"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

Novelas Cortas

lunes, 31 de octubre de 2016

"Dos de noviembre" Por Rogelio Oscar Retuerto

Rogelio Oscar Retuerto, argentino, nació el 18 de febrero de 1972 en Hurlingham, Buenos Aires. Alternó su infancia entre el conurbano bonaerense y el paraje montaraz de Mailín en Santiago del Estero. La mitología americana y las creencias populares adquirieron un papel de relevancia en su formación literaria, así como la narrativa oral. Ha bridado charlas y talleres sobre mitología americana en el ciclo denominado “Fauna de las tinieblas”. Su obra la componen cuentos y novelas cortas de terror y ciencia ficción.
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Aquella mañana fresca de noviembre, Raquel decidió salir por primera vez de su habitación. Aunque en San Fernando del Valle de Catamarca todas las mañanas solían ser frescas, aun las de verano, mucho más las de primavera.
Raquel vivía imbuida en el hermetismo de las cuatro paredes blancas de su nuevo cuarto. Eso la fastidiaba demasiado, que las paredes fuesen blancas. Esas paredes, blancas como la cal, intentando dar un poco de luz a la oscuridad de su alma. Los primeros días fueron las culpables de acentuar su tristeza, pero los últimos no hacían más que acrecentar su fastidio y volverla irascible. Si la vida no era más que una masa amorfa de color gris ¿Qué sentido tenía encerrase en un mundo de luz artificial?  
         La vida de Raquel se oscureció para siempre el día en que sus padres y su novio murieron en aquel accidente fatal. Desde entonces sus días fueron sin luz. En las noches volvían a agitarse las sombras de un pasado del que creía haber escapado. La oscuridad de su infancia volvía para oscurecer su temprana juventud, como una sombra que avanzaba desde el horizonte para convertir a la tierra en un mundo abatido y sin sol. Pero el fastidio había tornado a aquel encierro voluntario en insoportable. “afuera hay sol, pero al menos la vida continua su marcha de la mano con la muerte –escribió Raquel en su diario– sí, hay luz, pero una luz que baña las vidas de un mar de criaturas sin esperanzas que ya no pueden recordar de donde vienen e ignoran a donde van su vidas ¿cuán más infeliz puede resultar mi vida que la de ellos?, afuera hay luz, hay vida, pero también hay muerte. En cambio aquí adentro, la luminosidad de esas paredes recién pintadas, forzadas a dar luz a mi vida de sombras, no hace más que frustrar sus buenas intenciones”.
         Ya no quedaban lágrimas en los pozos secos en que se habían convertido los lacrimales de Raquel.
La puerta del cuarto se abrió emitiendo un inusual chillido. La figura de Raquel quedó al descubierto, iluminada por la luz tenue que llegaba desde la cocina. Desde el fondo del pasillo, los tíos de Raquel la miraron, perplejos. Esa perplejidad recorrió el pasillo y llegó hasta Raquel que solo atinó a sonreír como respuesta. Es que aquella chica no era la misma que habían recibido en la puerta de su casa hacía poco más de una semana. Cuando tía Sara abrió la puerta de calle se encontró frente a una adolescente desalineada flanqueada por la tristeza de dos valijas enormes y grises. Un mustia pelirroja de cabello enmarañado y profundas ojeras. Sus ojos, que alguna vez supieron ser de un verde hermoso, estaban atravesados por surcos de sangre. Sin siquiera tiempo para reaccionar, el cuello de Sara se vio envuelto en los brazos de una jovencita a la que no había visto nunca en su vida. Una chica que sollozaba y repetía con voz trémula y entrecortada “¡mamá y papá están muertos! ¡Mamá y papá están muertos!” Aquel había sido el primer encuentro de Raquel y sus tíos en esta vida. ¡Tan sola estaba! ¡Tan sola se sentía! que sintió la necesidad imperiosa de mitigar sus penas en los brazos de una desconocida.
Raquel recordaba desde siempre que su madre le había hablado de sus tíos de Catamarca.
–Si algún día nos llegase a pasar algo, si algún día algo malo llegase a suceder, en Catamarca tenés dos tíos que te van a recibir como si fueses su propia hija. Nunca lo olvides –le repetía su madre hasta el hartazgo sin dejar de mencionar la cajita de la mesita de luz en donde iba a encontrar la libreta con los datos de los tíos.
         Hacía nueve días que la puerta de aquella habitación no se abría. Al menos durante el día. Por las noches, Sara e Hilario sentían el rechinar de la puerta desacostumbrada al uso, seguido de unos pasos discretos hasta la cocina, la apertura de la heladera, el reposar de algún plato sobre la mesa, el tintineo de algún vaso al guardado en la alacena y nuevamente el rechinar de la puerta de la habitación. A eso se reducía la actividad nocturna de aquella casa.
La joven que tenían en frente, no era la chiquilla triste y desalineada que había golpeado la puerta de la casa una semana atrás. No, tenían en frente suyo a una chica distinta, con su cuerpo veteado por los rayos de sol que ingresaban desde la cocina. Raquel tenía puesto un hermoso jean celeste con mariposas  bordadas en rosa, una blusa blanca, un pañuelo oscuro de brillo tornasolado sujetando su cabello rojizo, un aro plateado del cual pendía un ángel con sus alas abiertas, y sandalias de cuero marrón que dejaban al descubierto la palidez de sus pies desnudos.
–¿Querés desayunar, Raquel? –preguntó tímidamente tía Sara.
–No, gracias. Prefiero salir a conocer el barrio.
–No vayas para el lado del cerro, es muy desolado para una señorita –sentenció Hilario, sin dejar de leer el diario. Pero no estaba entre los planes de Raquel ir hacia el cerro.
Raquel salió aquella mañana dispuesta a conocer el centro de la ciudad. La luz del sol se derramaba apacible sobre los cerros, sobre los valles, sobre los techos de tejas descoloridas de las viejas casonas de la ciudad. Ingresaba por cada hendija del entramado urbano y moría atrapada en cada rincón en donde se refugiaba la oscuridad.
Sí, aquella mañana Raquel no veía la oscuridad del mundo. Tampoco veía la desesperanza en el rostro de las personas que la saludaban al atravesar cada esquina. No, en aquellas personas no estaba presente la desazón que veía en el trajinar de los habitantes de la ciudad. Tampoco aquel mundo era gris “¿Será el cemento de la ciudad?” Pensaba Raquel. Aquellas personas no vivían apremiadas. Algunos irían a sus trabajos, otros a estudiar, otros solo de compras, pero no había urgencias, sino un armonioso trajinar cansino. Era notoria la ausencia del ritmo infernal de la ciudad que marcaba como un metrónomo el paso de sus habitantes. El colchón armónico de los colectivos, automóviles y camiones, la percusión in crescendo de los trenes, la melodía estridente de las bocinas sonando por doquier y de pronto… el ritmo de aquel reducto infernal de las almas se apoderaba de la marcha de la gente. Y a medida que la ciudad aceleraba el tempo de su sinfonía demencial se aceleraba la vida de sus habitantes hasta hacerlos estrellar contra sus muros y sus esquinas. No, esto no se parecía en nada a la ciudad que la vio crecer.
