tenían medio metro de altura. Raquel guardó su libreta en su cartera, se llevó la mano al cuello y apretó su talismán de diente, “Para que la proteja, niña”. Las palabras del anciano sirvieron para mitigar su temor y armarla de coraje. Caminó lentamente hasta el lugar. La puertita del muro de entrada ya no estaba. Raquel ingresó abriéndose paso entre el pastizal y llegó a la puerta de entrada. Aun conservaba las fajas de seguridad del poder judicial de Catamarca. Quiso entrar por la puerta, pero estaba cerrada con llave. Entonces, rodeó la casa. Rompió la faja que unía los postigos de una ventana y notó que podía abrirse. Ingresó por ella y arrancó las cortinas de las ventanas. La luz de la noche no era suficiente para observar con nitidez. Entonces, extrajo el encendedor de su cartera y lo prendió para iluminar tenuemente el lugar. La cocina estaba destruida. Todos los utensilios estaban en el suelo. Las sillas volteadas. Le pareció ver arañones en el piso y en las paredes, evidencia de la desesperación que sintieron aquellas personas al ser asesinadas.
Llamó su atención el orden de la mesa. La mesa familiar estaba intacta. Cubierta con su mantel azul con lunas y estrellas bordadas. Sobre la mesa reposaban varios postres y comidas secas y en mal estado. Se podían ver insectos yendo y viniendo sobre la mesa. Varias botellas estaban prolijamente dispuestas. Solo una estaba volteada. En medio de la mesa, se erigía una cartulina decorada con flores de papel. Raquel rodeo la mesa hasta quedar de frente a la silueta que adornaba la mesa. Una imagen oscura estaba enmarcada en medio de la cartulina. Raquel notó que una vela casi consumida se derramaba sobre un plato de loza a los pies de la cartulina. Prendió la vela con su encendedor. La cera encendida parió una luz tímida que se fue agigantando a medida que la llama de la vela se erguía. Cuando la llama brilló plena, Raquel pudo notar con claridad la imagen oscura enmarcada. Era la foto de Andrés que sonreía desde la imagen. Debajo de él la leyenda “te queremos, te seguimos extrañando” y arriba de la foto dos fechas: 1976 – 1997.