"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

martes, 28 de julio de 2020

¡¿Quién quiere las riquezas de Zteot?! Por Rogelio O. Retuerto


¡¿Quién quiere las riquezas de Zteot?!



 1
–¡¿Quién quiere las riquezas de Zteot?!
En las tribunas los espectadores enmudecieron. Después de cincuenta vueltas alrededor del sol, Amarok era el primer concursante en estar ante la pregunta final. Si reclamaba las riquezas de Zteot, el anfitrión la haría una última pregunta. Si acertaba; Zteot, la quinta luna de Ambaraet, abandonada hacía ya mucho tiempo luego de las guerras confederadas, se le entregaría por el término que durase su vida. Si, en cambio, elegía “Sueño”, podría renunciar a las riquezas de Zteot para reclamar un sueño. Pero todos sabían que para un ambaraetica no existían sueños equiparables a poseer Zteot… para ningún ambaraetica, excepto para Amarok . 
Muchos años antes de que culminasen las guerras confederadas, un remoto planeta ubicado en la tercera órbita de un sol lejano fue incorporado al escenario de la guerra. El sistema de ocho planetas circundantes era paso obligado para los Mboeks en su marcha hacia el sistema binario enemigo. Existía un problema: las naves mboeks no tenían autonomía suficiente como para llegar a destino. Pero con el descubrimiento del nuevo sol y el tercer planeta todo cambió. El sol les proveería la energía necesaria para las naves y el tercer planeta el alimento: humanos. Amarok era sobreviviente de la conquista Mboek sobre la tierra. Literalmente la arrasaron y redujeron la vida futura del sol en mil millones de años.
El público ya cantaba en las tribunas “¡Zteot! ¡Zteot! ¡Zteot!”. El anfitrión reiteró la pregunta y cuando Amarok dio la respuesta la tribuna enmudeció.
–Sueño. 
La cara del conductor se desencajó y casi deja caer su tubo de fluidos. Debió apegarse al protocolo y continuar con el programa.
–¿Respuesta final? 
La atmosfera dentro del estudio se cortaba con el movimiento de las conciencias de los ambaraeiticas. Por eso nadie pensó.
–Respuesta final… 
2
El gobierno de Ambaraet tuvo que movilizar sus tropas luego de doscientos ciclos de paz para cumplir con el sueño de un refugiado: reconquistar La Tierra y reclamarla para… ¿Amarok? Sí, Amarok era el nuevo dueño de La Tierra. La hubiese reclamado para la humanidad, pero la humanidad ya no existía.
Las naves rugieron cuando penetraron la atmósfera terrestre. Dos guardias mboeks elevaron sus ojos cuando sintieron abrirse la garganta del cielo. Las naves de Ambaraet iniciaron la descarga de rayos sobre la superficie del planeta. Allí dónde los sensores detectaban movimiento las naves disparaban. Se corría el riesgo de aniquilar, de este modo, a la fauna sobreviviente, incluidos los humanos, pero el General a cargo quería terminar con la operación lo antes posible. Cuando el General consideró que las condiciones para el descenso eran oportunas, ordenó el aterrizaje. El rápido despliegue de infantería exterminó los últimos focos de resistencia Mboek.
–Entablamos conexión con el tercer planeta. Aquí Ambaraet ¿me escuchan?  
–Te escuchamos, Pliguers –contestó el movilero que había cubierto en vivo y en directo la reconquista de la Tierra–. Amarok ya está en posesión de su planeta. Ya obtuvo su premio.
Las tribunas, que habían seguido la transmisión en vivo, estallaron al grito de “¡Sueño! ¡Sueño! ¡Sueño!”  
Los soldados dejaron a Amarok en la Bahía de San Francisco, en el muelle donde había solicitado quedarse. El General Sgorl lo saludo de forma marcial. El movilero le dio una brizna de recuerdos y las naves se perdieron en el cielo rojizo. 


Amarok contemplo la ciudad en ruinas. Quiso llorar, pero no sabía cómo hacerlo. Atravesó el asfaltó agrietado de El Embarcadero y se puso en marcha hacia el oeste a través de Washington Street. Contempló los árboles muertos del Sue Bierman Park con sus brazos calcinados estirados al cielo y sus bocas abiertas pidiendo clemencia. Atravesó el distrito financiero y se encaminó hacia su antiguo hogar. En el camino se cruzó con una vieja tienda Hitachi y se le estrujó la memoria. Atravesó la calle y se paró frente la vidriera inexistente rememorando viejos tiempos. Allí estuvo parado él, viendo como transcurría la vida de la cuidad durante dos años. Fueron dos largos años hasta el día en que llegaron el señor y la señora Simmons y decidieron comprarlo. Volteó la  cabeza y vio que estaba anocheciendo. Retomó la marcha y, cuando las penumbras de la noche comenzaban a consumirlo todo, llegó. La casa de los Simmons, su hogar, estaba intacto. Todo el barrio estaba intacto. A las zonas residenciales las habían atacado con radiación ionizante. Amarok atravesó el jardín de extrañas plantas fluorescentes (no las recordaba, habían crecido tras la radiación). Entró en la casa. Subió las escaleras y buscó el último cuarto. Entró. En la cama dormían su sueño eterno los esqueletos del señor y la señora Simmos. Amarok se subió a la cama. Se recostó entre sus antiguos dueños. Los tomó de la mano. Quiso llorar, pero no pudo. No sabía cómo hacerlo. Abrió su compartimento de baterías y las retiró. En su pantalla líquida se inició la cuenta regresiva empezando en “9… 8…7…”. Amarok volvió a tomar las manos esqueléticas de sus antiguos dueños. Cerró los ojos y durmió.


