"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

miércoles, 26 de mayo de 2021

"El Zapallar" Por Rogelio Retuerto

El Zapallar

Hace una hora que los tunales y los sembradíos abandonados, cubiertos por la maleza y arbustos enanos, se repiten a ambos lados de la ruta como una secuencia automática; una secuencia que termina y reinicia como si alguien rebobinase la cinta al llegar al final. Todos los años hago este recorrido y en nada cambia ¿No me creen? Miren, entonces. Ahí viene un grupo de tunales abrazados, como niños contándose un secreto.

–¡Adiós tunales!

Ahora viene ese viejo cardón, hosco, enorme, de casi cinco metros de altura, enojado y aburrido por estar siempre clavado en el mismo lugar. Aún no; en cuatro, tres, dos, uno…

–¡Adiós, viejo cardón!

(Acomodo mi espejo retrovisor para observarlo. Ahí voltea y me mira. Siempre lo hace).

Aquí no hay pueblos. No hay senderos que se internen en el monte para llevarnos a ningún sitio. No hay aves que surquen los cielos ni animales que crucen apurados el camino.  Este estado de despojo de vida va a seguir por un rato más hasta que llegue al zapallar. Antes, voy a cruzar un desierto salino. En otros tiempos no era un desierto, eran sembradíos pertenecientes a una colonia agrícola de alemanes, pero ya no queda nada: ni sembrados, ni colonos, ni nada. Es como si el monte avanzase de a poco para tragárselo todo.

Pero no me preocupa ni el monte ni el desierto salino. Lo que me preocupa es el zapallar. Todos los cuatro de enero regreso al zapallar. En el último pueblo –cada vez queda más lejos. Les dije: el monte avanza cada año devorándolo todo– compré pan casero, quesillo y arrope de tuna para llevarle al Cuti. Él está enterrado en el zapallar. Antes le llevaba flores –cuando creía que estaba muerto–, pero ahora le llevo las cosas que a él le gustan. Yo sé que él espera cada año a que llegue la fecha.

Todo comenzó aquel sábado a la tarde, cuando fuimos a robar zapallos. Cuti y yo teníamos doce años, Daniel tenía once y Alejandro trece.

 

 

Sábado 4 de enero, veintidós años atrás. El zapallar

 

–¡Corran! ¡Corran! ¡Ahí viene! ¡Corran!

Ale corría en medio del zapallar, nosotros lo seguíamos. Si había alguien capaz de sacarnos de ese entuerto, ese era Ale. La polvareda en el camino delataba el arribo inminente de algún vehículo. “Que sea Froilán, que sea Froilán” rebotaba el eco del deseo en nuestras mentes aterradas. Froilán era el policía del pueblo. Si nos agarraba robando zapallos nos iba a llevar a la comisaria y después iría en busca de nuestros padres. Nuestros padres nos darían una paliza delante de Froilán y después regresaríamos a casa, un poco con el entrecejo fruncido, otro poco con el dolor de los chichones y el ardor de los chirlos a flor de piel. Lo que no queríamos era que nos encuentre el turco Mattas. El turco bajaba de su camioneta y comenzaba a disparar con su escopeta. Nunca preguntaba quién andaba en los sembrados. Le daba lo mismo que sea un ladrón, un chico travieso o algún animal comiéndose los zapallos.

El turco no era el dueño del zapallar. Él era el dueño del campo vecino, el que estaba separado del zapallar por un alambrado de dos hilos de púas herrumbradas y estacas podridas de quebracho. A veces pensábamos que para el turco era más terrible encontrarnos en el zapallar que encontrarnos en su propio campo. No, el turco no era el dueño del zapallar. El zapallar no tenía dueño y parecía que nadie quería adueñarse él. La gente lo rodeaba como si se tratase de un campo minado. Nosotros, a los doce años, no respetábamos la mitad de las cosas que los adultos respetaban. Creo que eso le costó la vida al Cuti aquella tarde de verano.

–Quédense tirados cuerpo a tierra –susurró Ale. Nosotros le hicimos caso.

Ale lo miró al Cuti, tenía la cara llena de tierra a punto de convertirse en barro al mezclarse con la transpiración. El Cuti estaba tirado al lado de él, temblando como una hoja. Ale comenzó a reír. Apretó los labios para retener la risa aprisionada en su boca, pero no pudo. Se insuflaron sus mejillas y comenzó a resoplar por la comisura de los labios.

–¿De qué te reís?  –preguntó el Cuti, algo molesto– Yo no tengo miedo –se excusó.

–Si no es por eso que me río –le dijo Ale. Las bocanadas de risa salían de su boca en soplidos imposibles de retener– A vos no te van… no…  –Los espasmos en el estómago provocados por la risa le impedían terminar la frase. Le miró la gran cabeza cubierta de rulos castaño claro, igual a las calabazas–, a vos no te van a encontrar… te van a confundir con un zapallo –dijo Ale. Todos rompimos en una carcajada.

–¡Cállense! –les dije–. Allá paró la camioneta. No es el turco, es Froilán.

Una parte de nosotros sentía un profundo alivio, pero no íbamos a salir. Si podíamos evitar la comisaría y la paliza de los viejos, las evitaríamos.

Froilán bajó de la F100, se acomodó los pantalones agarrándolos por el cinturón y realizó un paneo del campo. No nos vio o prefirió no vernos. Ya nos había llevado a la comisaría una vez, luego de que nuestros padres nos delataran por robar sandías en el campo de Matta. Esa vez nos había encerrado durante dos horas con el consentimiento de nuestros padres. Aquella tarde Froilán se había sentado en su silla, dándonos la espalda y se había puesto a ver una película de vaqueros.  De vez en cuando volteaba para vernos y sonreía, como si nuestra situación lo divirtiera.

