"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

martes, 25 de febrero de 2025

El último crepúsculo (Ganador Premio Abreú 2024)




―¿Está seguro de que pueden traerla de regreso?
―Es lo que intentamos.
―¿Es lo que intentan o están seguros de poder hacerlo?

La doctora Bergman volteó hacia Cosz sin soltar las mangueras por donde fluían el suero y los fluidos del dulce descanso.

―Señor Cosz, cuando Amanda se quitó la vida, no existían siquiera los preservadores, no existía la conservación en frío, ni hablar del sistema de conservación de los cuerpos en estado de semivida. ―Cosz miró al piso, en parte avergonzado, en parte imbuido en una profunda tristeza. La doctora dejó de manipular las mangueras, se acercó a él y apoyó su mano en el hombro del hombre. Cosz levantó la vista hacia ella; estaba llorando―. Han pasado doscientos setenta y cuatro años desde la muerte de Amanda. No me obligue a darle detalles de lo que encontramos al exhumar sus restos. Es una proeza que, a partir del ADN, hayamos podido reconstruir su memoria. El caso de Sylvia es distinto. Sylvia lleva setenta y seis años en semivida. Solo fue requerido su retorno en tres ocasiones, y el Moratorio de Nuestra Señora de Luján es el más avanzado de Sudamérica. No obstante, el trabajo del equipo de Înviat Corporation ha sido arduo y admirable. El Alzheimer suele hacer estragos en la memoria de nuestros clientes, estragos que perduran incluso durante el estado de semivida. Înviat Corporation es la única empresa en el mundo que ha logrado vencer al Alzheimer post mortem. Los servicios que aquí le ofrecemos no los va a conseguir en ningún sitio de la Confederación Euroasiática.

Leticia Bergman continuó con los ajustes de la aparatología. Cuando todo estuvo listo, volvió a dirigirse a Cosz.

―El señor Lizstin lo espera en su oficina para ultimar detalles.

Cosz asintió suavemente y se puso de pie con mucho esfuerzo. Permaneció parado, mirando al piso durante algunos segundos.

―¿Le pasa algo? ―preguntó la doctora Bergman―. Puedo llamar a un enfermero para que lo asista.

Cosz levantó una mano, indicando que todo estaba bien. Se acercó despacio hacia la puerta y ingresó al pasillo que daba a la galería del moratorio. Salió al patio y observó las plantas y los árboles que adornaban el jardín. Se tomó de la baranda y avanzó muy despacio, casi arrastrando los pies. Doscientos noventa y cuatro años estaban en el umbral de la vida humana. Le resultaban demasiados. Si no hubiese programado su vida en sistema prepago, habría desertado hacía décadas. Sylvia había muerto hacía setenta y seis años. Siete décadas de profunda soledad. Pudo vencer las barreras de la muerte, pero nunca pudo vencer los fantasmas de la soledad. Qué distinto era el mundo anterior a Sylvia, el mundo habitado por él y Morena en una casita del complejo subterráneo de Merlo, o el mundo habitado por él y Ana en una vieja torre de Floresta. En aquel mundo, los automóviles aún rodaban por tierra y las aeronaves de pasajeros no salían de la atmósfera terrestre. Vio un destello en el cielo y notó que bien podría ser un MH5 en viaje a la Luna. Siguió avanzando hasta llegar a una puerta blanca, donde un número «5» ondulaba en una pantalla de membrana ectoplasmática.

―«Mario Cosz» ―se anunció, parado frente a la pantalla.  

La puerta desapareció, y Cosz pudo ver a Lizstin flotando en la oficina circular, tomando y borrando datos en el aire. Cuando Lizstin lo vio parado en la entrada, descendió hasta su silla y lo invitó a pasar. Cosz ingresó despacio, quedándose de pie, observando el ataúd de plástico blanco que estaba frente al escritorio de Lizstin. Este le señaló la silla al lado del ataúd, invitándolo a tomar asiento. Cosz agradeció con un gesto, esbozó una imperceptible sonrisa, reparó una vez más en el ataúd y avanzó hacia la silla. Lizstin se colocó el notehelmet en la cabeza y se conectó. Cosz hizo lo propio. La asistente de Lizstin, una mujer corpulenta de traje gris de una sola pieza, colocó los sensores en las entradas USB del ataúd y activó el bluetooth. Delante de Lizstin comenzó a ondular la pantalla ectoplasmática. Lizstin esbozó una mueca de desconcierto apenas perceptible bajo el casco

―¿Conectó el transmisor de datos? ―preguntó Liztin a sus asistente. 

―Afirmativo. El bluetooth está…

Lizstin se quitó la notehelmet de su cabeza con cierto enfado.  

―Por el hecho de que hoy es su primer día en Înviat Corporation voy a darle una oportunidad ¿En qué moratorio trabajaba?

―Está en mi curriculum…

―Pregunté en qué moratorio trabajaba

―En San Patricio de Montevideo, señor.

Lizstin sonrió con sarcasmo y se colocó nuevamente su caso visor.