Copyright © 2020 Rogelio Oscar Retuerto
Todos los derechos reservados


miércoles, 16 de octubre de 2019

"Lidia" de Eugenia Zuran

Confieso que he leído...
Eugenia Zuran es una escritora argentina que he conocido hace poco. La conocí a través de un relato que envió a la convocatoria Amar en Tiempos del Fin que impulsáramos desde Revista Cruz Diablo. A veces arribo a la conclusión de que Cruz Diablo tiene un objetivo general y otro particular. El general es dar a conocer a los nuevos escritores del género. Construir un puente de letras entre los ávidos lectores de King, Poe, Lovecraft, Asimov, Dick, Bradbury y los escritores que intentan seguir sus pasos. El particular anida en lo profundo del inconsciente y, como todo lo oculto en los laberintos del ser, constituye un deseo, un sueño. Ese deseo se satisface cuando conozco escritores y escritoras nóveles que me deslumbran. Desde esa finalidad, Cruz Diablo se convierte en un señuelo para atrapar a escritores/as ávidos/os de ojos que los lean y almas que los sueñen. Sí, Cruz Diablo también es una trampa para atrapar escritores (en cada publicación media docena de ellos quedan atrapados en las tierras de la inmortalidad. Aunque lo deseen, de allí no se puede salir. Cada vez que escribimos nos hacemos inmortales). En la última convocatoria conocí a una joven escritora de Ramos Mejía: Eugenia Zuran. “Lidia” es su primera novela y es una novela digna de ser leída por todos aquellos que son amantes del susupense, el misterio y el thriller psicológico. Escrita con una prosa sencilla, pero impecable, hace recordar por momentos a la pluma del californiano John Saúl. A quien haya leído “Cuando sopla el viento” del escritor nacido en Pasadena se les hará imposible no encontrar similitudes con “Lidia”, no porque pretenda ser una copia (intuyo ,incluso, que la autora puede no haber leído a John Saúl. Hay escritores que nacen con un espíritu compartido, y el de Saúl y Zuran se parecen), sino por el papel de los personajes y el estilo narrativo. Una abuela que porta un extraño misterio en su sangre; una tragedia familiar que, conforme avanza la lectura, nos hace dudar si la tragedia que sacude la vida de Lidia no es preexistente, incluso, a su propio nacimiento ¿Estaba sellado el destino de Lidia desde antes de su nacimiento? A muchos les quedará la sensación de que así es. Sí en la novela de John Saúl hay misterios que habitan en el viento, en la de Zuran hay misterios ocultos en las sombras. En ambos casos ejercen una extraña influencia sobre las protagonistas. Lidia es una elegía contra el encierro. Lidia nace en un claustro cuando llega a este mundo. Casi toda la novela transcurre en el encierro de su casa, en el encierro de su destino infranqueable. El encierro también estará simbolizado por el papel que jugará en su destino la vida que se desarrolla entre los muros de un orfanato. Todo aquel que pueda leer Lidia debería hacerlo. Es una novela corta que invita a ser leída de un tirón. Los que vivan en Buenos Aires y deseen conocer a la autora y acceder a su novela, se podrán encontrar con ambas en la presentación que hará Ediciones Alfeizar en ESPACIO ESFERA, Talcahuano 287 (entre Sarmiento y Perón) CABA, el viernes 22 de noviembre de 2019 de 19 a 21hs.