Raquel avanzó embelesada por la suave brisa que la envolvía en un frenesí de aromas de tilo, poleos y cedrones. El avance de la mañana despertaba a las flores y hierbas somnolientas en los jardines urbanos.
Los tíos vivían a solo ocho cuadras de la plaza del centro. Cuando Raquel llegó a la plaza veinticinco de mayo se enamoró de ella, del verde, de sus árboles, del cielo. De pronto se encontró frente a la catedral de Nuestra Señora del Valle. La arquitectura colonial era una de sus debilidades. Cruzó la calle, subió las escalinatas e ingresó en la catedral. Allí permaneció solo un momento. Dentro de aquel claustro, la oscuridad amenazaba con ennegrecer de nuevo su vida. Sus paredes, sus pisos, sus bancos de lamentaciones y penitencias. Todo era dolor y muerte allí dentro. “Dios es amor”, “Cristo venció a la muerte”
–Díganselo a los que construyeron este sepulcro – murmuró con recelo.   Cuando iba a salir de aquel recinto, la detuvo la mirada de un Cristo que la observaba desde las alturas. Allí estaba el Dios del amor, torturado, vejado, sufriendo su agonía clavado en una cruz.
–¿Cómo venció a la muerte? –murmuró Raquel.
Su murmullo fue suficiente para que el lugar le devolviera su pregunta como una burla.
Aquel Cristo la observaba con su alma dolorida. Raquel sintió que le rogaba con su mirada vidriosa que lo descolgara y lo llevase lejos de allí, quizás a los cerros, quizás que lo ocultara en medio de los montes. Raquel miró el dolor en los ojos de aquel hombre, sintió una cuchillada helada que desgarraba su pecho y una lagrima fría surco su rostro. Salió llorando y bajó las escalinatas del lugar. Solo se detuvo un instante, en el último peldaño, con sus ojos cerrados, procurando que la calidez del sol derritiera la escarcha tenebrosa que cubría su alma. Cuando la sangre que corría por sus venas volvió a fluir tibia y veloz, Raquel avanzó sobre la acera, cruzó la calle y caminó por la plaza.
Allí fue la primera vez que lo vio, próximo a un árbol frondoso, sentado sobre la hierba, con ambos brazos cruzados sobre sus rodillas y la mirada perdida en la calle. Andrés miraba el andar tranquilo de los autos frente a la catedral. Raquel nunca supo si fue por empatía, si fue la tristeza que envolvía por completo a aquel muchacho sentado sobre la hierba, o si fue la oscuridad que los conectaba a ambos a cada lado del abismo, pero sintió que aquella era su alma gemela. Se acercó y se sentó a su lado. Cuando el joven la miró, ella extendió una mano y se presentó.  
–Raquel –le dijo, sonriente.
–Andrés –devolvió el muchacho, lacónico.
Desde ese día, aquel lugar de la plaza veinticinco de mayo sería para ellos su lugar en el mundo. Todos los días, a veces por las mañanas, a  veces por las tardes, llegaría Raquel con su matera de cuero y los bizcochitos de grasa horneados por tía Sara. No era mucho lo que sabía de aquel muchacho: sabía que vivía en Villa Cubas, al sur de la ciudad; que estudiaba en el magisterio, pero que hacía un año había tenido que suspender sus estudios a raíz de una tragedia familiar. Tampoco era mucho lo que contaba Raquel de su vida. Existía entre ambos una simbiosis que servía para mitigar sus soledades.
Una mañana la ciudad despertó distinta. San Fernando del Valle de Catamarca amaneció envuelta en nubarrones que amenazaban con arrojarse sobre la ciudad, agazapados sobre los cerros. Una lluvia plomiza cubrió toda la ciudad. Raquel salió de su casa con el alma apocada. Caminó desganada hasta la plaza. Por primera vez desde que llegó a aquel lugar todo era gris. Raquel temía que los fantasmas que dejó encerrados entre las paredes de su cuarto hubieran escapados para oscurecerle la vida. Todo era gris ese día: el cielo, los cerros que la rodeaban, el asfalto. No podía verse, pero sabía que hasta sus ojos la habían abandonado. Raquel tenía “ojos color del tiempo”. Cuando los días amanecían nublados, el verde valle de sus hermosos ojos daba paso al frio gris de las montañas. Raquel comenzaba a enfurecerse. ¿Por qué el día tenía que ser gris? Ese también era un cambio en su vida: las cosas que antes le provocaban tristeza y dolor ahora la tornaban violenta.
Cuando llegó a la plaza, las cortinas de lluvia comenzaron a agitarse sobre la ciudad. Andrés la esperaba refugiado bajo el follaje del árbol frondoso. Cuando Raquel llegó hasta él, el desconsuelo se había apoderado de sus ánimos.
–¿Y ahora? –preguntó Raquel, sintiendo que su nuevo mundo se desmoronaba ante sus ojos.
–¡Vamos! –ordenó Andrés, tomándola de la mano.
Corrieron bajo la lluvia, transformada ahora en aguacero, y cruzaron la calle para perderse en un bar. Ni bien se sentaron, un mozo delgado, de bigotes marcados, comenzó a acercarse desde el fondo del local. Antes de que llegue a la mesa, Raquel lo paró con una orden.
–Dos cafés.
El hombre alto y flacucho se detuvo un instante, observándola.
–¿No hablé claro? ¿Necesita que le grite?
El mozo dio media vuelta y se perdió tras los cortinados de la cocina.
–¿Qué te pasa? –preguntó Andrés, con cierta preocupación.
Raquel rompió en llanto. 
–¡Es una mentira! todo esto es una mentira –dijo Raquel, con su rostro empapado, en parte por la lluvia, en parte por el llanto–. ¿Sabés una cosa? –siseó con los dientes apretados–, esto –aseveró señalando a la calle–, esto sí es real.
 Afuera la lluvia se apoderaba de la ciudad.
Raquel sonrió con sarcasmo, mientras miraba las gotas enloquecidas que se estrellaban contra el asfalto.
–Esa es mi vida –dijo Raquel–: un día de lluvia, una mañana gris, una ciudad desolada, una vida de mierda. 
–¿Por qué decís eso? –replicó Andrés.
–Porque es así. La vida es una mierda.
–Yo no sé si puedo ayudarte a descifrar los misterios de la vida, pero si sirve de algo contame. Sé que te pasa algo.
Raquel apoyó los codos en la mesa y se llevó las manos a la cabeza; respiró profundo y después habló.