―Le voy a decir algo, por si no se lo mencionaron en su entrevista. En Înviat no usamos el transmisor bluetooth desde 2315. ―Comenzó a activar las funciones mentales del aparato, luego se dirigió a su asistente con cierto desprecio―. ¿Qué es eso de andar usando tecnología del siglo XXI? ¡Por favor! En Înviat Corporation utilizamos solo el transmisor ectoplasmático. Si este falla, recurrimos al bluetooth únicamente para no perder la transmisión con el semivivo. Y si llegase a ocurrir un colapso eléctrico, bueno, en ese caso utilizamos los transmisores USB con baterías. ¿Estamos listos?

―Todo en orden, señor.

―¿Señor Cosz?

―Puede proceder.

Una luminosidad azul se encendió dentro del ataúd de plástico. Dentro del recipiente podían verse los contornos de una mujer.

Lizstin comenzó a digitar en el aire sensores que solo él veía.

―«Fecha de caducidad: veinticuatro de septiembre de dos mil trescientos cincuenta y cuatro». Eso es mañana. «Desactivación biológica en Plan Bronce. Abono de doscientos cuarenta y cinco soles andinos». ―Lizstin interrumpió la lectura, permaneció pensativo. Luego volteó para mirar a Cosz. La parte frontal de su casco desapareció, dejando a la vista sus ojos celestes―. ¿Quién va a pagar los ciento trece soles andinos que aún se adeudan?

―Nadie.

Lizstin se retiró el casco.

―¿Cómo que nadie?

―Hace veintidós años que se me acabaron los créditos de vida. Para adelantar mi desactivación biológica necesitaba cuarenta y un soles andinos, pero ya no me quedaba nada. Con gusto hubiese accedido a la desactivación hace veintidós años. No crea que vivir veintidós años en la vejez como un deslizado es algo que le recomendaría a alguien. ―Cosz hizo una pausa para mirar el ataúd―. ¿Ella me escucha?

―Aún no.

―No quisiera que supiera la suerte que corrí en mi vida. Ella aún cree que soy un escritor que vive con una renta mensual de treinta y tres soles. Eso dejó de ser así después del Sumidero de la Historia.

Lizstin dejó el notehelmet sobre su escritorio.

―Señor Cosz, lamento mucho su situación y la de los millones de deslizados que nos dejó el Sumidero, pero no puedo acreditarle su ingreso a la Eternidad adeudando ciento trece soles.

―No quiero mi ingreso a la Eternidad. Ni el mío, ni el de mi esposa, ni el de mi hija.

Lizstin lo observó entrecerrando los ojos, como si no comprendiese qué hacía Cosz allí.

―Solo quiero acceder junto a Sylvia y Amanda al Último Crepúsculo.

―Señor Cosz…

―Ya he resuelto los requerimientos legales. ―Cosz tragó saliva. Sus casi tres siglos de vida lo convertían en un organismo de reacciones lentas. La nuez de su garganta se elevó lentamente, pareció suspenderse en lo alto como un carro en la cresta de una montaña rusa, y luego cayó―. Sé que para acceder al Último Crepúsculo se requiere la autorización de la Auditoría General de La Ciudad. Aquí la tengo.

Cosz apoyó su dedo anular en su sien izquierda, y la pantalla ectoplasmática empezó a ondular frente a Lizstin.

―Ahí está mi libre deuda. «Se pagan los cuarenta y un soles a Înviat Corporation, se descuentan sellos e impuestos», y aún quedan setenta y dos soles para mi hija.

―¿Amanda Cosz?

―No. Ella ya tiene su Último Crepúsculo pagado junto al mío y el de mi esposa. Tengo otra hija llamada Stella Maris Cosz. La perdimos luego de la gran guerra, cuando las bombas cayeron sobre la Ciudad del Estuario.

―¿Cómo sabe que…?

―¿Cómo sé que no está muerta? No lo sé, pero no me perdonaría condenarla al sufrimiento eterno. Vagar por el mundo como una deslizada sin créditos de vida ni sábana de depósitos en ningún moratorio… ¿Usted vio el ocaso de la vida de esa gente?

―Me temo que no.

―Algunos llegan a vivir trescientos cincuenta años. Algunos dicen llegar a cuatrocientos. Sin créditos para acceder a una desactivación digna, no los aceptan en ningún moratorio. La Iglesia del Señor de la Luz los lleva a hogares para deslizados. Allí pasan sus últimos días, desintegrándose ante el cuidado piadoso de las hermanas de la luz. Los que no corren esa suerte se van desintegrando en vida. Pierden la piel, el pelo, las uñas; luego la carne, hasta quedar solo su armazón óseo, sostenido por los clavos de titanio y los órganos artificiales expuestos. Mueren en callejones y esquinas de la Ciudad de las Sombras. No quiero ese final para mi hija. Su desactivación ya está paga, para que acceda a ella cuando lo requiera.

Lisztin observó los documentos que ondulaban ante él.

―Parece que todo está en orden. Que sea Último Crepúsculo, entonces.

Lisztin se colocó la notehelmet en la cabeza y firmó los documentos con un holograma. 

―No recuerdo quien fue el último que pidió el Último Crepúsculo. Todos quieren acceder a la Eternidad.

―Yo no la quiero.

―Ya veo, señor Cosz. Excelente elección

»¡Bremia! ―Liztin llamó a su asistente―. Prepare el Último Crepúsculo para el señor Cosz y su familia.

―Enseguida, señor Lisztin. ¿A dónde desea que ocurra, señor Cosz?

Cosz volteó para mirar a Lisztin.