Froilán miró hacia ambos lados del camino, bajo el cierre de su bragueta, extrajo un pene gordo y cortito y se puso a orinar sobre los yuyos.

–Con esa pistola no mata ni a un pajarito –dijo Ale.

Todos comenzamos a reír.

Froilán guardó su pequeñez y volvió a hacer un paneo del campo.

–¡Cállense, boludos! ¡Nos vio! –les dije.

Pero Froilán no nos había visto. Se subió a la camioneta y se fue por donde regresó.

–¡Arriba! –ordenó Ale–. Nos vamos. Olvídense de los zapallos. Alguien nos buchoneó con la cana y si nos quedamos van a volver. Mejor volvemos mañana. Vamos a la represa.

–¡Una carrera hasta la represa! –propuso Dani, y todos echamos a correr.

Ale encabezaba la fila; Dani iba segundo. Dani se cayó y se levantó de golpe, observando el suelo, como si algo malo sucediese en la tierra. Yo pasé corriendo a su lado y le grité que era un perdedor. El Cuti venía en último lugar.

–¡Paren! ¡Alguien me agarró el pie! –dijo Dani.

–¡Cola de perro! –le gritó el Cuti, pasando frente a él.

Al Cuti no le importaba ganar, no quería quedar en último lugar, como sucedía cada vez que corríamos carreras. Era la primera vez que lo veía sonreír mientras corría. Siempre iba último con cara de preocupación y la lengua asomando por la comisura de los labios.

Voltee para mirar a Dani, si lo que había dicho había sido una broma, una treta para retrasarnos, ya hubiera desistido y hubiera echado a correr para no perdernos el tranco. Pero seguía ahí, levantando los pies como si la tierra le quemase y observando el suelo. En un momento pegó un salto y comenzó a correr hacia nosotros. A unos veinte metros trastrabilló y espetó un grito de horror. Yo no sabía si era una treta o si era verdad que algo le ocurría, en cualquiera de los casos era conveniente seguir corriendo. Si era una treta, no me alcanzaría; y si algo malo pasaba en el zapallar, era mejor salir de ese lugar.

La sonrisa del Cuti se desvaneció en su rostro cuando lo vio pasar a Dani a toda carrera

“otra vez último”

Ale ya había salido del sembradío, había cruzado el camino y ya se encontraba en el campo de la vieja carbonada. Dani se acercaba al alambrado de salida, yo lo seguía a unos diez metros y diez metros más atrás ya se encontraba el Cuti en su puesto habitual. Al llegar al alambrado voltee para mirar al Cuti, pero este había desaparecido. Escudriñé el zapallar de punta a punta y no había ni rastros.

–¡Paren! ¡Vuelvan! –les grite– ¡Algo le pasó al Cuti!

La madre del Cuti siempre nos decía que tengamos cuidado con respecto a dónde lo llevábamos, porque estaba enfermo de los pulmones y pedía que no lo hagamos correr ya que después se quedaba sin aire y se desmayaba. Jugando con nosotros nunca le faltó el aire y nunca lo vimos desmayarse. Quizás la enferma era la madre, pero esta vez me había hecho dudar.

Dani regresó a mi lado. Ale estaba regresando a marcha lenta a más de cien metros desde el otro lado del camino. Se lo veía enojado, largando puteadas al aire.

–¡Así no vale, cagones! ¡La carrera la gané yo! –se quejó Ale, clavándose el índice en el pecho reiteradas veces.

Yo levante los brazos en el aire y le hice señas para que se apure. Ale se encogió de hombros.

–Piensa que lo queremos cagar –me dijo Dani.

Yo voltee de nuevo hacia el zapallar.

–¡Cuti! ¡Cuti! –lo llamamos.

–¡Dale, salí, cabeza de zapallo! –intimó Dani.

Pero en el zapallar fue todo quietud.

Yo me adelanté unos pasos y Dani me siguió.

–Por acá –le dije–. Vinimos por acá. Vení, vamos a buscarlo.

Habremos hecho unos veinte metros y nos encontramos con el cuerpo del Cuti tirado de espaldas en la tierra. Su cuerpo apenas se movía, sus ojos, en cambio, se movían desesperados, de un lado a otro como pidiendo ayuda. No podía hablar, una guía del zapallar se había metido en su boca impidiéndole pedir ayuda, otras guías lo habían sujetado de brazos y piernas, inmovilizándolo.

Eso fue todo lo que vio Dani aquella tarde, porque ni bien las guías comenzaron a constreñirse, salió corriendo hacia al camino con los brazos en alto como si fuesen sus brazos los que gritaban presos de pánico. Yo me quedé, no sé porque lo hice, pero me quedé.

Cuando estuve a punto de echar a correr detrás de Dani, los ojos del Cuti viraron y se clavaron en mí. No pude irme. Sabía que aquella cosa pronto iba a llevárselo, pero yo no podía irme. Dos guías pasaron bordeando mis pies y se sumaron a los amarres. No me buscaban a mí ni a Dani: lo querían a él. No podía dejar que muera solo, tirado en medio del campo como murió mi papá cuando se lo llevó la correntada en la inundación y todos huyeron. Yo no podía hacer eso.

–“¡Fueron las guías! ¡Se lo llevó el zapallar!” –eso diría Dani cuando Froilán le preguntara qué vio aquella tarde. Yo sabía que no fueron las guías. Las guías solo lo sujetaron, como fieles sacerdotes de un Dios desconocido al que rendían tributo.