–Hace unos días, una semana antes de que te conozca, estaba en la esquina del colegio esperando a mis viejos que tenían pasar a buscarme. Este año me tendría que haber recibido en el secundario. Era un viernes, un viernes de lluvia, un día gris, un día de mierda, como éste. Mis viejos habían ido a buscar a Martín, mi novio, a su casa de Luján y luego iban a pasar a buscarme a mí. Íbamos a pasar un fin de semana en la casita de Lobos, en frente de la laguna… Nunca pasaron a buscarme. Salí del colegio a las siete menos veinte. A las siete en punto me iba a encontrar con ellos en la esquina de la plaza. Esperé hasta las nueve de la noche. En ese momento supe que algo malo había sucedido. No sé cómo, pero lo supe. Comencé a llorar como una nena. Hacía años que no lloraba de esa manera. La gente que pasaba me preguntaba si me pasaba algo, si me sentía bien, pero yo no les contestaba. Debí haber llorado tres cuartos de hora. Cuando miré mi reloj eran las diez menos cuarto. Comencé a caminar lentamente, devastada, bajo la lluvia. Caminé veinte cuadras hasta mi casa. Yo tenía un juego de llaves. No sé, tal vez hay ocasiones en donde uno prefiere huir de la verdad, distorsionar la realidad. Ocasiones en donde una prefiere no saber, porque saber duele ¿sabías? Una vez, cuando era chica, escuché al cura del barrio decir eso mismo “saber duele”. Recuerdo que decía que el que ignora está exento de culpas porque ignora lo que está prohibido, entonces, vive más tranquilo, le cuesta menos ser feliz. Pero el que conoce, el que sabe, ese es consciente de lo que está prohibido y vive sufriendo ante la tensión entre el deseo y el deber. Y le duele saber que es culpable cuando el deseo es más fuerte que el deber. El cura hablaba del pecado, pero a mí aquella noche me sucedió algo parecido. Preferí no saber, mi viejo y mi novio tenían teléfono, pero no los llamé. Estuve a punto de hacerlo pero no lo hice. Preferí no saber. Me recosté en mi cama, empapada y me quedé dormida.
>>Esa noche me soñé en este lugar. Paseando en los cerros, juntando flores, mirando las mariposas. De alguna manera, aquella noche ya sabía que pronto iba a estar aquí. Los fuertes golpes de la puerta me despertaron ¡pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Raquel! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Raquel! Yo estaba helada, la ropa mojada había enfriado mi cuerpo, parecía una muerta. Aun medio dormida abrí la puerta. Era Bety, mi tía postiza, la compañera del trabajo de mamá. Me abrazó envuelta en llanto. Bety es chiquita, más bajita que yo. Recuerdo que me abrazó con fuerzas pero yo no atiné a abrazarla. Solo permanecí mirando por sobre su hombro al mundo que seguía rodando afuera de mi casa. Mi mundo se había derrumbado. El llanto de Bety presagiaba lo peor. El abrazo confirmaba mis temores más profundos. Me había quedado sola en este mundo. Pero el mundo seguía rodando, a nadie le afectaba la ausencia de mis viejos ni de mi novio. Aquella noche no fui al velorio. Me quedé en casa. Al igual que la gente que estaba en la sala velatoria, yo también lloraba. Pero a diferencia de ellos no lloraba por mis padres ni por mi novio. Yo lloraba por mí, por mí y por mi soledad. Esa noche no contesté ningún llamado, pero tampoco pude dormir. A la madrugada abrí la cajita de madera que mamá guardaba en su mesita de luz. Busqué la libreta con los datos de los tíos y a primera hora de la mañana estaba en Retiro subiendo a un micro para venir a Catamarca –en ese momento Raquel sonrío–. Es muy loco. El último recuerdo que tengo de Buenos Aires es Bety abrazándome en la puerta de casa. Y el primer recuerdo que tengo de Catamarca es el abrazo con la tía en la puerta de la casa. Una puerta que se cierra, otra que se abre. Abrazos.
–Cómo te sentís –preguntó Andrés.
–Qué sé yo ¿Se supone que tendría que estar mejor?
–No lo sé. No soy psicólogo.
Raquel largó una carcajada.
–A veces hace bien hablar –confesó Raquel–, aunque mi vida está signada por la muerte. Por eso no me gusta mucho hablar de mi vida. Yo nací con la muerte. No me mirés así, no estoy loca. Mi mamá en realidad no era mi mamá de nacimiento. Sara e Hilario tampoco son mis tíos de sangre. Pero mamá me crió desde los cuatro meses. Fui su bebé y ella la única mamá que conocí. Mi madre biológica se llamaba Victoria y murió el día en que yo nací. Murió en el parto. Por eso dije que nací con la muerte. Yo nací y mi vieja murió. Supongo que así debe ser la vida para algunos –Una lagrima cayó de la mejilla de Raquel sumergiéndose en su taza–, pero no quiero hablar más de mí.
–No me molesta.
–No. Yo no quiero hablar más.
–Mirá, si te sirve de consuelo, yo conozco la muerte. Entiendo bien lo que significa la muerte de un ser querido.
–¿Tus viejos?
–No solo mis viejos. Mi familia.
Andrés comenzó a jugar con la cuchara en su taza. Raquel lo tomó de la mano.
–Contame.
Andrés la miró y sonrió.
–No me molesta contarlo. No sé si es una historia que tengas ganas de escuchar.
–Contame, dale.
–Mi vida también está signada por la muerte– comenzó Andrés–. Mis viejos nunca pudieron superar la muerte de su hijo mayor. Hace poco más de un año estaba celebrando el día de los fieles difuntos en la casa de su novia. Estaban honrando la memoria del hermano mayor de la chica. El pibe había muerto asesinado un año atrás. Nadie sabe qué pasó aquella noche del primero de noviembre, pero a la mañana siguiente una vecina ingresó a la vivienda y los encontró a todos muertos. Los padres, la piba y…
–No lo nombres, si te hace mal
–… Los diarios la llamaron la masacre de la calle Ayacucho. Algunos dijeron que fue obra de una secta de fanáticos que salieron a hacer sacrificios en la noche de todas las ánimas. Porque al mediodía del dos de noviembre ocurrió otro asesinato múltiple a pocas cuadras del lugar. El cuadro era el mismo: una familia honrando la memoria de un difunto y poco después todos muertos. Culparon a los Umbanda, pero son boludeces. Esa semana se inició una caza de brujas. El municipio clausuró los pocos templos Umbanda que había en la ciudad, detuvieron a media docena de curanderos y hasta tres ancianos de la secta de los testigos de Jehová. Una locura.
–¿Y no tuvieron nada que ver?
–¿Quiénes?
–Los curanderos y los predicadores
–¡Claro que no! Yo sé…yo sé... Solo sé que ellos no tuvieron nada que ver –Raquel sintió que Andrés estuvo a punto de develar un secreto indecible. Estuvo a punto de instigarlo, pero no lo hizo–. Los testigos de Jehová no conmemoran el día de todas las ánimas, no creen en eso. Para ellos es como... no sé, cómo decirlo, dicen que es algo pagano. Y te aseguro que los curanderos no tuvieron nada que ver en eso.
–¿Y los soltaron?