―¿Puedo observar una lista de destinos?

―Por sus fondos disponibles, me temo que no hace falta. Solo puede elegir un destino dentro del Cono Sur.

―¿No Texas? ¿Australia?

―Solo en el Cono Sur. A no ser que quiera anular los fondos destinados a su hija…

―Olvídelo. No voy a hacer eso.

La asistente se colocó su notehelmet.

―¿Qué destino elige, señor Cosz?

            Cosz pensó durante unos instantes, escudriñó los rincones de la oficia de Lisztin, como buscando una respuesta. Luego miró a Bremia.

―¿Chapadmalal aún existe? Es decir, después de que cayeron las bombas…

Bremia sonrió.

―Es el Último Crepúsculo, señor Cosz. Podría elegir la antigua Roma si lo desease ―Bremia cambió su talante― Espere. Olvide eso. El señor Lisztin acotó su elección al Cono…

―Entendí el concepto ―Cozs se dirigió a Lisztin―. Ya estoy listo.

―¡Perfecto!

»Bremia, despierte a Sylvia y Amanda.

Bremia dio la orden y un hombre ingresó con un segundo ataúd que colocó al lado del de Sylvia. El resplandor azul solo dejó ver una pequeña esfera de quince centímetros flotando en el vacío.

―Pusimos la memoria en un ataúd para que no la vea reducida a lo que hoy es. Pasó mucho tiempo, señor Cosz.

―Entiendo.

―¿Mario? ―se escuchó la voz de una mujer reverberando en el recinto― ¿Mario, estás acá?

―Sí, Sylvia. Estoy acá.

La voz de Sylvia lloró dentro del ataúd.

―¿Papá? ¿Mamá?

―¿Amanda? ―preguntó la voz dentro del ataúd de Sylvia―. Hija mía.

―Acá estamos, Amanda ―dijo Cosz.

―¿Qué está pasando? ¿Por qué puedo sentirlos, pero no puedo verlos?      

―No estamos juntos aún, Amanda. Mañana sí lo estaremos. Nos iremos de vacaciones.

―¡Papá! ―exclamó Amanda. Después rio.

―Nos iremos a Chapadmalal.

―Prometiste llevarnos a Texas ―dijo Sylvia, con decepción.

―No podemos ir a Texas.

―¿Por qué? ―preguntó Amanda― ¿A Australia tampoco?

―¿Te gustaría ir a Australia, hija?

―Me encantaría.

Una lágrima rodó por la mejilla de Cosz

«No lo recuerda»

Siempre quise conocer Australia.

«Allí moriste» 

Cosz se pasó el dorso de la mano por el rostro, secándose las lágrimas.

―Iremos a Chapadmalal. Serán unas vacaciones cortas, las más cortas de las que hayan tenido memoria. Quiero que las disfrutemos como si fuesen las últimas.

―Eso haremos, papá ¿Podemos ir al arroyo?

―Ahí vamos a ir. Ahí creciste durante los veranos.

Amanda rio.


La tarde muere sobre las costas del Atlántico. Cosz observa como su sombra, junto a la de su hija y la de Sylvia, se alarga paulatinamente hacia la espuma que deja el oleaje mientras la tarde se muere.

―Es tan lindo como lo recuerdo ―dijo Amanda―. Es el mismo lugar de cuando era chica. ¿Dónde está Stella?

A Cosz se le hizo un nudo en la garganta.

―Estudiando, hija. Debe dar finales. Este año se recibe.

Cosz abrazó fuerte a su hija.

―¿Que vamos a hacer esta noche? ―preguntó Sylvia.

―Eso, ¿qué vamos a hacer? Podríamos ir al cine ―propuso Amanda.

―Aunque, pensándolo bien ―expuso Sylvia―, podríamos dejarlo para mañana. Me está agarrando mucho sueño.

―A mí también ―acotó Amanda. Luego bostezó.

A sus espaldas, el sol se escondía tras las montañas del oeste. Delante de ellos, las sombras de los tres se estiraron hasta besar las aguas del Atlántico. Cosz las abrazó fuerte contra su pecho y las besó en la frente.

―Duerman. No piensen en mañana. Solo duerman.

Una lágrima resbaló por el rostro de Cosz.


La tarde muere sobre las costas de lo que alguna vez fue Argentina. El sol se oculta tras las montañas de Los Andes. Desde las laderas, un ejército de sombras se precipita hacia el Atlántico. Avanzan como verdugos portando en sus manos la más cruel de las sentencias.

Cuando la oscuridad cubra con su manto de silencio los cuerpos tirados sobre la arena, los sepultará para siempre en el peor de los castigos: el que borra toda memoria de lo que alguna vez fuimos sobre esta tierra.


sábado, 21 de mayo de 2022

No quiero cristalizarme

 

No quiero cristalizarme

(Cuento corto ganador del Concurso Frikipalozza 2022, organizado por la Secretaría de Cultura de San Luis)

Erns observaba la ciudad desde los ojos de una paloma. Cuando pasó sobre una plaza, saltó hasta el cuerpo de un perro que trotaba por el césped. Sintió la ya habitual sensación de zambullirse en la masa sólida y viscosa del cerebro del animal. Pero esta vez no fue como siempre: sintió la incomodidad del hacinamiento dentro del órgano.