La tierra se abrió. Una serie de articulaciones emergieron desde el bajo mundo. Primero pensé que eran raíces, luego me di cuenta que no lo eran. Tenían la consistencia de raíces, porque aquellas manos eran las de un ser vegetal o no sé a ciencia cierta si era vegetal, pero no era animal y tampoco era humano. Los largos dedos emergieron a cada lado del cuerpo del Cuti, como dos manos que formaron un cántaro para sostener a un bebé. Eran manos escuálidas y raquíticas; en los nudillos de los dedos tenían los mismos nudos que suelen tener las raíces. Cuando se estiraron en su plenitud, comenzaron a cerrarse sobre el cuerpo del Cuti. Se cerraron con suavidad, como si no quisieran hacerle daño. Una vez sujetado por las manos raíces, las guías lo soltaron para regresar a su función natural. La tierra bajo el cuerpo del Cuti comenzó a desmoronarse, formándose un gran sumidero. Pude ver por un instante los brazos de raíces bajo aquellas manos que pronto se lo llevaron hacia el bajo mundo.

Nadie creyó la historia de Dani, mucho menos la mía. En el pueblo dijeron que nos insolamos y que nos encontraron delirando y hablando estupideces.

Durante tres días lo buscaron al Cuti por los montes. Decían que, si fue víctima de la insolación, andaría por los montes perdido en su delirio. Al cuarto día la búsqueda cesó. Jamás lo buscaron dentro del zapallar.

A diferencia de lo que yo pensaba, la madre del Cuti no se enojó conmigo. Su puso muy triste, tristísima con la noticia, pero la recibió con resignación. Ella no alentó la búsqueda de su hijo. Decía que sería en vano y que jamás lo encontrarían.  Varias tardes se la pudo ver por el camino en dirección al zapallar, tal vez para ir llorar a su hijo.

Una tarde me la encontré. Mi madre me había enviado a encender una vela. Decía que era bueno darle luz al alma del Cuti, “bastante oscuridad tiene en donde está”, decía.

Cuando encendí la vela pude ver que la madre del Cuti no llevaba ni flores ni velas. Tenía la pelota de trapo con la que jugábamos en el patio de la casa, el balero del Cuti y un avión que habíamos hecho con madera de cajón de manzana. Quise preguntarle porque le llevaba esas cosas y no velas o flores que era lo que le gustaba a los muertos. La respuesta la recibiría ocho años después.

 

 

Miércoles 19 de febrero. Ocho años después de la desaparición del Cuti

 

Fue en aquel verano en que regresé al pueblo para visitar a los tíos y quedarme para el carnaval, cuando descubrí la verdad sobre la desaparición del Cuti.

El jueves a las diez de la mañana partiría hacía Buenos Aires en el micro que llegaba desde San Miguel de Tucumán. El miércoles por la tarde decidí ir a despedirme del Cuti llevándole flores y una vela al lugar en donde yo sabía que mi amigo estaba enterrado.

Fue extraño, pero cuando llegué al lugar estaba la madre del Cuti dejando cosas. Esta vez era quesillo y un frasco de arrope. Si no la conociese hubiera imaginado que se disponía a realizar algún tipo de ritual, pero yo la conocía y sabía que ella estaba ahí por su hijo.

Habían pasado ocho años, pero parecía haber envejecido veinte. Me acerqué y le di un beso.

–¿Cómo está, Doña Elvira? –le dije.

Ella se limitó a mirarme y a asentir.

Cuando vio que dejé las flores sobre la tierra y saqué la vela para encenderla, rompió el silencio.

–No vengas a dejar cosas de muertos a donde vive mi hijo –me dijo, con cierto fastidio en su mirada.

Imaginé que aquellas palabras habían nacido desde el más profundo dolor de una madre, pero también sentí que yo ya no era un niño y que no le haría ningún bien a Doña Elvira levantándome y retirándome del lugar como había hecho ocho años atrás.

–Cuti era mi mejor amigo –le dije–. Yo también lo extraño mucho, pero creo no le hace ningún bien atándolo a este mundo. Tiene que dejarlo ir, Doña Elvira, piense que él va a ir a un lugar mejor que adonde nos quedamos nosotros, un lugar donde llueve pan y los arroyos son de miel.

–¿Qué decís? –me dijo con terror en sus ojos–. Daría mi propia alma, sí eso sirviera, para evitar que él permanezca en ese lugar oscuro.

Sentí que Doña Elvira divagaba, que solo decía estupideces. No encontré las palabras para refutarla o corregirla, hasta que ciertas palabras del pasado volaron hasta mí, como murciélagos y lechuzas que de pronto anidaron en mi mente:

“los changos estaban en el monte. Deliraban por la insolación y decían estupideces. Dicen que al Cuti se lo llevó el zapallar”

 (Daría mi propia alma sí eso sirviera para evitar que él permanezca en ese lugar oscuro…)

“El changuito de los Juárez, ese es el más loco de todos. Dice que la tierra se abrió como si fuese una boca y se lo tragó al Cuti, que salieron manos que se lo llevaron”

(Daría mi propia alma sí eso sirviera para evitar que él permanezca en ese lugar oscuro…)

Doña Elvira se adentró al zapallar y, luego de caminar unos diez metros, dejó sobre el suelo sus ofrendas, se irguió y permaneció a la espera de que algo sucediese.

Estuve a punto de ratificar mis pensamientos sobre la locura de Doña Elvira, y lo hubiese hecho, sino fuera por los acontecimientos que se revelaron ante mis ojos: dedos escuálidos y raquíticos comenzaron a brotar de la tierra, como si fuesen extraños tubérculos asomando sus raíces, se extendieron hacia los cielos hasta formar una jaula de dedos sobre la ofrenda. La tierra bajo la ofrenda comenzó a derrumbarse formando un sumidero que se fue tragando la ofrenda. Los dedos se cerraron sobre la ofrenda como si fuesen las manos de un promesante rindiendo una plegaria. Estuvieron a punto de desaparecer bajo la tierra, pero se detuvieron, justo cuando Doña Elvira habló:

–Hijo mío, comparte esta ofrenda con el señor de la cosecha. Dáselo de mi parte para que tus días en el bajo mundo no sean tan oscuros.