lunes, 25 de marzo de 2019

Solución Final

Solución Final
Por
Rogelio Oscar Retuerto

Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto


El tercer planeta ya casi está ganado. El Exercitus ab Aethra Siderea Polus Humanity acaba con los últimos focos de resistencia. El paisaje es desolador. Construcciones incendiadas extienden sus lenguas de fuego lamiendo pedazos de cielo en resplandores violetas. Las columnas de humo naranja se elevan para precipitarse luego en una lluvia de cenizas purpureas que lo van cubriendo todo. Ya casi todo termina. Casi.
Enterrado en el desierto, en las afueras de la ciudad, el Ébigor espera las condiciones objetivas. Quizás sea uno de los últimos organismos del tercer planeta en condiciones de levantarse. De pronto abre sus ojos ¿Dije organismo? Bueno, en parte lo es y en parte no. La extraña máquina se incorpora mientras las arenas resbalan sobre su cuerpo para regresar al desierto ¿Dije máquina? En realidad en parte lo es y en parte no. No le importa poder ser el último en el tercer planeta. No lo conmueve la postal apocalíptica. Fue diseñado para brindar la solución final.
Los coleópteros scanner descienden sobre la ciudad en ruinas. Desde la nave nodriza emergen miles de unidades de transporte que depositarán cientos de miles de invasores sobre una tierra que no les pertenece, como si la nave nodriza fuese un inmenso moscardón que infesta de pestilencia la nueva tierra depositando sus huevos sobre un organismo extraño.
El Ébigor se desentierra por completo. Su cuerpo metálico resplandece como una moneda de plata en medio del desierto teñido de aloque.
La nave nodriza sigue pululando sus parásitos sobre la tierra devastada. El Ébigor activa la única función con la que cuenta. La cuenta regresiva se enciende en su pantalla líquida. Comienza su carrera hacia la ciudad.
Las tropas humanas festejan una nueva conquista en medio de ruinas y olores a muerte. La carne quemada despierta en las tropas recuerdos gastronómicos propios de otros tiempos.  Nadie se cuestiona si el establecimiento de colonias experimentales en planetas habitados vale la pena un genocidio. Los invasores detienen su festejo. Una reminiscencia ancestral los envuelve por completo. Jurarían que aquella tierra les habla. Jurarían entender palabras susurradas en el viento. Los soldados se perturban.
El Ébigor sigue corriendo. Delante de él, la ciudad se agiganta. Los hombres esgrimen miembros amputados como trofeos de guerra. El Ébigor es ahora una estela de fuego que surca el desierto. Nadie podrá verlo cuando llegue. La pantalla líquida se apaga. Los ojos visores se encienden como brasas. El Ébigor se pierde en su alocada carrera hacia la ciudad envuelta en humo y cenizas.
Los fulgores del ocaso envuelven a la ciudad caída. Pronto, un ocaso mucho mayor la envolverá por completo en fulgores estelares. Una tormenta de fuego purificador emergerá de entre sus ruinas para cubrir el planeta entero en cuestión de minutos.
Mientras tanto, otros Ébigor descansan en la soledad del desierto esperando su turno para despertar.
Aunque nadie recuerde que hace dos millones de años una raza inteligente debió abandonar esta Tierra y sembrar de bombas extintoras el desierto del plantea abandonado, aunque nadie comprenda que cada invasor contiene en su genética la historia milenaria de la raza exterminada, cuando en millones de años la evolución repita su ciclo cubriendo de vida por enésima vez a esta tierra, los Ébigors estarán ahí, durmiendo su sueño eterno, listos para hacer cumplir la profecía de la raza que los creo en tiempos inmemoriales: el tercer planeta jamás será conquistado. 



domingo, 30 de septiembre de 2018

"Donde todo termina" (Mención de Honor Instituto de las Letras 2016)

Donde todo termina
Por
Rogelio Oscar Retuerto


Copyright © 2017 Rogelio Oscar Retuerto







A Marcelo
y a todos los locos que nos devolvió
 la guerra.

No sé para qué volví a las islas. Tal vez, para reencontrarme con el pibe que deje acá hace treinta y cuatro años. Lo único que recuerdo fue levantarme una mañana, agarrar la pistola y ponerle una bala en la recámara. Después, no recuerdo más nada. Sí recuerdo mi soledad: una sensación fría y amarga, insoportable. Quizás todo comenzó cuando decidí presentarle batalla a la soledad ¡Qué burla del destino! «La Soledad». Esa fue siempre fría y dura como una roca. De la de al lado no pienso hablar. En esa murieron Tito y el gordo Roque. «Malvina». Es la más fría (y la más funesta).

        Acá perdí un ojo y una pierna. Quizás por eso los kelpers dejaron que me quedara, porque dicen que nací acá, que es a dónde pertenezco, que en estas islas nací de nuevo hace treinta y cuatro años.        

Creo que fui yo el que comenzó todo, porque este lugar es tan chico que acá nadie pierde nada. Sin embargo, tuve que venir yo a perder a mis amigos. Después perdí un ojo y una pierna y, con ellos, mi país perdió una guerra.

Cuando regresé a las islas me dieron una casita y un gato negro. Lo de la casita lo entiendo, pero ¿el gato? Creo que me lo dieron para ponerme a prueba, para ver si sigo perdiendo cosas. Y no se equivocaron, porque lo perdí. Hice un montón de avisos escritos con marcador en hojas de carpeta y los pegué en todos los postes de la isla. Mi sorpresa sobrevino al día siguiente, cuando agarré mis muletas y salí a dar una vuelta. Los carteles estaban, pero habían perdido todas las letras. Fui a casa y busqué el marcador, pensé que se podía haber borrado (aunque no había llovido); pero no: era de tinta permanente. Al día siguiente salí y los carteles habían desaparecido (aunque no había soplado el viento). No me preocupé. El problema llegó cuando desaparecieron los postes, y no porque me diera miedo el suceso, sino porque toda la isla se quedó sin luz. Después desaparecieron las veredas, lo cual no constituyó ningún problema: la gente comenzó a caminar por las calles (acá nunca hay transito). Pero seguidamente desaparecieron las calles y todo el mundo quedó encerrado en sus casas. Luego desaparecieron las casas con todo el mundo adentro. Por último, desapareció la isla y me quedé flotando en este mar de recuerdos.

Podría haberme sentido culpable, pero no lo hice. Después de todo, fueron ellos los que me dieron el gato.

Sé lo que sigue y no me asusta. Quizás podría nadar hasta la isla de al lado, esa en donde murieron Tito y el gordo Roque. Pero ahí me asalta el miedo de que todo comience de nuevo. Prefiero permanecer acá, donde todo termina, y quedarme flotando por el tiempo que esto dure.