—Acá ya estamos nosotros. ¡Andate! —le exigió Koms.

—Sí, somos muchos. Nos van a descubrir —dijo Lups, algo molesto.

—¡Cállense! —ordenó Erns—. Si nos descubren es por ustedes.

El perro se detuvo frente a una mujer rubia que sostenía un collar en sus manos. Los tres huéspedes observaron a la mujer desde los ojos del animal. Ella los miró y balbuceó como una muerta animada:

—¿Kurs?

—¡Fuera de juego! —gritó Erns, y Volps salió volando del cerebro de la rubia. En el vuelo alcanzó un abejorro que surcaba el aire a baja altura.

Tan pronto como Volps abandonó el cuerpo, la mujer se desplomó sobre el césped.

—¡Vamos! —gritó Koms.

Los tres salieron en dirección a una urraca que levantó vuelo desde los arbustos de la plaza. Erns y Lups lograron alcanzar al ave, pero Koms llegó tarde al punto de penetración. Sintió un ardor que lo consumía por dentro. Intentó ocupar el cuerpo de una hormiga, pero el huésped que estaba en el cuerpo de un anciano la aplastó bajo la suela de su zapato. Zigzagueando en el aire, llegó hasta el cuerpo de una niña que estaba sentada en el arenero. La niña miraba el cielo con ojos muertos, dos pedazos de mármol cubiertos por una película opalescente; pero pareció revivir de repente. De un salto se puso de pie y echó a correr.

Koms no logró alcanzarla; se retorció en el piso como una culebra y luego se cristalizó. A la distancia, Erns y Lups rieron. El huésped que estaba alojado en el cuerpo de la niña salió e ingresó en una hormiga. La niña se desplomó sobre la vereda de la plaza. Su cabeza rebotó en el suelo, golpeando la nuca dos veces antes de quedar nuevamente mirando al cielo con sus ojos muertos.

La mujer tirada en la hierba abrió los ojos. Estiró su brazo tembloroso hacia la niña, pero este se desplomó sobre el césped, como si estuviese muriendo por etapas. Sus ojos escupieron un dolor acuoso que cayó por su rostro petrificado.

 

Ocho meses atrás, los desalojadores hubieran succionado a los huéspedes con las «casas de atrape». Pero los últimos desalojadores fueron infectados cuando los huéspedes mutaron por enésima vez desde su arribo a la Tierra. No había nadie en la humanidad que no estuviera infectado. Solo unos miles en la etapa terminal. El resto: un mar de cadáveres que los huéspedes usaban a su antojo.

Erns y Lups abandonaron la urraca cuando el ave voló rasante sobre los sembrados de maíz en las afueras del pueblo. Ambos ingresaron en el cerebro de una de los millares de ratas que habitaban la colonia bajo el maizal. Una rata gorda se acercó a ellos.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó la madre de Lups desde el cerebro de la rata.

Lups hizo una pausa antes de contestar.

—Te pregunté dónde está tu hermano.

—Se cristalizó.

—Entonces se queda en este planeta. Mañana nos vamos.

—¿Cómo?

—Nos vamos. Un meteorito con capacidad de extinción impactará mañana muy cerca de aquí. Ya mismo, la colonia de seres bajo el maizal se traslada al punto de impacto. Es la única manera de asegurarnos de que la explosión nos arroje de nuevo al espacio exterior. Allí nos cristalizaremos hasta alcanzar un nuevo mundo habitado. Aquí ya no queda nada por hacer.

—No quiero cristalizarme —repuso Lups.

—Agradecé que vas a viajar junto al resto y que no te quedarás aquí esperando por ciclos el reinicio de la vida —la rata gorda emprendió la marcha, luego se detuvo y volteó hacia Lups—, como sí le va a pasar a tu hermano. ¿Por culpa de quién? ¿Eh? ¿Por culpa de quién? ¡De ustedes dos!

Erns se acongojó dentro de su rata de albergue.

Diecisiete horas antes del impacto

 

Una multitud de ratas se dirige a las costas de Yucatán. Algunos perros, gatos y algún que otro humano se mezclan con los roedores. Tan pronto como los huéspedes abandonan sus cuerpos para ingresar en sus ratas de albergue, los cuerpos que dejan atrás se desploman sobre el campo, entumecidos de cara al cielo. Algunas aves sobrevuelan la multitud y luego caen como succionadas por la tierra.

La rata de albergue de Lups y la de su madre viajan juntas.

—¿Qué va a pasar con este mundo? —pregunta Lups.

—Lo mismo que con todos los anteriores —responde la madre—. En algún momento volverá a poblarse de seres. Quizás otros como nosotros lleguen para entonces. Nosotros debemos buscar otro mundo. Este ya no nos pertenece. Los muertos no pueden albergarnos por mucho tiempo.

La marea oscura de ratas se dirige hacia las costas del este bajo la luz mortecina del ocaso. En los cielos del crepúsculo, una estrella jamás vista brilla con la intensidad de un sol lejano.