Dichas estas palabras los dedos se perdieron como si nunca hubiesen existido.

Desde esa tarde, todos los aniversarios de la desaparición del Cuti, vengo al zapallar a traerle sus ofrendas.

La madre del Cuti murió hace cinco años. Trato de no pensar en lo que vi esa tarde junto a ella, pero una parte dentro de mí se pregunta cuán oscuros serían los días del Cuti si alguien no continuara con las ofrendas. Yo quería ser quien echara un poco de luz sobre su oscura existencia.

 

Hoy le llevo más cosas que de costumbre. El próximo verano estaré trabajando en Brasil y no creo que pueda tomarme el 4 de enero para venir hasta estas tierras.

Hoy el monte está extraño. Me siento observado, pero ¿por quién? Los arboles no tiene ojos y ya les dije que por aquí no quedan animales. Es como si la tierra se los hubiese tragado.

Cruzo la alambrada caída y me interno unos diez metros en el zapallar. Este verano los zapallos están más radiantes, esplendidos, rebozan de vida.

Abro el cierre del bolso y dejo todas las ofrendas sobre el suelo. Me levanto y me alejo unos dos metros esperando a que el Cuti se las lleve.

Los dedos comienzan a emerger de la tierra. Este año están más escuálidos, más raquíticos, se los nota enfermos. Eso me apena. Los dedos se estiran hacia los cielos dejando sus tres falanges a la vista, separadas por los tubérculos que ofician de nudillos. Permanecen en su posición, pero no se cierran. Es la primera vez que escucho palabras en este lugar.

–Acércate… acércate. –me dice una voz, solemne.

Me doy cuenta que es la voz del Cuti, la misma voz que yo recuerdo de mi amigo cuando era un niño. Dos lagrimones comienzan a bajar por mis mejillas. Me acerco llorando y me arrodillo sobre su tumba (no sé porque la siento así, pero es la primera vez que siento el frío de una tumba en este lugar). Una lágrima se desprende de mi mejilla y riego la tierra bajo mi rostro. 

–El Señor de la cosecha te agradece –me dice la voz–. Te agradece todos estos años de fieles servicios –agrega.

Yo asiento sin poder dejar de llorar.

–Yo también estoy agradecido –me dice.

Mi llanto se incrementa. Paso mi mano sobre uno de los extraños dedos que emergen de la tierra y siento en ellos la presencia de mi amigo. Él retribuye mi gesto acariciando mis pies con las guías del zapallar. El llanto en mi rostro vuelve a incrementarse. Es el primer contacto que tengo con mi amigo luego de veintidós años de ausencia.

–El Señor de la cosecha requiere una ofrenda mayor –me dice–, yo también la requiero –agrega.

–La que quieras –le digo, llorando–, la que quieras.

–Dice el Señor de la cosecha que esta será la última ofrenda que hagas.

–No tengo problemas en seguir haciéndolas –le digo, acariciando la tierra.

Las guías del zapallar se enrollan en mis brazos y en mis piernas. Me vuelcan boca arriba sobre la tierra. Cierro los ojos, pero no lloro. Mi conciencia es invadida por una profunda paz. Abro los ojos y veo pedacitos de cielo entre las hojas de zapallo que van cubriendo mi rostro. Siento las manos abriéndose paso en la tierra avanzando hacia la superficie. Cierro los ojos y me entrego a aquella paz extraña. La tierra debajo de mi espalda comienza a desmoronarse. Abro los ojos, inmensos: ya todo es oscuridad. Un pensamiento siniestro resuena como una alarma en mi mente:

“Quién me traerá a mí sus ofrendas”

El presente relato fue publicado bajo el nombre de “La última ofrenda” por Revista The Wax el 10 de agosto de 2017.

martes, 28 de julio de 2020

¡¿Quién quiere las riquezas de Zteot?! Por Rogelio O. Retuerto


¡¿Quién quiere las riquezas de Zteot?!