 

jueves, 27 de septiembre de 2018

"El Jachirú"

(Relato publicado en el Dossier de horror erótico de Nictofilia)

El Jachirú
Por
Rogelio Oscar Retuerto


Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto


1
Jamás voy a olvidar aquel verano en que conocí a Eugenia. Mi tía Laura había venido a visitar a mi abuela y lo había hecho acompañada de mis dos primos y sus novias. Eugenia era una de ellas. A Martín y a Daniel, mis primos, nos los veía desde que yo tenía seis años, cuando mi madre murió y mi abuela me llevó a pasar una semana en la casa de la tía Laura, en Buenos Aires.
Aquella tarde habíamos ido a recorrer el monte. En realidad yo los había llevado. Ellos no conocían nada sobre mi monte, y eso, ante mis ojos, los convertía en vulnerables. 
Recuerdo que era jueves, el sábado ellos regresarían a Buenos Aires. Yo les había propuesto ir a conocer el río. Martina caminaba como si estuviese pisando vidrios con los pies descalzos o, peor aún, como si estuviese pisando mierda. El monte le daba asco. Desde que llegó, no había hecho otra cosa que quejarse: que la tierra, que las vinchucas (ella decía “bichos que tienen la peste”), que la letrina, que las sopas preparadas en ollas a las que no se le quitaba la capa de grasa después de usarlas, que el calor por las noches y la falta de ventiladores. Eugenia, en cambio, se interesaba por todo lo que concernía a mi mundo. Yo desconocía todo lo concerniente a su mundo: nunca había ido a la escuela, en el monte no teníamos televisión ni radio. Pero ella se maravillaba por todo lo que nos rodeaba: le encantaba el monte y todo lo que contenía, quería aprender los nombres de los árboles y de los animales, se quedaba de noche escuchando las historias del abuelo cuando todos los demás se iban a dormir.
Eugenia era hermosa. Nunca había visto una chica con la piel tan pálida. En el monte las chicas tienen la piel muy morena, como la mía. Ella tenía un pelo rojizo que en los atardeceres parecía prenderse fuego contra el cielo oscurecido. Sus ojos parecían la combinación de todos los colores del monte. Eran verdes, pero en los días nublados (cómo el primer día en que la vi) se tornaban pardos, casi transparentes.
La tarde que fuimos al río la vi bellísima. Tenía un pantalón cortito de jean, un poco roto en las partes bajas de los glúteos. Se había levantado la remera y se la había anudado sobre el ombligo. Yo me quedé contemplándola, embelesado. Ella me miró y me dijo:
–Es para quemarme. Estoy muy blanca.
Después sonrió y se tendió en la arena, con sus ojos cerrados, como mirando el cielo a través de los párpados, apoyándose en sus antebrazos.
En ese momento Martín me miró con una seriedad que pareció detener la brisa de monte. Siempre presentí que estaba celoso. Yo no tenía nada para ofrecerle a Eugenia, en realidad a ninguna chica, pero por alguna extraña razón sentía que ella me deseaba.

2
Yo tenía veintiún años y solo había tenido un romance con una mujer de un pueblo cercano. Isabel era una viuda de treinta y ocho años. La había conocido yendo con mi tío a hacer labores en la carbonada. Ella no tenía nada que hacer allí, vivía a un kilómetro de la carbonada, pero iba todo las tardes a ofrecer agua y a veces llevaba quesillo y pan de algarrobo para los trabajadores. Con el tiempo me di cuenta de que era su manera de conocer hombres. Su lecho estaba muy vacío y el calor en su matriz era muy intenso como para calmarlo con recuerdos.
Un día fui solo, porque mi tío estaba muy enfermo, y ella me invitó a comer en su casa. Aquella tarde acepté la invitación. Al atardecer, al terminar mil labores, me di una ducha y me encaminé a su rancho. Recuerdo que preparó una sopa con carne de cabrito. Por alguna razón, comimos muy poco, ella casi no probó bocado, se limitó a mirarme mientras yo comía. Después de comer, agarró a sus dos hijos y los encerró en el corral de los cerdos, luego regresó a la casa. Había dos cambios notorios en ella cuando regresó: se había soltado el pelo y se había desabrochado el vestido dejando la parte superior de sus senos a la vista.
Recuerdo tenerla encima de mí, empujando como loca y rasguñándome el pecho. Cuando yo pasé arriba, comenzó a acariciarme los pectorales. Subió con sus manos, entre jadeos caninos, hasta mis hombros. Cuando los acarició se pasó la lengua desde la comisura de los labios hasta el otro extremo dibujando un arco a lo largo de su labio superior. Luego bajó acariciando mis bíceps hasta llegar a mis manos, las cuales tomó en las suyas para entrecruzar nuestros dedos. En ese momento me abrazó la cintura con sus piernas y comenzó a jadear, como una potranca a la que hicieron correr diez kilómetros sin tregua.
Cuando terminamos, los olores a sexo (al mío y el de ella) y los vapores de nuestros cuerpos, flotaban inundando la habitación. Ella me miró, aún jadeante, exhausta, con su pelo enmarañado y su cuerpo empapado en sudor; las gotas de transpiración se precipitaban desde su rostro a la cama; me tomó del mentón y me dijo:
–Tu cuerpo fue moldeado en barro por el propio diablo.
Yo no le dije nada. Ella me agarró el pene y comenzó a frotarlo entre ambas manos. Me empujó de espaldas en la cama y se subió a mis piernas, se inclinó sobre mí y comenzó a frotarme el pene entre sus pechos. Un almíbar transparente comenzó a caer por su boca en una baba elástica que tardó en caer sobre mi vello púbico. Me miró y me dijo:
–Sí. Es obra del diablo. Los hijos del diablo son mitad hombres, mitad animales. Y vos de la cintura para abajo sos burro.
Primero me lamió el pene como si fuese una perra en celo, limpiándome el semen que lo embadurnaba, después comenzó a succionar mi miembro con una fuerza descomunal, como su fuese una anaconda intentando tragarme.