–A todos, menos a uno. En los cerros, en la sierra de Ancasti, vivía un curandero, en el montecito cerca del camino. Arroyo abajo había un campamento de hippies que frecuentaban la choza del curandero. Cuando la policía llegó al lugar, el viejo estaba en trance. Hablaba de una puerta que estaban abriendo y que había que cerrarla. Decía que había que destruir las mesas en homenaje a los muertos y quemar casas. Al pobre viejo se le ocurrió decir que debía ir a quemar una casa en la calle Ayacucho y otra en la esquina de Belgrano y Balcarce. No sé cómo pasó, pero justo coincidía con los lugares de las muertes. El fiscal interpretó que quería quemar evidencias que lo implicaban y lo encontraron culpable. Lo condenaron a cadena perpetua –Raquel miraba a Andrés, extrañada, como perdida en el relato–. No me entedés ¿no? Acá acostumbran a venerar la memoria de los muertos. El primer día del mes de noviembre de cada año se sirven mesas con manteles azules u oscuros, se pegan estrellas o lunas brillantes para que el visitante se sienta como en el cielo.
–¿El visitante?
         –El muerto, el difunto, el ánima, como quieras llamarle. Se prepara la mesa de esa manera y luego se sirve con manjares que gustaban al difunto en vida y con sus bebidas preferidas. La comida y la bebida deben ser abundantes. A veces se lo deja preparado la noche anterior. El día primero de cada noviembre, para los católicos, Dios abre las puertas del cielo y permite a las ánimas regresar a nuestro mundo para pasar un día con sus seres queridos. Pero algunos dicen que la verdad es mucho más compleja. Esa costumbre fue asimilada por la iglesia católica como “el día de los fieles difuntos”. Pero lo instituyó sobre la base de una antigua creencia indígena de la zona. Y como sabrás, los indígenas no creían en nuestro Dios ni en nuestro cielo ni en el paraíso ni en nada de eso –Raquel lo miraba con el ceño fruncido. Sus ojos también se entrecerraban intentando seguir el tétrico relato de Andrés y poder comprenderlo–. El curandero que se llevaron preso era descendiente de los antiguos indígenas de este valle. En realidad la mayoría lo somos, pero no lo sabemos. El pobre viejo era hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de las pocas familias aborígenes que permanecieron en los cerros para no mezclarse con los criollos. Para los antiguos habitantes de este valle no es Dios el que abre las puertas del cielo.
–¿Y quién es? –Interrumpió Raquel, imbuida en una tenebrosa curiosidad.
–No lo sé, porque simplemente no hay cielo, no hay paraíso. Es el guardián de las puertas del otro mundo. Y ese día regresan los espíritus desde el otro mundo a la tierra. Pero no hay cielo y no hay infierno. Entonces nunca podés saber qué es lo que regresa. Pero sea lo que sea, lo que regresa permanece en este mundo hasta el medio día del día dos. Ese día y medio comparte la mesa junto a su familia. Lo que se sirva debe ser del agrado del muerto para que se sienta bien y olvide las malas acciones que tuvieron en vida con él.
–¿Y si no es de su agrado, qué pasa?
–No conozco a nadie que haya contradicho el mandato de servir la mesa a su gusto. Nunca se hace. Luego del almuerzo del segundo día el ánima parte de la casa familiar. Algunos lo acompañan hasta el cementerio y eso es todo. Pero siempre es luego del almuerzo del segundo día.
–¿Y si se queda más tiempo?
Andrés se tomó una pausa prolongada para responder. Se notaba que esa pregunta no le agradaba, lo incomodaba, como si guardara dentro de él una verdad inescrutable.
–Ya no puede regresar –contestó Andrés– porque se cierran las puertas del otro mundo. Ya no puede regresar. Al menos hasta el mediodía del segundo día de noviembre del año próximo.
Raquel se quedó en silencio con los ojos grandes, absorta, solo atinó a mirar la cucharita plateada que se sumergía en las brumas de su café.
–Ya es tarde me tengo que ir –dijo Andrés.
–¿Por qué siempre te vas a esta hora? –se quejó Raquel.
–Ya te dije, trabajo de noche.
–Pero ¿no podés pedir un día? No sé, para salir a comer o simplemente para mirar las estrellas en el paseo de los cerros.
–No lo sé, por el momento lo veo difícil.
Aquella tarde Andrés se fue como de costumbre, antes del anochecer. Era sereno y debía llegar a su trabajo antes de que caiga el sol.
Esa noche Raquel pensó hasta altas hora en lo que le había dicho Andrés; sobre el día de los fieles difuntos y el error peligroso en el que cayó la Iglesia Católica en tiempos de la conquista con el solo afán de convertir paganos al catolicismo. Raquel no podía conciliar su sueño, hasta que de repente se quedó dormida. O eso creyó, porque de repente su habitación se convirtió en un reducto enmohecido con paredes grises, gastadas y manchadas. Delante de ella había unas rejas despintadas que la separaban de un anciano que dormía sobre un catre. De pronto, el anciano se incorporó y caminó hasta los barrotes que lo separaban de Raquel. Era un hombre de escasa estatura, de unos sesenta años. Sus cabellos blancos y sucios se enmarañaban, caprichosos, sobre su frente cobriza cubierta de un sudor aceitoso. Su rostro estaba surcado por profundas arrugas y sus ojos eran rasgados y muy oscuros. Llevaba un poncho roído sobre sus hombros. Raquel no entendió las primeras palabras que pronunció el anciano, pues las pronunció en una lengua desconocida. Después le habló en un claro castellano.
–No es bueno forzar las cosas que ya están condenadas. No es bueno amarrar a esta tierra lo que ya no pertenece a ella. Las puertas del otro mundo deben permanecer cerradas, porque nunca sabes qué es lo que regresa desde allí. Sin tan solo los cristianos hubiesen escuchado a los sacerdotes de antaño, nada de esto estaría pasando. La ceremonia de entierro en este valle debe durar ocho días. Ni uno más, ni uno menos. Si ustedes no respetan ese precepto ancestral deben quemar la casa del muerto para que este ya no regrese –El anciano se alejo de la reja, dando la espalda a Raquel y de pronto se detuvo. Luego volteó y regresó a la reja. Metió la mano en el bolsillo de su camisa y le entregó un cordón del que pendía el diente de algún animal–. Para que te proteja, niña –dijo. Luego volteo y camino hasta el catre. Solo pronunció unas palabras aún de espaldas–. Déjalo, no lo amarres a este mundo.
Raquel se colgó de las rejas y comenzó a gritar:
–¡¿De quién habla?! ¡¿De mi padre?! ¡¿De mi novio?! ¡Por favor! ¡Dígame de quien habla!
Raquel despertó envuelta en sudor. Su corazón galopaba como un potro horrorizado. Sus manos temblaban. Se llevó las manos a la cara para tapar su llanto hasta que vio algo que la dejó pasmada: en una de sus manos pedía un extraño cordón con un colmillo sujetado al mismo.