En las ciudades del mundo, los cadáveres adornan las calles como esquirlas de una civilización que explotó antes de tiempo. Una civilización que dominó el planeta por decenas de millones de años, hasta que un fragmento de piedra infectado de intangibles seres inteligentes se topó de repente con un planeta llamado Tierra.



miércoles, 26 de mayo de 2021

"El Zapallar" Por Rogelio Retuerto

El Zapallar

Hace una hora que los tunales y los sembradíos abandonados, cubiertos por la maleza y arbustos enanos, se repiten a ambos lados de la ruta como una secuencia automática; una secuencia que termina y reinicia como si alguien rebobinase la cinta al llegar al final. Todos los años hago este recorrido y en nada cambia ¿No me creen? Miren, entonces. Ahí viene un grupo de tunales abrazados, como niños contándose un secreto.

–¡Adiós tunales!

Ahora viene ese viejo cardón, hosco, enorme, de casi cinco metros de altura, enojado y aburrido por estar siempre clavado en el mismo lugar. Aún no; en cuatro, tres, dos, uno…

–¡Adiós, viejo cardón!

(Acomodo mi espejo retrovisor para observarlo. Ahí voltea y me mira. Siempre lo hace).

Aquí no hay pueblos. No hay senderos que se internen en el monte para llevarnos a ningún sitio. No hay aves que surquen los cielos ni animales que crucen apurados el camino.  Este estado de despojo de vida va a seguir por un rato más hasta que llegue al zapallar. Antes, voy a cruzar un desierto salino. En otros tiempos no era un desierto, eran sembradíos pertenecientes a una colonia agrícola de alemanes, pero ya no queda nada: ni sembrados, ni colonos, ni nada. Es como si el monte avanzase de a poco para tragárselo todo.

Pero no me preocupa ni el monte ni el desierto salino. Lo que me preocupa es el zapallar. Todos los cuatro de enero regreso al zapallar. En el último pueblo –cada vez queda más lejos. Les dije: el monte avanza cada año devorándolo todo– compré pan casero, quesillo y arrope de tuna para llevarle al Cuti. Él está enterrado en el zapallar. Antes le llevaba flores –cuando creía que estaba muerto–, pero ahora le llevo las cosas que a él le gustan. Yo sé que él espera cada año a que llegue la fecha.

Todo comenzó aquel sábado a la tarde, cuando fuimos a robar zapallos. Cuti y yo teníamos doce años, Daniel tenía once y Alejandro trece.

 

 

Sábado 4 de enero, veintidós años atrás. El zapallar

 

–¡Corran! ¡Corran! ¡Ahí viene! ¡Corran!

Ale corría en medio del zapallar, nosotros lo seguíamos. Si había alguien capaz de sacarnos de ese entuerto, ese era Ale. La polvareda en el camino delataba el arribo inminente de algún vehículo. “Que sea Froilán, que sea Froilán” rebotaba el eco del deseo en nuestras mentes aterradas. Froilán era el policía del pueblo. Si nos agarraba robando zapallos nos iba a llevar a la comisaria y después iría en busca de nuestros padres. Nuestros padres nos darían una paliza delante de Froilán y después regresaríamos a casa, un poco con el entrecejo fruncido, otro poco con el dolor de los chichones y el ardor de los chirlos a flor de piel. Lo que no queríamos era que nos encuentre el turco Mattas. El turco bajaba de su camioneta y comenzaba a disparar con su escopeta. Nunca preguntaba quién andaba en los sembrados. Le daba lo mismo que sea un ladrón, un chico travieso o algún animal comiéndose los zapallos.

El turco no era el dueño del zapallar. Él era el dueño del campo vecino, el que estaba separado del zapallar por un alambrado de dos hilos de púas herrumbradas y estacas podridas de quebracho. A veces pensábamos que para el turco era más terrible encontrarnos en el zapallar que encontrarnos en su propio campo. No, el turco no era el dueño del zapallar. El zapallar no tenía dueño y parecía que nadie quería adueñarse él. La gente lo rodeaba como si se tratase de un campo minado. Nosotros, a los doce años, no respetábamos la mitad de las cosas que los adultos respetaban. Creo que eso le costó la vida al Cuti aquella tarde de verano.

–Quédense tirados cuerpo a tierra –susurró Ale. Nosotros le hicimos caso.

Ale lo miró al Cuti, tenía la cara llena de tierra a punto de convertirse en barro al mezclarse con la transpiración. El Cuti estaba tirado al lado de él, temblando como una hoja. Ale comenzó a reír. Apretó los labios para retener la risa aprisionada en su boca, pero no pudo. Se insuflaron sus mejillas y comenzó a resoplar por la comisura de los labios.

–¿De qué te reís?  –preguntó el Cuti, algo molesto– Yo no tengo miedo –se excusó.

–Si no es por eso que me río –le dijo Ale. Las bocanadas de risa salían de su boca en soplidos imposibles de retener– A vos no te van… no…  –Los espasmos en el estómago provocados por la risa le impedían terminar la frase. Le miró la gran cabeza cubierta de rulos castaño claro, igual a las calabazas–, a vos no te van a encontrar… te van a confundir con un zapallo –dijo Ale. Todos rompimos en una carcajada.

–¡Cállense! –les dije–. Allá paró la camioneta. No es el turco, es Froilán.

Una parte de nosotros sentía un profundo alivio, pero no íbamos a salir. Si podíamos evitar la comisaría y la paliza de los viejos, las evitaríamos.