3
La tarde siguiente con Eugenia, a orillas del río, todo fue distinto. Presentía que ella me deseaba de otra manera, muy distinta a la de Isabel. Ella no veía en mí a un hijo del diablo. No sé lo que veía, pero no era eso. Los ojos de Isabel se envolvían en fuego cuando me miraba, los de Eugenia, en cambio, se cubrían con brumas tenebrosas, tenebrosas como la bruma que cubre cada noche la tierra fría del cementerio. La bruma en los ojos de Eugenia me cubría de paz.
Recuerdo el esbelto cuerpo de Eugenia tirado sobre la arena. Las tenues oleadas del río le besaban sus pies desnudos, como si fuesen lenguas de agua saboreándola. Con mis primos nos fuimos a recorrer la rivera. La invitamos a venir, pero Eugenia no quiso. Se puso de pie y se quitó los pantalones y la remera, debajo de la ropa tenía un bikini turquesa; se colocó los auriculares con una gracia angelical y se recostó en la arena. Se la veía feliz, en paz. Una mueca de felicidad se había petrificado en su rostro. Yo la contemplé, embelesado. Ese cuerpo escultural, las curvas de sus muslos tonificados, la piel blanca, blanquísima como la leche, el cabello rojizo desparramado sobre la arena. Martín tuvo un arrebato de celos y me llamó de mala manera:
–¡Dale! ¡Vamos!
Caminamos un trecho bordeando el río. Cuando la espesura del monte imponía sus brazos ante nuestra marcha, acariciando las aguas con sus dedos de ramas, nos internamos en la maleza. Yo propuse atravesar el monte y alcanzar el río tras el próximo recodo. Martín tuvo miedo, se rehusó a hacerlo en dos ocasiones, pero en la tercera aceptó. Creo que desconfiaba de mí. Pobre diablo, habrá creído que me quería librar de él para quedarme con Eugenia. Ni se imaginaba que él sería uno de los sobrevivientes de aquella tarde siniestra.
Avanzamos por el medio del monte. Ese camino lo había hecho varias veces. Más adelante el río giraba hacia el oeste cruzándose en nuestro camino.
Cuando llegamos al río, Martín se quedó mirando las aguas, con una sonrisa aviesa dibujada en su rostro. Nuestro camino terminaba en un terraplén de unos dos metros de altura bajo el cual fluía el río. Recuerdo que, sin aviso previo, apoyo una mano en mi espalda y quiso tirarme. Yo me tambalee, pero me resistí con fuerzas. Yo era mucho más fuerte que él, eso creo que también le molestaba. Él era tan musculoso como yo, pero sus músculos eran músculos de gimnasio y los míos eran fruto del trabajo pesado. Después de unos segundos de forcejear, sintió vergüenza.
–¡Dale, maricón! ¿Le tenés miedo al agua? –me dijo.
Yo miré el río sin contestarle. Casi nunca hablaba con nadie que no sean mis abuelos, era algo que me daba vergüenza, desde chico. Después de tener sexo con Isabel, ella me hablaba de muchas cosas. Yo solo atinaba a escucharla. Cuando se percataba de que estaba hablando sola volteaba para verme “qué tímido que sos” me decía, y volvía a montarme. Parecía que mi timidez la excitaba.
Pero Martín no pudo tirarme al río. Pude ver sobre mi hombro que le hizo un gesto a Daniel para que lo ayude a tirarme. Lo vi acercarse por detrás. Comencé a forcejear, mientras Martín repetía lo mismo.
–¿Le tenés miedo al agua? ¡Maricón!
Cuando estuvieron a punto de doblegarme por fin hablé.
–¡El agua es mala! –les dije.
Estallaron en risas.
–¿Qué? ¿Hay un monstruo? –dijo Martín, sin dejar de reír.
Creo que tirarme al río era su estúpida forma de vengarse. Para él, tirarme al río tendría que ser un hecho insignificante, en comparación a la posibilidad de que su novia me presumiera. Pero para mí caer al agua era algo aterrador.