 Un año después
        
Aquella tarde se cumplía un año desde que Raquel había conocido a Andrés. Aquel pedazo de hierba bajo el árbol frondoso y la última mesa del bar frente a la plaza, se habían convertido en los refugios del mundo construido entre ambos. Para Raquel era una mañana muy diferente a todas las otras que le precedieron. No solo por ser el aniversario de aquella bella amistad, sino porque Raquel se sentía distinta. Sentía que las heridas profusas de su alma habían sanado, que los abismos que ocultaban los barracos de su memoria doliente se habían cerrado. Raquel estaba dispuesta, si es que Andrés también lo estaba, a elevar el nivel de su amistad hacia una relación más comprometida. Raquel estaba radiante y no era para menos. Más de trescientos sesenta y cinco amaneceres necesitó para sanar su alma y disponerse a abrir nuevos caminos.
Cuando Raquel llegó al bar, saludo a los parroquianos y le dio un beso a Moncho, el mozo flacucho de bigotes marcados, con quien había entablado una linda amistad. Lo único que la incomodaba era cuando Moncho le decía que ella era su “loca linda”, la chica que alegraba los días y las tardes de su vida. Raquel cruzó el salón comedor y volteo en el pasillo que conducía a los baños. Allí se desplegaban dos mesas ocultas utilizadas por las noches por las parejas “de trampa”. Ni ella ni Andrés estaban de trampa, pero cuando Andrés notó que a Raquel la incomodaba la manera en que la miraban los peatones que pasaban junto a la vidriera, le propuso sentarse en una de las mesas del fondo para que nadie los viera ni interrumpiese sus tardes. Y así lo hacían siempre que se encontraban. Cuando Raquel volteó el pasillo, ahí estaba Andrés, como siempre, esperándola. Raquel lo saludó con un beso en la mejilla y tomó asiento. Solo atinó a mirarlo, sonriente, esplendida, como si la felicidad del mundo se resumiera en su mirada. 
–Hablé con los tíos –dijo Raquel–. No quise que homenajearan a mamá y papá. Mis tíos no acostumbran a realizar el ritual hogareño del día de los fieles difuntos, pero me preguntaron si quería que hablaran con el cura de la parroquia para hacerles una misa. Les dije que tenía mi propia manera de recordarlos y honrarlos. Pero les pedí cenar con ellos este sábado. Vos y yo. Después podemos venir al centro. Nunca vinimos de noche. No sé, me gustaría. Qué sé yo, caminar, mirar las estrellas, tomar un helado, sentarnos en la plaza. O si preferís cenamos en tu casa y otro día con mis tíos, también me gustaría conocer a tu mamá –Raquel lo miraba esperando que su optimismo sea recíproco, pero no sucedió.
–Mirá –dijo Andrés, algo compungido–. Sabés que no puedo salir de noche.
–Te pido solo una noche.
–Sabés que no puedo.
–Es una noche Andrés  ¿Qué puede pasar? ¿Despedirte del trabajo? ¡A la mierda con el trabajo! Yo voy a ayudarte a conseguir uno mejor. Puedo pedirle a mi tío que te recomiende. El se jubiló en la municipalidad, conoce un motón de gente. Además, con otro trabajo podés trabajar por las mañanas así volvés a estudiar, quiero que vuelvas a estudiar.
–Raquel, Raquel, pará, pará. No entendés. Esta es mi vida, así es mi vida.
Raquel río con sarcasmo.
–¡Escuchate! Ese no es el pibe del que me enam… –Raquel pareció atragantarse con sus propias palabras–… La vida de nadie es así. Nadie está condenado a nada en la vida. No te estoy pidiendo nada, te estoy proponiendo que lo hagamos juntos.
La luminosidad se apagaba en las calles de la ciudad. El sol se había ocultado tras los cerros y las penumbras comenzaban a adueñarse del lugar. Andrés se levantó y le dio un beso en la frente, después se fue. Raquel se levantó y fue tras él.
–¿A dónde vas?
–A trabajar.
–No podés dejarme así.
–No te estoy dejando. Mañana hablamos bien. Descansá.
Andrés cruzó la calle y se perdió en la plaza. Raquel lo miraba desde la puerta del café con una expresión desencajada en su rostro. Moncho sostenía una escoba contra su delantal y la miraba como si observase a un fantasma.
–¿Qué mirás? –le espetó Raquel y salió del negocio.
Hacía mucho tiempo que la violencia no se corporizaba en su carácter. Raquel cruzó la calle y se internó en la plaza. Apuró el paso y logro divisar a Andrés a media cuadra. Lo siguió a prudente distancia procurando que él no se percatara de su presencia. Después de varias cuadras comenzó a sentir el cansancio. Debía haber caminado unas quince cuadras hacia el sur de la ciudad al paso de Andrés que casi era un trote. Andrés dobló en una esquina y se perdió de vista. Raquel apuró el paso, dobló en la esquina y se encontró frente al cementerio municipal de la ciudad. Creyó ver a Andrés dirigirse hacia el interior por el pasillo principal. Raquel cruzó la calle al trote y atravesó la puerta. Un hombre de unos cincuenta años de edad, canoso, que vestía un mameluco azul, soltó un chiflido para detenerla.
–¡Señorita! el cementerio está cerrado.
–Es solo un minuto, vengo a ver a un amigo –aclaró Raquel.
–Venga mañana, le aseguro que su amigo no se va a ir a ningún lado, pero ahora no puede pasar.
–No. Creo que me entendió mal. No vengo a visitar a un muerto. Mi amigo trabaja acá. Se llama Andrés.
Raquel ingresó y corrió por el pasillo. Atrás quedaban los esfuerzos inútiles e insuficientes del trabajador municipal para impedirle el ingreso.
–¡Muchacha! ¡Muchacha! ¡¿Está loca?!
Raquel corrió por el pasillo principal. Cuando las bóvedas antiguas dieron paso a las sepulturas más bajas, Raquel creyó ver a Andrés en el sector de tumbas en tierra, lejos de las bóvedas de la entrada. Cuando Andrés la vio caminó rápidamente hacía ella.
–¡Raquel! –le dijo.
–No me dijiste que… –Raquel miró a su alrededor. De alguna manera sabía que Andrés no trabajaba allí. Andrés se dio cuenta de la confusión que se apoderaba de Raquel y con el temor de un niño a punto de ser descubierto se apresuró a aclarar la situación.
–Vine a ver a mi familia.
–¿Tu familia?
–Mis viejos y mi hermana.
–Nunca me dijiste que…
–No es algo fácil para mí. Todavía me cuesta lidiar con esta situación. Solo vine a rezar un poco. No quiero que estés en este lugar. En serio. Mañana hablamos –expresó Andrés, tratando de deshacerse de la presencia indeseada.
–Quiero estar con vos, quiero acompañarte –replicó Raquel.
Andrés la tomó por los hombros.
–Por favor Raquel, dejame solo. Mañana hablamos.
Raquel dio media vuelta, pensativa, desencajada. Estaba a punto de irse cuando un pensamiento la detuvo. Volteo hacia Andrés.
–¿Tu hermano también está enterrado acá?
–¿Mi hermano?
–Dijiste que viniste a ver a tus viejos y a tu hermana, pero tu hermano también…
–Mañana hablamos, Raquel.
 –Está bien, Andrés. Nos vemos mañana. Pero todo esto empieza a hartarme. Simplemente sabelo.
Raquel salió del cementerio. La puerta aún estaba abierta. Cuando bajó a la vereda, el trabajador que había intentado detenerla salió de una piecita.
–¡Muchacha!
–¡No me rompa los ovarios, que tengo un día de mierda! –le devolvió Raquel, mientras se alejaba del lugar.
         Raquel caminó por la misma calle que había llegado. No conocía esa parte de la ciudad así que desanduvo sus propios pasos. Si el cansancio aún existía en ella, su mente no lo notaba. Solo tenía predisposición mental para pensar en las extrañas e incomodas sensaciones que la asaltaban. Caminó enérgicamente un par de cuadras. Su rosto estaba bañado en lágrimas. Su cuerpo estaba empapado en sudor, un sudor frío que ya había experimentado alguna vez. Raquel recordó la caminata de aquel veintidós de octubre un año atrás. Aquella caminata eterna desde la esquina de su colegio hasta su casa. Su llanto se hizo manifiesto. Ya no era una niña ofuscada de cuyos ojos brotaban lágrimas de bronca. Ahora Raquel lloraba de dolor. La ira abandonó la musculatura de su rostro y lo distendió por completo para que la congoja pudiera estrujarlo. Ahora Raquel lloraba con sus ojos, con su entrecejo, con su boca, con cada musculo facial que no paraba de temblar. A mitad de camino divisó un locutorio en la vereda de enfrente. En la vidriera colgaba un cartel de colores “cabinas – internet”. Raquel ingresó y pidió una maquina. Lo primero que le vino a la mente fue googlear “masacre de la calle Ayacucho. San Fernando del Valle de Catamarca”. En la pantalla opaca de un viejo monitor HP aparecieron notas periodísticas de los diarios locales El Esquiu, El Ancasti y hasta una nota de un matutino nacional de gran tirada. Clickeo en una nota al azar y comenzó a recorrer el texto:

Sábado 1 de noviembre de 1997
Conmoción en la Ciudad de Catamarca por la masacre de una familia en la Calle Ayacucho
 En circunstancias aún no esclarecidas una familia del sur de la ciudad fue encontrada masacrada dentro de su propia vivienda. Las fuentes policiales y judiciales no quisieron brindar detalles al respecto, pero aclararon que se trata de un crimen sin precedentes en la ciudad, tanto por la brutalidad del hecho como por el marco en el cual ha acontecido. Al cierre de esta edición, cinco personas habían sido detenidas y se buscaba intensamente a un curandero aborigen de de la sierra de Ancasti.
Raquel clikeó otra nota y pasó rápidamente a las líneas que despertaron su interés:
…las víctimas fueron identificadas como Teófila Chaile de cuarenta y seis años, Jesús Peralta de cincuenta y un años, ambos matrimonio dueño de casa; Amalia Peralta de dieciocho años, hija de los anteriores. El cuerpo de un hombre de aproximadamente veinte años no ha sido identificado aun, aunque testigos aseguran que se trata del cuerpo del novio de la hija de los dueños de casa –“El hermano mayor de Andrés”, pensó Raquel– La familia se encontraba reunida en el día de los fieles difuntos, en memoria del hijo mayor del matrimonio, quien fuera brutalmente asesinado en un oscuro y confuso episodio hace exactamente un año atrás.
Extracto de nota periodística
Domingo 2 de noviembre de 1997
Ola de asesinatos múltiples conmueven a la ciudad
Asciende a diez el número de personas asesinadas en la ciudad durante la celebración de los fieles difuntos. A los cuatro muertos de la masacre de la calle Ayacucho debemos sumar el hallazgo de seis cadáveres dentro de una vivienda familiar de la calle Belgrano en idénticas circunstancias que las de la masacre mencionada. La familia Medina residía en una humilde vivienda ubicada en la intersección de las calles Belgrano y Balcarce al sur de esta ciudad. En circunstancias no esclarecidas los seis integrantes de la familia fueron masacrados a golpes mientras compartían la cena de fieles difuntos. Las autoridades están investigando la pista de un asesino serial, quien sería el autor de ambos asesinatos múltiples, distantes a cuatro cuadras entre sí y efectuados con un intervalo de entre cuatro y seis horas”
Martes 3 de noviembre de 1998
Familiares de victima de la masacre de la calle Ayacucho brutalmente masacrados
Al cumplirse un año de la masacre de la calle Ayacucho, los padres y la hermana del joven Botello fueron brutalmente asesinados mientras compartían la cena del día de fieles difuntos. Las autoridades policiales y judiciales se encuentran trabajando para buscar puntos que liguen a ambos episodios. La defensa del curandero aborigen José Pasqui pidió su excarcelación al asegurar que no quedan dudas que se trató del mismo autor de los homicidios de noviembre de 1997… SIGUEN TEXTOS… Armando Botello de cincuenta y ocho años, Marta Luque de cincuenta y tres y Filomena Botello de veinte años, fueron hallados por un vecina de la familia brutalmente asesinados.
Raquel se detuvo de golpe, como si su propio corazón se hubiese detenido. Subió el texto en la pantalla y revisó la fecha: martes 3 de noviembre de 1998. La nota había sido publicada el mismo día en que ella había conocido a Andrés en la plaza veinticinco de mayo ¿Cómo podía ser tan indiferente? ¿Cómo podía ser tan inexpresivo un día después de que acababan de matar a su familia? otro pensamiento aun más siniestro revoloteó en la mente de Raquel ¿Dónde estaba Andrés mientras masacraban a su familia? ¿Acaso tenía algo que ver con los asesinatos? Raquel extrajo una pequeña libreta de su cartera y anotó los nombres: Armando Botello, Marta Luque, Filomena Botello. Después copió la dirección exacta en donde fue masacrada la familia de Andrés.
         Raquel pagó el uso de la maquina con el cambio que tenía en monedas y salió rápidamente rumbo al cementerio. Esta vez su mente no pudo distraerla de su fatiga. Su paso rápido y la respiración acelerada, producto del estrés que la envolvía, habían agotado la energía de sus músculos y sus reservas de oxigeno. Raquel dobló en la esquina y permaneció parada frente a las puertas del cementerio. Su pecho se hinchaba y se comprimía de manera acompasada. Rompió en llanto. Una mezcla de sensaciones encontradas y sentimientos nuevos se habían apoderado de su mente hasta nublarle el entendimiento.   Cuando estuvo decidida, avanzó muy despacio, como no queriendo llegar al lugar. Notó que la puerta del cementerio solo estaba apoyada. Una luminosidad tenue y el sonido de una radio salían de la pieza en donde había visto salir al sereno. Raquel apoyó su mano sobre los barrotes de la puerta y la abrió muy despacio. Lo hizo con lentitud, pero no con suavidad. Tuvo que empujar la reja con fuerzas para poder separarla. Cuando la apertura permitía el paso de su cuerpo, ingresó.
Caminó con sigilo sin dejar de mirar hacia la piecita del sereno. Las sombras que proyectaba la luz se agigantaban y empequeñecían contra la pared de fondo a través de la ventana. Raquel se dio cuenta que el sereno estaba moviéndose dentro del pequeño recinto. Siguió caminando con cautela sin dejar de mirar la puerta de la pieza. Cuando estuvo a unos diez metros del lugar, echó a correr. Rápidamente llegó al sector de tumbas en tierra. A diferencia de las sepulturas principales, estas no estaban empotradas en cajones de cemento adornados con mármoles, placas y figuras de bronce. Estas tumbas solo tenían una humilde cruz de cemento y estaban cubiertas de tierra y pasto. Raquel caminó entre las tumbas observando los nombres. La claridad de la luna facilitó su tarea. Al cabo de cinco o seis minutos se paró frente a una tumba: “Armando Botello 1940 – 1998”. Raquel extrajo su libreta de anotaciones y, con los nombres en su mano, continuó con la tumba de la izquierda: “Marta Luque 1945 – 1998”. A su izquierda: “Filomena Botello 1978 – 1998” y a su izquierda tenía que estar la tumba del hermano de Andrés. Raquel respiró profundo y dio tres pasos hacia la izquierda quedando frente a la última sepultura. La libreta de Raquel se desprendió de sus dedos cayendo contra el suelo. La birome azul se desprendió de la misma y rebotó varias veces por el sendero de cemento que se abría paso entre las tumbas. Allí estaba la ultima sepultura “Andrés Armando Botello”. Raquel jadeó y leyó las fechas: “1976 – 1997”