Froilán bajó de la F100, se acomodó los pantalones agarrándolos por el cinturón y realizó un paneo del campo. No nos vio o prefirió no vernos. Ya nos había llevado a la comisaría una vez, luego de que nuestros padres nos delataran por robar sandías en el campo de Matta. Esa vez nos había encerrado durante dos horas con el consentimiento de nuestros padres. Aquella tarde Froilán se había sentado en su silla, dándonos la espalda y se había puesto a ver una película de vaqueros.  De vez en cuando volteaba para vernos y sonreía, como si nuestra situación lo divirtiera.

Froilán miró hacia ambos lados del camino, bajo el cierre de su bragueta, extrajo un pene gordo y cortito y se puso a orinar sobre los yuyos.

–Con esa pistola no mata ni a un pajarito –dijo Ale.

Todos comenzamos a reír.

Froilán guardó su pequeñez y volvió a hacer un paneo del campo.

–¡Cállense, boludos! ¡Nos vio! –les dije.

Pero Froilán no nos había visto. Se subió a la camioneta y se fue por donde regresó.

–¡Arriba! –ordenó Ale–. Nos vamos. Olvídense de los zapallos. Alguien nos buchoneó con la cana y si nos quedamos van a volver. Mejor volvemos mañana. Vamos a la represa.

–¡Una carrera hasta la represa! –propuso Dani, y todos echamos a correr.

Ale encabezaba la fila; Dani iba segundo. Dani se cayó y se levantó de golpe, observando el suelo, como si algo malo sucediese en la tierra. Yo pasé corriendo a su lado y le grité que era un perdedor. El Cuti venía en último lugar.

–¡Paren! ¡Alguien me agarró el pie! –dijo Dani.

–¡Cola de perro! –le gritó el Cuti, pasando frente a él.

Al Cuti no le importaba ganar, no quería quedar en último lugar, como sucedía cada vez que corríamos carreras. Era la primera vez que lo veía sonreír mientras corría. Siempre iba último con cara de preocupación y la lengua asomando por la comisura de los labios.

Voltee para mirar a Dani, si lo que había dicho había sido una broma, una treta para retrasarnos, ya hubiera desistido y hubiera echado a correr para no perdernos el tranco. Pero seguía ahí, levantando los pies como si la tierra le quemase y observando el suelo. En un momento pegó un salto y comenzó a correr hacia nosotros. A unos veinte metros trastrabilló y espetó un grito de horror. Yo no sabía si era una treta o si era verdad que algo le ocurría, en cualquiera de los casos era conveniente seguir corriendo. Si era una treta, no me alcanzaría; y si algo malo pasaba en el zapallar, era mejor salir de ese lugar.

La sonrisa del Cuti se desvaneció en su rostro cuando lo vio pasar a Dani a toda carrera

“otra vez último”

Ale ya había salido del sembradío, había cruzado el camino y ya se encontraba en el campo de la vieja carbonada. Dani se acercaba al alambrado de salida, yo lo seguía a unos diez metros y diez metros más atrás ya se encontraba el Cuti en su puesto habitual. Al llegar al alambrado voltee para mirar al Cuti, pero este había desaparecido. Escudriñé el zapallar de punta a punta y no había ni rastros.

–¡Paren! ¡Vuelvan! –les grite– ¡Algo le pasó al Cuti!

La madre del Cuti siempre nos decía que tengamos cuidado con respecto a dónde lo llevábamos, porque estaba enfermo de los pulmones y pedía que no lo hagamos correr ya que después se quedaba sin aire y se desmayaba. Jugando con nosotros nunca le faltó el aire y nunca lo vimos desmayarse. Quizás la enferma era la madre, pero esta vez me había hecho dudar.

Dani regresó a mi lado. Ale estaba regresando a marcha lenta a más de cien metros desde el otro lado del camino. Se lo veía enojado, largando puteadas al aire.

–¡Así no vale, cagones! ¡La carrera la gané yo! –se quejó Ale, clavándose el índice en el pecho reiteradas veces.

Yo levante los brazos en el aire y le hice señas para que se apure. Ale se encogió de hombros.

–Piensa que lo queremos cagar –me dijo Dani.

Yo voltee de nuevo hacia el zapallar.

–¡Cuti! ¡Cuti! –lo llamamos.

–¡Dale, salí, cabeza de zapallo! –intimó Dani.

Pero en el zapallar fue todo quietud.

Yo me adelanté unos pasos y Dani me siguió.

–Por acá –le dije–. Vinimos por acá. Vení, vamos a buscarlo.

Habremos hecho unos veinte metros y nos encontramos con el cuerpo del Cuti tirado de espaldas en la tierra. Su cuerpo apenas se movía, sus ojos, en cambio, se movían desesperados, de un lado a otro como pidiendo ayuda. No podía hablar, una guía del zapallar se había metido en su boca impidiéndole pedir ayuda, otras guías lo habían sujetado de brazos y piernas, inmovilizándolo.

Eso fue todo lo que vio Dani aquella tarde, porque ni bien las guías comenzaron a constreñirse, salió corriendo hacia al camino con los brazos en alto como si fuesen sus brazos los que gritaban presos de pánico. Yo me quedé, no sé porque lo hice, pero me quedé.