4
Eugenia se había quedado dormida con sus manos cruzadas sobre el vientre. El agua seguía lengüeteándole los pies desnudos. No era algo que fuera a despertarla. El rio en esa época del año era bastante cálido. Sumergirse en sus aguas era como sumergirse en un enorme tazón de mate cocido.
Quizás sintió que fueron dos manos las que la tomaron por los tobillos y la arrastraron con suavidad hacia al agua. Tal vez soñó que fueron mis dedos los que se deslizaron bajó su bikini para arrancárselo, dejando la dulce vellosidad de su vulva de cara al río, como ofreciéndola en un ritual exótico. Los oscuros y viscosos brazos se enrollaron alrededor de sus piernas con mucho sigilo y la trajeron un poco más hacia las aguas. El río golpeaba con dulzura en pequeños oleajes sobre sus glúteos. Una ola rompió con mayor fuerza y el agua salpicó su vulva. Eso la hizo estremecer, retorciéndose con delicadeza. Los brazos la abrieron de piernas hasta donde su propia elongación se lo permitía (para una chica que practicaba danza clásica eso era algo muy fácil de hacer). Ella quedó desnuda, con las piernas abiertas, ofreciendo su vulva húmeda al río.
A veces tengo la ilusión de que haya soñado que fueron mis labios los que se adhirieron a su vagina para succionarla con una fuerza creciente. Aquella ventosa viscosa solo la soltó en dos ocasiones para adherirse mejor, emitiendo estimulantes sonidos de besos.
A medida que la succionaba, el área abarcada era mayor, como si fuese una anaconda devorando a su presa. Al cabo de unos minutos, toda su entrepierna quedó cubierta por el órgano succionador, desde su monte de Venus hasta su orificio anal. Su vulva se inyecto en sangre como nunca antes lo había hecho, eso la hizo enloquecer de placer. Su ano comenzó a defecar dentro de aquella extraña boca, su vagina orinó al mismo tiempo. Después continuaron fluyendo los otros fluidos corporales mientras los brazos más pequeños se enrollaban en sus senos para estrujarlos.   
Cuando ya poco quedaba, un grueso brazo se enrollo en derredor de su cintura para exprimir lo que quedaba dentro.
Mis primos regresaron al lugar, entre risas por haber logrado tirarme al agua. Eugenia se había reducido a un saco de piel seca y huesos quebrados adherido a la arena. Parecía un cadáver que llevaba meses allí, al que no le quedaba ningún tipo de fluido dentro.

5
La muerte de Eugenia nunca se esclareció. El comisario dijo que un animal del río la mató, aunque nunca había visto un animal que haga cosa semejante. Las viejas del pueblo, en cambio, comenzaron a hablar del “Jachirú”. Y ahí fue cuando tuve que irme del paraje y comencé a deambular por los montes. A mi padre lo habían matado, rociándolo con querosene y prendiéndolo fuego mientras dormía, acusado de ser un “Jachirú”. Dicen que había devorado a una niña que estaba lavando ropa en el río. Y decían que yo tenía su sangre y la misma maldición.
Mi abuela me había pedido con lágrimas en los ojos, cuando me encontró a los cinco años jugando a orillas del río, que jamás ingrese a las aguas. Decía que mi sangre era mala y que las consecuencias podían ser nefastas.
Quizás, la única persona en mi vida que haya logrado penetrar en las profundidades de mi alma, así como yo penetré en los profundo de su carne, haya sido Isabel. Y en esa penetración pudo ver en mi interior lo que nadie hasta entonces se había animado a ver: un “hijo del diablo”

lunes, 5 de marzo de 2018

Reseña "Las elegidas" Por Coss Burton

Reseña de
Las Elegidas
Por

Coss Burton


Próximamente el segundo libro de la Saga "Las elegidas" disponible

domingo, 2 de julio de 2017

La nube


La Nube
Por
Rogelio Oscar Retuerto

Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto



(Relato publicado en el fanzine The Wax Nº3)


1
Aquella fue la primera y última vez que abrí el negocio a la madrugada. Era septiembre de 2001 y la crisis social hacía estragos a lo largo del país. Recuerdo que la noche anterior hable con Soledad.
–Negra, sesenta pesos de caja. Nos vamos a pique –le dije –. Si no hacemos algo, estamos fritos.
–¿Y qué pensás que podemos hacer? Abrimos a las ocho de la mañana, cerramos a las once de la noche. Más no podemos hacer, Manuel.
–Yo no voy a abrir más a la mañana. Vas a tener que abrir vos. Llevas a los pibes a la escuela y abrís cuando volvés. Yo voy a seguir de largo a la noche y me voy a quedar hasta las seis de la mañana.
         Soledad se rió.
–¿Estás hablando en serio? –me dijo.
–Muy en serio. Si cerramos el quiosco ¿qué hacemos? No hay laburo en ningún lado. Es resistir o cagarnos de hambre. Además, a la noche está todo cerrado. Andan los pibes de gira, van a comprar bebidas y pucho al cañón o al centro. ¿Vos viste a las once de la noche? A veces no podemos cerrar, tenemos gente esperando, porque todos los demás cierran a las diez. De día está lleno de bolichitos, negra. El que se queda sin laburo se pone un quiosco o, si tiene un auto, se pone a remisiar.
Y así fue, nomás. A la noche siguiente seguí de largo. Buena venta hasta la 1AM, después decayó. A las dos de la mañana me desperté. Me había quedado dormido en la silla mientras miraba “Pare de sufrir”. Me levanté y salí a la vereda. No había un alma. Cerré el bolichito y me fui a dormir.