–Es la fecha de la muerte del hermano de Andrés –susurró en la soledad de la noche.
¿Andrés y su hermano compartirían el mismo nombre? Sombras tenebrosas revolotearon dentro del alma de Raquel. Raquel se agachó como si fuese un autómata, recogió la libreta y la lapicera y comenzó a caminar por el pasillo de cemento rumbo al pasillo principal. A sus espaladas se empequeñecían las tumbas con el paredón de fondo blanqueado a la cal y el disco plateado de la luna pendido del cielo oscuro.  
Raquel caminaba con sus ojos enormes, sin pestañar, con los labios apenas separados haciendo visible su dentadura. Un lagrima quedo atrapada entre sus labios. Raquel respiró profundo sin dejar de caminar. Llegó al pasillo principal y volteo en dirección a la calle. Caminó entre las bóvedas como abstraída en un mundo lejano y oculto. Pasó por delante de la pieza del sereno ya sin importarle ser descubierta. Las sombras a través de la ventana de la pieza comenzaron a agitarse. El hombre apareció en la puerta.
–¡Señorita! ¿Se siente bien? ¿Quiere que llame a alguien?       
Raquel siguió avanzando, envuelta en brumas de otro mundo, como si aquel hombre no existiera.
Salió del cementerio y caminó por la calle. Su mente comenzaba a ser invadida por recuerdos: Andrés partiendo cada atardecer; la gente en la vereda del bar mirándola con extrañeza; el café que Andrés dejaba cada tarde intacto sobre la mesa; la reacción del mozo aquella primera mañana que pidió “dos cafés”; la manera de llamarla “mi `loca´ linda”. Raquel seguía caminando, caminando y pensando: la mesita oculta en el ante baño; Andrés diciéndole “mi vida también está signada por la muerte”. Raquel, de repente, se detuvo. Recordó las palabras del anciano en aquel sueño extraño: “déjalo, no lo amarres a este mundo”. Raquel se desprendió los botones superiores de la blusa y acarició el diente que pendía del cordón alrededor de su cuello. “No lo amarres a este mundo”. Raquel había preguntado a quién. Su interrogante comenzaba a desvelarse un año después. Raquel abrió su tarjeta y leyó la dirección de la casa de Andrés. Observó una camioneta que se acercaba. Se paró en medio de la calle y la detuvo. Un hombre obeso asomó por la ventanilla.
–¿Le pasó algo?  
–Busco esta dirección –dijo Raquel, mientras le pasaba la libreta al conductor. –No puede cruzarse en la calle así. Pueden…
–Busco esta dirección.
El hombre agarró la tarjeta y leyó la dirección.
–No voy para allá, sino la llevaba. Pero esta cerquita. Baje dos cuadras por esta calle y doble a la izquierda. A dos cuadras va a encontrar esa dirección.
Raquel agarró la libreta y se fue sin agradecer. El hombre la miró alejarse. Meneo la cabeza y retomó su marcha.
Raquel caminó hasta el lugar indicado. Cuando llegó a la ante esquina, se detuvo. Cruzando la calle se veía una casa abandonada. Los pastos en la vereda y en el interior tenían medio metro de altura. Raquel guardó su libreta en su cartera, se llevó la mano al cuello y apretó su talismán de diente, “Para que la proteja, niña”. Las palabras del anciano sirvieron para mitigar su temor y armarla de coraje. Caminó lentamente hasta el lugar. La puertita del muro de entrada ya no estaba. Raquel ingresó abriéndose paso entre el pastizal y llegó a la puerta de entrada. Aun conservaba las fajas de seguridad del poder judicial de Catamarca. Quiso entrar por la puerta, pero estaba cerrada con llave. Entonces, rodeó la casa. Rompió la faja que unía los postigos de una ventana y notó que podía abrirse. Ingresó por ella y arrancó las cortinas de las ventanas. La luz de la noche no era suficiente para observar con nitidez. Entonces, extrajo el encendedor de su cartera y lo prendió para iluminar tenuemente el lugar. La cocina estaba destruida. Todos los utensilios estaban en el suelo. Las sillas volteadas. Le pareció ver arañones en el piso y en las paredes, evidencia de la desesperación que sintieron aquellas personas al ser asesinadas.
Llamó su atención el orden de la mesa. La mesa familiar estaba intacta. Cubierta con su mantel azul con lunas y estrellas bordadas. Sobre la mesa reposaban varios postres y comidas secas y en mal estado. Se podían ver insectos yendo y viniendo sobre la mesa. Varias botellas estaban prolijamente dispuestas. Solo una estaba volteada. En medio de la mesa, se erigía una cartulina decorada con flores de papel. Raquel rodeo la mesa hasta quedar de frente a la silueta que adornaba la mesa. Una imagen oscura estaba enmarcada en medio de la cartulina. Raquel notó que una vela casi consumida se derramaba sobre un plato de loza a los pies de la cartulina. Prendió la vela con su encendedor. La cera encendida parió una luz tímida que se fue agigantando a medida que la llama de la vela se erguía. Cuando la llama brilló plena, Raquel pudo notar con claridad la imagen oscura enmarcada. Era la foto de Andrés que sonreía desde la imagen. Debajo de él la leyenda “te queremos, te seguimos extrañando” y arriba de la foto dos fechas: 1976 – 1997.