 1
–¡¿Quién quiere las riquezas de Zteot?!
En las tribunas los espectadores enmudecieron. Después de cincuenta vueltas alrededor del sol, Amarok era el primer concursante en estar ante la pregunta final. Si reclamaba las riquezas de Zteot, el anfitrión la haría una última pregunta. Si acertaba; Zteot, la quinta luna de Ambaraet, abandonada hacía ya mucho tiempo luego de las guerras confederadas, se le entregaría por el término que durase su vida. Si, en cambio, elegía “Sueño”, podría renunciar a las riquezas de Zteot para reclamar un sueño. Pero todos sabían que para un ambaraetica no existían sueños equiparables a poseer Zteot… para ningún ambaraetica, excepto para Amarok . 
Muchos años antes de que culminasen las guerras confederadas, un remoto planeta ubicado en la tercera órbita de un sol lejano fue incorporado al escenario de la guerra. El sistema de ocho planetas circundantes era paso obligado para los Mboeks en su marcha hacia el sistema binario enemigo. Existía un problema: las naves mboeks no tenían autonomía suficiente como para llegar a destino. Pero con el descubrimiento del nuevo sol y el tercer planeta todo cambió. El sol les proveería la energía necesaria para las naves y el tercer planeta el alimento: humanos. Amarok era sobreviviente de la conquista Mboek sobre la tierra. Literalmente la arrasaron y redujeron la vida futura del sol en mil millones de años.
El público ya cantaba en las tribunas “¡Zteot! ¡Zteot! ¡Zteot!”. El anfitrión reiteró la pregunta y cuando Amarok dio la respuesta la tribuna enmudeció.
–Sueño. 
La cara del conductor se desencajó y casi deja caer su tubo de fluidos. Debió apegarse al protocolo y continuar con el programa.
–¿Respuesta final? 
La atmosfera dentro del estudio se cortaba con el movimiento de las conciencias de los ambaraeiticas. Por eso nadie pensó.
–Respuesta final… 
2
El gobierno de Ambaraet tuvo que movilizar sus tropas luego de doscientos ciclos de paz para cumplir con el sueño de un refugiado: reconquistar La Tierra y reclamarla para… ¿Amarok? Sí, Amarok era el nuevo dueño de La Tierra. La hubiese reclamado para la humanidad, pero la humanidad ya no existía.
Las naves rugieron cuando penetraron la atmósfera terrestre. Dos guardias mboeks elevaron sus ojos cuando sintieron abrirse la garganta del cielo. Las naves de Ambaraet iniciaron la descarga de rayos sobre la superficie del planeta. Allí dónde los sensores detectaban movimiento las naves disparaban. Se corría el riesgo de aniquilar, de este modo, a la fauna sobreviviente, incluidos los humanos, pero el General a cargo quería terminar con la operación lo antes posible. Cuando el General consideró que las condiciones para el descenso eran oportunas, ordenó el aterrizaje. El rápido despliegue de infantería exterminó los últimos focos de resistencia Mboek.
–Entablamos conexión con el tercer planeta. Aquí Ambaraet ¿me escuchan?  
–Te escuchamos, Pliguers –contestó el movilero que había cubierto en vivo y en directo la reconquista de la Tierra–. Amarok ya está en posesión de su planeta. Ya obtuvo su premio.
Las tribunas, que habían seguido la transmisión en vivo, estallaron al grito de “¡Sueño! ¡Sueño! ¡Sueño!”  
Los soldados dejaron a Amarok en la Bahía de San Francisco, en el muelle donde había solicitado quedarse. El General Sgorl lo saludo de forma marcial. El movilero le dio una brizna de recuerdos y las naves se perdieron en el cielo rojizo. 


Amarok contemplo la ciudad en ruinas. Quiso llorar, pero no sabía cómo hacerlo. Atravesó el asfaltó agrietado de El Embarcadero y se puso en marcha hacia el oeste a través de Washington Street. Contempló los árboles muertos del Sue Bierman Park con sus brazos calcinados estirados al cielo y sus bocas abiertas pidiendo clemencia. Atravesó el distrito financiero y se encaminó hacia su antiguo hogar. En el camino se cruzó con una vieja tienda Hitachi y se le estrujó la memoria. Atravesó la calle y se paró frente la vidriera inexistente rememorando viejos tiempos. Allí estuvo parado él, viendo como transcurría la vida de la cuidad durante dos años. Fueron dos largos años hasta el día en que llegaron el señor y la señora Simmons y decidieron comprarlo. Volteó la  cabeza y vio que estaba anocheciendo. Retomó la marcha y, cuando las penumbras de la noche comenzaban a consumirlo todo, llegó. La casa de los Simmons, su hogar, estaba intacto. Todo el barrio estaba intacto. A las zonas residenciales las habían atacado con radiación ionizante. Amarok atravesó el jardín de extrañas plantas fluorescentes (no las recordaba, habían crecido tras la radiación). Entró en la casa. Subió las escaleras y buscó el último cuarto. Entró. En la cama dormían su sueño eterno los esqueletos del señor y la señora Simmos. Amarok se subió a la cama. Se recostó entre sus antiguos dueños. Los tomó de la mano. Quiso llorar, pero no pudo. No sabía cómo hacerlo. Abrió su compartimento de baterías y las retiró. En su pantalla líquida se inició la cuenta regresiva empezando en “9… 8…7…”. Amarok volvió a tomar las manos esqueléticas de sus antiguos dueños. Cerró los ojos y durmió.


Copyright © 2020 Rogelio Oscar Retuerto
Todos los derechos reservados


miércoles, 16 de octubre de 2019

"Lidia" de Eugenia Zuran

Confieso que he leído...
Eugenia Zuran es una escritora argentina que he conocido hace poco. La conocí a través de un relato que envió a la convocatoria Amar en Tiempos del Fin que impulsáramos desde Revista Cruz Diablo. A veces arribo a la conclusión de que Cruz Diablo tiene un objetivo general y otro particular. El general es dar a conocer a los nuevos escritores del género. Construir un puente de letras entre los ávidos lectores de King, Poe, Lovecraft, Asimov, Dick, Bradbury y los escritores que intentan seguir sus pasos. El particular anida en lo profundo del inconsciente y, como todo lo oculto en los laberintos del ser, constituye un deseo, un sueño. Ese deseo se satisface cuando conozco escritores y escritoras nóveles que me deslumbran. Desde esa finalidad, Cruz Diablo se convierte en un señuelo para atrapar a escritores/as ávidos/os de ojos que los lean y almas que los sueñen. Sí, Cruz Diablo también es una trampa para atrapar escritores (en cada publicación media docena de ellos quedan atrapados en las tierras de la inmortalidad. Aunque lo deseen, de allí no se puede salir. Cada vez que escribimos nos hacemos inmortales). En la última convocatoria conocí a una joven escritora de Ramos Mejía: Eugenia Zuran. “Lidia” es su primera novela y es una novela digna de ser leída por todos aquellos que son amantes del susupense, el misterio y el thriller psicológico. Escrita con una prosa sencilla, pero impecable, hace recordar por momentos a la pluma del californiano John Saúl. A quien haya leído “Cuando sopla el viento” del escritor nacido en Pasadena se les hará imposible no encontrar similitudes con “Lidia”, no porque pretenda ser una copia (intuyo ,incluso, que la autora puede no haber leído a John Saúl. Hay escritores que nacen con un espíritu compartido, y el de Saúl y Zuran se parecen), sino por el papel de los personajes y el estilo narrativo. Una abuela que porta un extraño misterio en su sangre; una tragedia familiar que, conforme avanza la lectura, nos hace dudar si la tragedia que sacude la vida de Lidia no es preexistente, incluso, a su propio nacimiento ¿Estaba sellado el destino de Lidia desde antes de su nacimiento? A muchos les quedará la sensación de que así es. Sí en la novela de John Saúl hay misterios que habitan en el viento, en la de Zuran hay misterios ocultos en las sombras. En ambos casos ejercen una extraña influencia sobre las protagonistas. Lidia es una elegía contra el encierro. Lidia nace en un claustro cuando llega a este mundo. Casi toda la novela transcurre en el encierro de su casa, en el encierro de su destino infranqueable. El encierro también estará simbolizado por el papel que jugará en su destino la vida que se desarrolla entre los muros de un orfanato. Todo aquel que pueda leer Lidia debería hacerlo. Es una novela corta que invita a ser leída de un tirón. Los que vivan en Buenos Aires y deseen conocer a la autora y acceder a su novela, se podrán encontrar con ambas en la presentación que hará Ediciones Alfeizar en ESPACIO ESFERA, Talcahuano 287 (entre Sarmiento y Perón) CABA, el viernes 22 de noviembre de 2019 de 19 a 21hs.