2
Me despertó el tintineo de la campana del boliche. Miré el reloj y eran las tres de la mañana. Entre el quiosco y la casa había un patio de unos cinco metros. Me pareció todo muy raro. Juraría que la campanita la habíamos sacado dos años atrás, cuando pusimos el timbre. Pero la campana seguía sonando. En otros tiempos me hubiese hinchado las pelotas y me hubiese tapado la cabeza con la almohada, pero esa noche no. Necesitábamos vender.
Me puse los cortos, me calcé las ojotas y salí con la remera que tenía puesta. Crucé el patio al grito de “¡Ya vaaa…! ¡Ya vaaa…!”. Abrí la puertita del negocio y me sorprendió encontrar la luz prendida. Creía haberla apagado. La tele portátil también estaba prendida; la balanza electrónica, también. Me apuré a llegar al frente porque había gente esperando. Cuando abrí la ventanita mi sorpresa fue mayor. Había tres vagos esperando para comprar. Uno tenía dos envases de birra en la mano. Al lado había una parejita fumando un porro y atrás una mujer bajita con una nena de unos diez años.
–Muchachos –le dije a los vagos.
–Dos Quilmes, maestro –me pidió el pibe– ¿Tiene Gancia?
–Sí; grande, nomás.
–Listo. Deme también un Gancia y una Sprite de dos litros y cuarto.
Me pidió dos salamines y medio de pan. Pan no me quedaba. Me apuré a despacharlo porque no quería que se me vayan los demás. Aunque después me di cuenta que a esa hora no tenían a donde ir.
Le entregué las cosas al pibe y me pagó con cien mangos. Un montón de guita. Fui a la caja mirando el billete contra la luz. Cuando bajo la mirada me la encuentro a la negra acomodando la plata en la caja.
–¿Qué hacés acá? –le pregunté.
–Vine a ayudarte –me dijo.
Puse el billete de refilón y no noté que el “100” cambiara de vede a azul. Lo miré de vuelta y nada. Le pasé el lápiz "botón" y apareció una raya oscura sobre la cara de Roca. Volví a la ventana y vi que el pibe estaba solo. Los otros dos ya se habían ido, y se habían ido con las bebidas. Ya empezaba a ponerme del orto.
–Este billete no sirve –le dije al vago.
El pibe lo miró, frunció el entrecejo y miró para la esquina. 
–Uh, que cagada, jefe –me dijo–. Me pagaron hoy con éste.
–No sirve –le dije.
El pibe volvió a mirar para la esquina.
Me di vuelta para pedirle a Soledad que atienda a la parejita mientras yo salía a arreglar el asunto, pero Soledad ya no estaba.
–Esperame un ratito, ya te atiendo –le dije a la rubiecita con corte Stone que fumaba un porro.
Salí al patio y miré para todos lados.
–¿Dónde mierda está? –pregunté a la nada.
Caminé por el pasillo observando para ver si encontraba el caño de gas que usaba para hacerle frente a los guachos, pero no había nada.
–¡La puta madre! –largué, al llegar a la puertita que daba a la callé.
El gato de mi hija me miró, como si lo hubiera puteado a él.
Abrí la puerta y salí a la vereda. El vaguito no estaba. Estaba el otro, el más grande, el que se había llevado las bebidas.
–¿Se lo podemos pasar mañana, maestro? –me dijo. Ahí me di cuenta que era paraguayo.
–Imposible –le dije.
–Venimos de trabajar, amigo. Nos pagaron con ese billete. Yo me comprometo a pasar mañana temprano y le cancelo.
Miré para la esquina y ahí estaba la Traffic blanca en la que habían llegado. Si hubiesen querido cagarme se hubieran ido a la mierda. Pensé que los paraguayos eran buena gente, laburantes; que este debía ser el contratista y los otros dos los albañiles.
–Mañana abrimos a las ocho –le dije.
Además ¿qué iba a hacer? Las bebidas ya no podía recuperarlas. Miré para la esquina y vi que estaban mezclando el Gancia y la Sprite en una jarra de plástico, y tenía gente esperando.
La rubiecita solo quería dos papelillos ¡dos papelillos! El pibe tenía el cogollo en la palma de la mano esperando los palelillos para armar el porrito. El paraguayo me había sacado las bebidas sin pagar, la rubiecita me compró dos miserables papelillos ¿para eso me había levantado a atender?
–Doña –le dije a la mujer que esperaba con la hija.
Era una mina con cara de sufrida, de esas que hablan bajito, de esas que apenas pisan los cuarenta y usan pollera corte testigo de Jehová, con blusas sueltas para que no se le noten las tetas.
–Le venía a pedir un favorcito…
Ese prefacio ya lo conocía. Ahora venía el mangazo. La mina me daba lástima, me miraba con cara de perro abandonado. Pero también el conejo de la tele lo miraba así al cazador y era terrible turro.
–… Si no me podía aguantar unas cositas hasta el viernes.
Me partía el alma, pero yo estaba peor que ella. Si me pedía un aceite, me quedaba uno solo, y al día siguiente no iba a tener un mango para reponer mercadería. Si me pedía una leche, la que quedaba en la heladera la estaba guardando para que desayunen mis pibes.
–Señora, está re jodida la mano. Si yo me quedo hasta esta hora es para hacer una monedita más, vio, no para fiar.
La mujer me pidió disculpas y se fue.
Cuando la mujer se fue  decidí cerrar.
–Al pedo me levanté –le dije al gato de mi hija. El animal asintió (en realidad, maulló).
Terminé de echarle llave a la puerta y sentí el traqueteo de la ventanita del quiosco.
Trak – trak –trak – trak
No lo podía creer. No había hecho un mango partido a la mitad y encima querían afanarme. Sondee el patio y en una esquina vi el caño de gas tirado en el piso. Lo agarré y enfilé por el pasillo. Trate de darle vuelta a la llave junto con el traqueteo de la ventana del quiosco, para que no me escuchasen. Abrí la puerta y salí a la vereda agitando el caño como un loco. Pero no había nadie. Ni la luz de la calle estaba encendida. Ni un alma.
Me fui a dormir.