lunes, 24 de octubre de 2016

"El Hombre Gato" (o la verdadera historia de Antonio Rosendo López)

Dicen que la historia existe para no reincidir en los errores del pasado. Sobre esta lógica, las culturas que nos precedieron en su paso por estas tierras elaboraron un rico acerbo de narraciones para orientar la vida de sus integrantes. De alguna manera fueron construyendo su propia historia. Y las historias están hechas para creer en ellas y definen una moraleja que los miembros de una comunidad deben inferir. Podríamos decir que fueron los narradores ancestrales los primeros maestros en la manipulación de la opinión pública. Sin embrago, los tiempos cambiaron y en la era de la globalización de la desesperanza son los medios de comunicación los que manipulan las mentes del mundo. Los narradores se convirtieron en quijotes románticos que arremeten cada día contra enormes molinos infestados de antenas parabólicas. Los narradores fueron desapareciendo, pero sus historias viajaron como virus y bacterias pululantes en la sangre de los migrantes que se trasladaron desde los más variados ámbitos rurales hacia las grandes ciudades. Podríamos decir que las leyendas rurales se reconvirtieron en nuevas leyendas urbanas. De una de ellas nos ocuparemos hoy. Se trata de la irrupción, en 1984, del hombre gato en conurbano bonaerense. Vaya aquí el reconocimiento a los seres sobrenaturales de toda nuestra tierra a través de la humilde historia de Antonio Rosendo López. 

El Hombre Gato (o la verdadera historia de Antonio Rosendo López)
Con que facilidad se manipula la mente de quienes quieren creer lo que se les dice. Gente que hace propio lo que le escupen desde la televisión y lo que se le mete en las pupilas desde los diarios.
En 1984, el conurbano bonaerense entró en vilo ante la ola de apariciones terroríficas del “hombre gato”. Acusado de violentos ataques sexuales, violación de propiedad privada y hasta de asesinatos, el hombre gato fue una víctima más de la pereza intelectual de los propios argentinos. Nadie relacionó las apariciones con el fuerte incremento del flujo migratorio de correntinos que, en busca de un mejor horizonte de vida luego de la caída de la dictadura, cubrieron el conurbano bonaerense como una ola infestada de gargantas guaraníticas, acordes enchamigados y zapucai estremecedores. Nadie conocía –en medio de una ciudad drogada de descultura, con el aborto clandestino de su propia historia a cuestas– las historias de los hombres tigres del litoral argentino. Cuenta la leyenda que aquellos indios bautizados en la fe cristiana, se revolcaban sobre el cuero de un jaguar luego del atardecer y rezaban un credo al revés para tomar la forma del animal. Esta condición se mantenía mientras duraba el imperio de la noche. Deambulaban en la oscuridad violando mujeres y alimentándose con carne humana. Estos seres desgraciados regresaban antes del amanecer a sus guaridas y volvían a revolcarse sobre el cuero para recuperar la forma humana.
En febrero de 1984 arribó a tierras bonaerense Antonio Rosendo López junto a su familia. Matarife de profesión, consiguió trabajo muy pronto en un pequeño negocio de Rafael Calzada. A mediados de año no pudo más con su sed de sangre y, a falta de jaguares y gatos montaraces en la zona, capturó el gato de un vecino y lo desolló con su cuchilla de carnicero. Con la sangre aún fresca en el cuero del animal, lo extendió en el piso rodeándolo de velas encendidas y comenzó a revolcarse mientras rezaba el credo al revés. Varias noches repitió el mismo ritual aterrorizando al barrio con sus incursiones espeluznantes. Cierta noche, un paisano que conocía el secreto de López y se la tenía jurada desde tierras correntinas, le quemó el cuero en dónde inició su metamorfosis demoníaca. Al llegar López a su guarida y encontrarse desprovisto del cuero, deambuló por el barrio convertido en un gato negro de grandes dimensiones. El paisano traidor le dio cacería y lo vendió a un tenedor libre que una familia china regenteaba en el barrio porteño de Flores. Esa noche, el paisano perverso fue a cenar con su familia y dicen que él solo comió “conejo” hasta saciarse. 

martes, 18 de octubre de 2016

"Invocación del recuerdo" Por Rogelio Oscar Retuerto

Yo te debo mi existencia intermitente;
pues me exhalas a la vida en cada pensamiento;
me pares en suspiros de contornos correosos,
en formas sustanciales que llenan el vació,
vacuidad imposible del humedal de tu cuerpo.
No me dejes reposar en mi lecho de barro
sobre fibrosas almohadas de falanges dormidas.
¡Invócame!
Y aquí estaré,
ectoplasma presente de tus aciagos pensamientos.
Si me invocas, resucito
en tu universo de lóbulos temporales,
marañal neuromante de infaustos recuerdos.
¡Elévame!
No me entregues a la paz del olvido sombrío,
no quiero la paz gélida de ningún cementerio.
Invócame en tu mente cada vez que me pienses,
Vomítame a la vida cada vez que respires,
en sustanciales nubes de formas espectrales.
Ahora descansa,
descansa tu mente
en la soledad de tus recuerdos;
descansa tu carne exhausta de agotados pensamientos.
Ya no pienses,
que yo también descanso mi existencia ignominiosa.
Descansa, 
como yo descanso.
Cuando te vayas una tarde
en un ocaso sin sombras

¿Quién invocará tu recuerdo?