lunes, 25 de marzo de 2019

Solución Final

Solución Final
Por
Rogelio Oscar Retuerto

Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto


El tercer planeta ya casi está ganado. El Exercitus ab Aethra Siderea Polus Humanity acaba con los últimos focos de resistencia. El paisaje es desolador. Construcciones incendiadas extienden sus lenguas de fuego lamiendo pedazos de cielo en resplandores violetas. Las columnas de humo naranja se elevan para precipitarse luego en una lluvia de cenizas purpureas que lo van cubriendo todo. Ya casi todo termina. Casi.
Enterrado en el desierto, en las afueras de la ciudad, el Ébigor espera las condiciones objetivas. Quizás sea uno de los últimos organismos del tercer planeta en condiciones de levantarse. De pronto abre sus ojos ¿Dije organismo? Bueno, en parte lo es y en parte no. La extraña máquina se incorpora mientras las arenas resbalan sobre su cuerpo para regresar al desierto ¿Dije máquina? En realidad en parte lo es y en parte no. No le importa poder ser el último en el tercer planeta. No lo conmueve la postal apocalíptica. Fue diseñado para brindar la solución final.
Los coleópteros scanner descienden sobre la ciudad en ruinas. Desde la nave nodriza emergen miles de unidades de transporte que depositarán cientos de miles de invasores sobre una tierra que no les pertenece, como si la nave nodriza fuese un inmenso moscardón que infesta de pestilencia la nueva tierra depositando sus huevos sobre un organismo extraño.
El Ébigor se desentierra por completo. Su cuerpo metálico resplandece como una moneda de plata en medio del desierto teñido de aloque.
La nave nodriza sigue pululando sus parásitos sobre la tierra devastada. El Ébigor activa la única función con la que cuenta. La cuenta regresiva se enciende en su pantalla líquida. Comienza su carrera hacia la ciudad.
Las tropas humanas festejan una nueva conquista en medio de ruinas y olores a muerte. La carne quemada despierta en las tropas recuerdos gastronómicos propios de otros tiempos.  Nadie se cuestiona si el establecimiento de colonias experimentales en planetas habitados vale la pena un genocidio. Los invasores detienen su festejo. Una reminiscencia ancestral los envuelve por completo. Jurarían que aquella tierra les habla. Jurarían entender palabras susurradas en el viento. Los soldados se perturban.
El Ébigor sigue corriendo. Delante de él, la ciudad se agiganta. Los hombres esgrimen miembros amputados como trofeos de guerra. El Ébigor es ahora una estela de fuego que surca el desierto. Nadie podrá verlo cuando llegue. La pantalla líquida se apaga. Los ojos visores se encienden como brasas. El Ébigor se pierde en su alocada carrera hacia la ciudad envuelta en humo y cenizas.
Los fulgores del ocaso envuelven a la ciudad caída. Pronto, un ocaso mucho mayor la envolverá por completo en fulgores estelares. Una tormenta de fuego purificador emergerá de entre sus ruinas para cubrir el planeta entero en cuestión de minutos.
Mientras tanto, otros Ébigor descansan en la soledad del desierto esperando su turno para despertar.
Aunque nadie recuerde que hace dos millones de años una raza inteligente debió abandonar esta Tierra y sembrar de bombas extintoras el desierto del plantea abandonado, aunque nadie comprenda que cada invasor contiene en su genética la historia milenaria de la raza exterminada, cuando en millones de años la evolución repita su ciclo cubriendo de vida por enésima vez a esta tierra, los Ébigors estarán ahí, durmiendo su sueño eterno, listos para hacer cumplir la profecía de la raza que los creo en tiempos inmemoriales: el tercer planeta jamás será conquistado. 



domingo, 30 de septiembre de 2018

"Donde todo termina" (Mención de Honor Instituto de las Letras 2016)

Donde todo termina
Por
Rogelio Oscar Retuerto


Copyright © 2017 Rogelio Oscar Retuerto







A Marcelo
y a todos los locos que nos devolvió
 la guerra.