Al día siguiente me desperté a eso de las once. Soledad estaba en el negocio. Le hice de comer a los pibes y los llevé a la escuela. Cuando volví me quedé en el boliche.
–Andá –le dije–. Dormite una siesta.
–¿Vos no vas a quedarte esta noche? –me preguntó.
–No. Ya no.
Ni bien me siento para ver la tele la veo cruzando la calle a la Micaela. Es como si la vieja estuviera esperando que se vaya Soledad para venir a llenarme la cabeza en contra de alguien. Vieja harpía, curandera, mano chanta: una bruja. Soledad la quería, porque a veces le tiraba las cartas o le curaba el empacho a los chicos. De paso la vieja aprovechaba para sacarle mano a medio mundo.
–Micaela
–Hola, m´hijo. Medio de pan, por favor. Si tiene galleta me pone alguna.
–Cómo no.
Sin preguntarle si quería algo más, le entregué la bolsa. La vieja me pasó la plata.
–Así no los va a espantar –me dijo la vieja.
–¿Así cómo? –le pregunté sin mirarla, mientras juntaba el vuelto para darle.
Me acerque a la ventanilla y le entregué la plata. 
–¿Así cómo? –volví a preguntarle.
–Así, con un caño.
En ese momento me di cuenta de que estábamos teniendo un diálogo de locos. La vieja me preguntaba cosas que yo no sabía y yo le contestaba. Fruncí el entrecejo y la mire a los ojos.
–¿De qué mierda me está hablando, Micaela?
–De la nube. Anoche los vi.
–No sé de qué habla. Que le vaya bien.
Estuve a punto de cerrar la ventanita, pero lo vieja metió la mano para que no lo haga.
–De la nube. Anoche los vi.  Y así no se los echa. Usted abrió una puerta.
–Abrí la puerta porque dos guachos me querían entrar al negocio.
–No. No hablo de esa puerta. Y así no va a echarlos. Hay que darles paz. Piénselo ¿cómo sabía que eran dos los chicos? Piénselo.
La vieja me dejó pensando. Yo estaba convencido de que eran dos pibes. Hasta podía hacer un identikit de los pibes aunque nunca había alcanzado a verlos.
Después se me vino el mundo abajo. De un momento para otro me acordé de todo. Cada imagen fue como un flash que encerraba una historia, un disparo que dolía en los huesos. Mi mente fue acribillada por esas fotografías dolorosas gastadas por el tiempo: los paraguayos asesinados en la rivera luego de un robo brutal, los encontraron a la mañana siguiente, maniatados y calcinados dentro de la Trafic; les habían robado las herramientas y la plata de la quincena. Dos drogones que se pasaron de rosca y amanecieron en pleno invierno tirados en la esquina (“cuando los levantaron, hicieron el mismo ruido que un trapo al despegarlo de la escarcha” diría la Micaela esa misma noche); la mujer y la hija asesinadas por un marido alcohólico y celoso (“a la nena la torturó antes de matarla, la torturó de manera sexual”). Todos habían sido mis clientes, pero no pude reconocerlos esa noche. Fue como si tuviese una nube delante de mis ojos que me impedía ver quiénes eran en realidad. 
Esa noche me metí el orgullo en el orto y me crucé a lo de la Micaela. Me hizo pasar. Nunca había estado adentro de esa casa. Era espeluznante. Por todos lados se mezclaban estatuillas de santos con demonios. En un rincón había una virgen con el torso desnudo y un pequeño demonio se alimentaba de la sangre que emanaba de sus pechos. Cruces de madera se intercalaban con estrellas de cinco puntas. En altares improvisados en el piso, ardían velas rojas, negras y verdes.
–Pase –me dijo–, siéntese.
–¿Qué vio anoche, Micaela? –le pregunté, yendo al grano.
–Una nube –me dijo, mientras preparaba un té. Yo le hice señas como diciéndole que a mí no me prepare nada–.  Una nube oscura que emergía de la tierra. Se retorcía y se mezclaba en sí misma. Toda la cuadra se cubrió de un manto de podredumbre. Todos lo deben haber notado. Algunos habrán pensado que fueron las cloacas; otros, algún animal muerto. Pero era la nube. Yo realicé el pentagrama y miré por la ventana… y ahí estaba usted, agitando el caño contra la nube.
–Yo no vi nada, Micaela.
–No todos ven. Buscan paz. La buscan en donde se los invite a entrar. No es bueno que abra el negocio de madrugada, Don Manuel.
–Ni empedo, Micaela. Después de lo que pasó anoche, ni empedo.
La vieja se quedó pensando. Se levantó del sillón, se acercó a la ventana y corrió la cortina para ver hacia afuera. Después volteó, tenía el entrecejo fruncido. Se la notaba preocupada.         
–Además de la gente que ya no está ¿vio a alguien más?
–¿Cómo, si vi a “alguien más”?
–Sí. ¿Vio a alguien que aún esté vivo?
–No ¿por?
–Por nada, Don Manuel. Si no vio a ningún vivo todo está bien. Todo va a  andar bien en el  barrio.
Después de eso me fui a mi casa. Pasó un tiempo desde que estas cosas sucedieron. Hace meses espero un desenlace que aún no sucede. No sé bien qué es, pero sé que algo oscuro y siniestro va a pasar. Después de todo, nunca le dije a la Micaela que esa noche había visto a Soledad atendiendo la caja.