Cuando estuve a punto de echar a correr detrás de Dani, los ojos del Cuti viraron y se clavaron en mí. No pude irme. Sabía que aquella cosa pronto iba a llevárselo, pero yo no podía irme. Dos guías pasaron bordeando mis pies y se sumaron a los amarres. No me buscaban a mí ni a Dani: lo querían a él. No podía dejar que muera solo, tirado en medio del campo como murió mi papá cuando se lo llevó la correntada en la inundación y todos huyeron. Yo no podía hacer eso.

–“¡Fueron las guías! ¡Se lo llevó el zapallar!” –eso diría Dani cuando Froilán le preguntara qué vio aquella tarde. Yo sabía que no fueron las guías. Las guías solo lo sujetaron, como fieles sacerdotes de un Dios desconocido al que rendían tributo.

La tierra se abrió. Una serie de articulaciones emergieron desde el bajo mundo. Primero pensé que eran raíces, luego me di cuenta que no lo eran. Tenían la consistencia de raíces, porque aquellas manos eran las de un ser vegetal o no sé a ciencia cierta si era vegetal, pero no era animal y tampoco era humano. Los largos dedos emergieron a cada lado del cuerpo del Cuti, como dos manos que formaron un cántaro para sostener a un bebé. Eran manos escuálidas y raquíticas; en los nudillos de los dedos tenían los mismos nudos que suelen tener las raíces. Cuando se estiraron en su plenitud, comenzaron a cerrarse sobre el cuerpo del Cuti. Se cerraron con suavidad, como si no quisieran hacerle daño. Una vez sujetado por las manos raíces, las guías lo soltaron para regresar a su función natural. La tierra bajo el cuerpo del Cuti comenzó a desmoronarse, formándose un gran sumidero. Pude ver por un instante los brazos de raíces bajo aquellas manos que pronto se lo llevaron hacia el bajo mundo.

Nadie creyó la historia de Dani, mucho menos la mía. En el pueblo dijeron que nos insolamos y que nos encontraron delirando y hablando estupideces.

Durante tres días lo buscaron al Cuti por los montes. Decían que, si fue víctima de la insolación, andaría por los montes perdido en su delirio. Al cuarto día la búsqueda cesó. Jamás lo buscaron dentro del zapallar.

A diferencia de lo que yo pensaba, la madre del Cuti no se enojó conmigo. Su puso muy triste, tristísima con la noticia, pero la recibió con resignación. Ella no alentó la búsqueda de su hijo. Decía que sería en vano y que jamás lo encontrarían.  Varias tardes se la pudo ver por el camino en dirección al zapallar, tal vez para ir llorar a su hijo.

Una tarde me la encontré. Mi madre me había enviado a encender una vela. Decía que era bueno darle luz al alma del Cuti, “bastante oscuridad tiene en donde está”, decía.

Cuando encendí la vela pude ver que la madre del Cuti no llevaba ni flores ni velas. Tenía la pelota de trapo con la que jugábamos en el patio de la casa, el balero del Cuti y un avión que habíamos hecho con madera de cajón de manzana. Quise preguntarle porque le llevaba esas cosas y no velas o flores que era lo que le gustaba a los muertos. La respuesta la recibiría ocho años después.

 

 

Miércoles 19 de febrero. Ocho años después de la desaparición del Cuti

 

Fue en aquel verano en que regresé al pueblo para visitar a los tíos y quedarme para el carnaval, cuando descubrí la verdad sobre la desaparición del Cuti.

El jueves a las diez de la mañana partiría hacía Buenos Aires en el micro que llegaba desde San Miguel de Tucumán. El miércoles por la tarde decidí ir a despedirme del Cuti llevándole flores y una vela al lugar en donde yo sabía que mi amigo estaba enterrado.

Fue extraño, pero cuando llegué al lugar estaba la madre del Cuti dejando cosas. Esta vez era quesillo y un frasco de arrope. Si no la conociese hubiera imaginado que se disponía a realizar algún tipo de ritual, pero yo la conocía y sabía que ella estaba ahí por su hijo.

Habían pasado ocho años, pero parecía haber envejecido veinte. Me acerqué y le di un beso.

–¿Cómo está, Doña Elvira? –le dije.

Ella se limitó a mirarme y a asentir.

Cuando vio que dejé las flores sobre la tierra y saqué la vela para encenderla, rompió el silencio.

–No vengas a dejar cosas de muertos a donde vive mi hijo –me dijo, con cierto fastidio en su mirada.

Imaginé que aquellas palabras habían nacido desde el más profundo dolor de una madre, pero también sentí que yo ya no era un niño y que no le haría ningún bien a Doña Elvira levantándome y retirándome del lugar como había hecho ocho años atrás.

–Cuti era mi mejor amigo –le dije–. Yo también lo extraño mucho, pero creo no le hace ningún bien atándolo a este mundo. Tiene que dejarlo ir, Doña Elvira, piense que él va a ir a un lugar mejor que adonde nos quedamos nosotros, un lugar donde llueve pan y los arroyos son de miel.

–¿Qué decís? –me dijo con terror en sus ojos–. Daría mi propia alma, sí eso sirviera, para evitar que él permanezca en ese lugar oscuro.