No sé para qué volví a las islas. Tal vez, para reencontrarme con el pibe que deje acá hace treinta y cuatro años. Lo único que recuerdo fue levantarme una mañana, agarrar la pistola y ponerle una bala en la recámara. Después, no recuerdo más nada. Sí recuerdo mi soledad: una sensación fría y amarga, insoportable. Quizás todo comenzó cuando decidí presentarle batalla a la soledad ¡Qué burla del destino! «La Soledad». Esa fue siempre fría y dura como una roca. De la de al lado no pienso hablar. En esa murieron Tito y el gordo Roque. «Malvina». Es la más fría (y la más funesta).

        Acá perdí un ojo y una pierna. Quizás por eso los kelpers dejaron que me quedara, porque dicen que nací acá, que es a dónde pertenezco, que en estas islas nací de nuevo hace treinta y cuatro años.        

Creo que fui yo el que comenzó todo, porque este lugar es tan chico que acá nadie pierde nada. Sin embargo, tuve que venir yo a perder a mis amigos. Después perdí un ojo y una pierna y, con ellos, mi país perdió una guerra.

Cuando regresé a las islas me dieron una casita y un gato negro. Lo de la casita lo entiendo, pero ¿el gato? Creo que me lo dieron para ponerme a prueba, para ver si sigo perdiendo cosas. Y no se equivocaron, porque lo perdí. Hice un montón de avisos escritos con marcador en hojas de carpeta y los pegué en todos los postes de la isla. Mi sorpresa sobrevino al día siguiente, cuando agarré mis muletas y salí a dar una vuelta. Los carteles estaban, pero habían perdido todas las letras. Fui a casa y busqué el marcador, pensé que se podía haber borrado (aunque no había llovido); pero no: era de tinta permanente. Al día siguiente salí y los carteles habían desaparecido (aunque no había soplado el viento). No me preocupé. El problema llegó cuando desaparecieron los postes, y no porque me diera miedo el suceso, sino porque toda la isla se quedó sin luz. Después desaparecieron las veredas, lo cual no constituyó ningún problema: la gente comenzó a caminar por las calles (acá nunca hay transito). Pero seguidamente desaparecieron las calles y todo el mundo quedó encerrado en sus casas. Luego desaparecieron las casas con todo el mundo adentro. Por último, desapareció la isla y me quedé flotando en este mar de recuerdos.

Podría haberme sentido culpable, pero no lo hice. Después de todo, fueron ellos los que me dieron el gato.

Sé lo que sigue y no me asusta. Quizás podría nadar hasta la isla de al lado, esa en donde murieron Tito y el gordo Roque. Pero ahí me asalta el miedo de que todo comience de nuevo. Prefiero permanecer acá, donde todo termina, y quedarme flotando por el tiempo que esto dure.

 

jueves, 27 de septiembre de 2018

"El Jachirú"

(Relato publicado en el Dossier de horror erótico de Nictofilia)

El Jachirú
Por
Rogelio Oscar Retuerto


Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto


1
Jamás voy a olvidar aquel verano en que conocí a Eugenia. Mi tía Laura había venido a visitar a mi abuela y lo había hecho acompañada de mis dos primos y sus novias. Eugenia era una de ellas. A Martín y a Daniel, mis primos, nos los veía desde que yo tenía seis años, cuando mi madre murió y mi abuela me llevó a pasar una semana en la casa de la tía Laura, en Buenos Aires.
Aquella tarde habíamos ido a recorrer el monte. En realidad yo los había llevado. Ellos no conocían nada sobre mi monte, y eso, ante mis ojos, los convertía en vulnerables. 
Recuerdo que era jueves, el sábado ellos regresarían a Buenos Aires. Yo les había propuesto ir a conocer el río. Martina caminaba como si estuviese pisando vidrios con los pies descalzos o, peor aún, como si estuviese pisando mierda. El monte le daba asco. Desde que llegó, no había hecho otra cosa que quejarse: que la tierra, que las vinchucas (ella decía “bichos que tienen la peste”), que la letrina, que las sopas preparadas en ollas a las que no se le quitaba la capa de grasa después de usarlas, que el calor por las noches y la falta de ventiladores. Eugenia, en cambio, se interesaba por todo lo que concernía a mi mundo. Yo desconocía todo lo concerniente a su mundo: nunca había ido a la escuela, en el monte no teníamos televisión ni radio. Pero ella se maravillaba por todo lo que nos rodeaba: le encantaba el monte y todo lo que contenía, quería aprender los nombres de los árboles y de los animales, se quedaba de noche escuchando las historias del abuelo cuando todos los demás se iban a dormir.
Eugenia era hermosa. Nunca había visto una chica con la piel tan pálida. En el monte las chicas tienen la piel muy morena, como la mía. Ella tenía un pelo rojizo que en los atardeceres parecía prenderse fuego contra el cielo oscurecido. Sus ojos parecían la combinación de todos los colores del monte. Eran verdes, pero en los días nublados (cómo el primer día en que la vi) se tornaban pardos, casi transparentes.
La tarde que fuimos al río la vi bellísima. Tenía un pantalón cortito de jean, un poco roto en las partes bajas de los glúteos. Se había levantado la remera y se la había anudado sobre el ombligo. Yo me quedé contemplándola, embelesado. Ella me miró y me dijo:
–Es para quemarme. Estoy muy blanca.
Después sonrió y se tendió en la arena, con sus ojos cerrados, como mirando el cielo a través de los párpados, apoyándose en sus antebrazos.
En ese momento Martín me miró con una seriedad que pareció detener la brisa de monte. Siempre presentí que estaba celoso. Yo no tenía nada para ofrecerle a Eugenia, en realidad a ninguna chica, pero por alguna extraña razón sentía que ella me deseaba.