Sentí que Doña Elvira divagaba, que solo decía estupideces. No encontré las palabras para refutarla o corregirla, hasta que ciertas palabras del pasado volaron hasta mí, como murciélagos y lechuzas que de pronto anidaron en mi mente:

“los changos estaban en el monte. Deliraban por la insolación y decían estupideces. Dicen que al Cuti se lo llevó el zapallar”

 (Daría mi propia alma sí eso sirviera para evitar que él permanezca en ese lugar oscuro…)

“El changuito de los Juárez, ese es el más loco de todos. Dice que la tierra se abrió como si fuese una boca y se lo tragó al Cuti, que salieron manos que se lo llevaron”

(Daría mi propia alma sí eso sirviera para evitar que él permanezca en ese lugar oscuro…)

Doña Elvira se adentró al zapallar y, luego de caminar unos diez metros, dejó sobre el suelo sus ofrendas, se irguió y permaneció a la espera de que algo sucediese.

Estuve a punto de ratificar mis pensamientos sobre la locura de Doña Elvira, y lo hubiese hecho, sino fuera por los acontecimientos que se revelaron ante mis ojos: dedos escuálidos y raquíticos comenzaron a brotar de la tierra, como si fuesen extraños tubérculos asomando sus raíces, se extendieron hacia los cielos hasta formar una jaula de dedos sobre la ofrenda. La tierra bajo la ofrenda comenzó a derrumbarse formando un sumidero que se fue tragando la ofrenda. Los dedos se cerraron sobre la ofrenda como si fuesen las manos de un promesante rindiendo una plegaria. Estuvieron a punto de desaparecer bajo la tierra, pero se detuvieron, justo cuando Doña Elvira habló:

–Hijo mío, comparte esta ofrenda con el señor de la cosecha. Dáselo de mi parte para que tus días en el bajo mundo no sean tan oscuros.

Dichas estas palabras los dedos se perdieron como si nunca hubiesen existido.

Desde esa tarde, todos los aniversarios de la desaparición del Cuti, vengo al zapallar a traerle sus ofrendas.

La madre del Cuti murió hace cinco años. Trato de no pensar en lo que vi esa tarde junto a ella, pero una parte dentro de mí se pregunta cuán oscuros serían los días del Cuti si alguien no continuara con las ofrendas. Yo quería ser quien echara un poco de luz sobre su oscura existencia.

 

Hoy le llevo más cosas que de costumbre. El próximo verano estaré trabajando en Brasil y no creo que pueda tomarme el 4 de enero para venir hasta estas tierras.

Hoy el monte está extraño. Me siento observado, pero ¿por quién? Los arboles no tiene ojos y ya les dije que por aquí no quedan animales. Es como si la tierra se los hubiese tragado.

Cruzo la alambrada caída y me interno unos diez metros en el zapallar. Este verano los zapallos están más radiantes, esplendidos, rebozan de vida.

Abro el cierre del bolso y dejo todas las ofrendas sobre el suelo. Me levanto y me alejo unos dos metros esperando a que el Cuti se las lleve.

Los dedos comienzan a emerger de la tierra. Este año están más escuálidos, más raquíticos, se los nota enfermos. Eso me apena. Los dedos se estiran hacia los cielos dejando sus tres falanges a la vista, separadas por los tubérculos que ofician de nudillos. Permanecen en su posición, pero no se cierran. Es la primera vez que escucho palabras en este lugar.

–Acércate… acércate. –me dice una voz, solemne.

Me doy cuenta que es la voz del Cuti, la misma voz que yo recuerdo de mi amigo cuando era un niño. Dos lagrimones comienzan a bajar por mis mejillas. Me acerco llorando y me arrodillo sobre su tumba (no sé porque la siento así, pero es la primera vez que siento el frío de una tumba en este lugar). Una lágrima se desprende de mi mejilla y riego la tierra bajo mi rostro. 

–El Señor de la cosecha te agradece –me dice la voz–. Te agradece todos estos años de fieles servicios –agrega.

Yo asiento sin poder dejar de llorar.

–Yo también estoy agradecido –me dice.

Mi llanto se incrementa. Paso mi mano sobre uno de los extraños dedos que emergen de la tierra y siento en ellos la presencia de mi amigo. Él retribuye mi gesto acariciando mis pies con las guías del zapallar. El llanto en mi rostro vuelve a incrementarse. Es el primer contacto que tengo con mi amigo luego de veintidós años de ausencia.

–El Señor de la cosecha requiere una ofrenda mayor –me dice–, yo también la requiero –agrega.

–La que quieras –le digo, llorando–, la que quieras.

–Dice el Señor de la cosecha que esta será la última ofrenda que hagas.

–No tengo problemas en seguir haciéndolas –le digo, acariciando la tierra.

Las guías del zapallar se enrollan en mis brazos y en mis piernas. Me vuelcan boca arriba sobre la tierra. Cierro los ojos, pero no lloro. Mi conciencia es invadida por una profunda paz. Abro los ojos y veo pedacitos de cielo entre las hojas de zapallo que van cubriendo mi rostro. Siento las manos abriéndose paso en la tierra avanzando hacia la superficie. Cierro los ojos y me entrego a aquella paz extraña. La tierra debajo de mi espalda comienza a desmoronarse. Abro los ojos, inmensos: ya todo es oscuridad. Un pensamiento siniestro resuena como una alarma en mi mente:

“Quién me traerá a mí sus ofrendas”

El presente relato fue publicado bajo el nombre de “La última ofrenda” por Revista The Wax el 10 de agosto de 2017.