2
Yo tenía veintiún años y solo había tenido un romance con una mujer de un pueblo cercano. Isabel era una viuda de treinta y ocho años. La había conocido yendo con mi tío a hacer labores en la carbonada. Ella no tenía nada que hacer allí, vivía a un kilómetro de la carbonada, pero iba todo las tardes a ofrecer agua y a veces llevaba quesillo y pan de algarrobo para los trabajadores. Con el tiempo me di cuenta de que era su manera de conocer hombres. Su lecho estaba muy vacío y el calor en su matriz era muy intenso como para calmarlo con recuerdos.
Un día fui solo, porque mi tío estaba muy enfermo, y ella me invitó a comer en su casa. Aquella tarde acepté la invitación. Al atardecer, al terminar mil labores, me di una ducha y me encaminé a su rancho. Recuerdo que preparó una sopa con carne de cabrito. Por alguna razón, comimos muy poco, ella casi no probó bocado, se limitó a mirarme mientras yo comía. Después de comer, agarró a sus dos hijos y los encerró en el corral de los cerdos, luego regresó a la casa. Había dos cambios notorios en ella cuando regresó: se había soltado el pelo y se había desabrochado el vestido dejando la parte superior de sus senos a la vista.
Recuerdo tenerla encima de mí, empujando como loca y rasguñándome el pecho. Cuando yo pasé arriba, comenzó a acariciarme los pectorales. Subió con sus manos, entre jadeos caninos, hasta mis hombros. Cuando los acarició se pasó la lengua desde la comisura de los labios hasta el otro extremo dibujando un arco a lo largo de su labio superior. Luego bajó acariciando mis bíceps hasta llegar a mis manos, las cuales tomó en las suyas para entrecruzar nuestros dedos. En ese momento me abrazó la cintura con sus piernas y comenzó a jadear, como una potranca a la que hicieron correr diez kilómetros sin tregua.
Cuando terminamos, los olores a sexo (al mío y el de ella) y los vapores de nuestros cuerpos, flotaban inundando la habitación. Ella me miró, aún jadeante, exhausta, con su pelo enmarañado y su cuerpo empapado en sudor; las gotas de transpiración se precipitaban desde su rostro a la cama; me tomó del mentón y me dijo:
–Tu cuerpo fue moldeado en barro por el propio diablo.
Yo no le dije nada. Ella me agarró el pene y comenzó a frotarlo entre ambas manos. Me empujó de espaldas en la cama y se subió a mis piernas, se inclinó sobre mí y comenzó a frotarme el pene entre sus pechos. Un almíbar transparente comenzó a caer por su boca en una baba elástica que tardó en caer sobre mi vello púbico. Me miró y me dijo:
–Sí. Es obra del diablo. Los hijos del diablo son mitad hombres, mitad animales. Y vos de la cintura para abajo sos burro.
Primero me lamió el pene como si fuese una perra en celo, limpiándome el semen que lo embadurnaba, después comenzó a succionar mi miembro con una fuerza descomunal, como su fuese una anaconda intentando tragarme.

3
La tarde siguiente con Eugenia, a orillas del río, todo fue distinto. Presentía que ella me deseaba de otra manera, muy distinta a la de Isabel. Ella no veía en mí a un hijo del diablo. No sé lo que veía, pero no era eso. Los ojos de Isabel se envolvían en fuego cuando me miraba, los de Eugenia, en cambio, se cubrían con brumas tenebrosas, tenebrosas como la bruma que cubre cada noche la tierra fría del cementerio. La bruma en los ojos de Eugenia me cubría de paz.
Recuerdo el esbelto cuerpo de Eugenia tirado sobre la arena. Las tenues oleadas del río le besaban sus pies desnudos, como si fuesen lenguas de agua saboreándola. Con mis primos nos fuimos a recorrer la rivera. La invitamos a venir, pero Eugenia no quiso. Se puso de pie y se quitó los pantalones y la remera, debajo de la ropa tenía un bikini turquesa; se colocó los auriculares con una gracia angelical y se recostó en la arena. Se la veía feliz, en paz. Una mueca de felicidad se había petrificado en su rostro. Yo la contemplé, embelesado. Ese cuerpo escultural, las curvas de sus muslos tonificados, la piel blanca, blanquísima como la leche, el cabello rojizo desparramado sobre la arena. Martín tuvo un arrebato de celos y me llamó de mala manera:
–¡Dale! ¡Vamos!
Caminamos un trecho bordeando el río. Cuando la espesura del monte imponía sus brazos ante nuestra marcha, acariciando las aguas con sus dedos de ramas, nos internamos en la maleza. Yo propuse atravesar el monte y alcanzar el río tras el próximo recodo. Martín tuvo miedo, se rehusó a hacerlo en dos ocasiones, pero en la tercera aceptó. Creo que desconfiaba de mí. Pobre diablo, habrá creído que me quería librar de él para quedarme con Eugenia. Ni se imaginaba que él sería uno de los sobrevivientes de aquella tarde siniestra.
Avanzamos por el medio del monte. Ese camino lo había hecho varias veces. Más adelante el río giraba hacia el oeste cruzándose en nuestro camino.
Cuando llegamos al río, Martín se quedó mirando las aguas, con una sonrisa aviesa dibujada en su rostro. Nuestro camino terminaba en un terraplén de unos dos metros de altura bajo el cual fluía el río. Recuerdo que, sin aviso previo, apoyo una mano en mi espalda y quiso tirarme. Yo me tambalee, pero me resistí con fuerzas. Yo era mucho más fuerte que él, eso creo que también le molestaba. Él era tan musculoso como yo, pero sus músculos eran músculos de gimnasio y los míos eran fruto del trabajo pesado. Después de unos segundos de forcejear, sintió vergüenza.
–¡Dale, maricón! ¿Le tenés miedo al agua? –me dijo.
Yo miré el río sin contestarle. Casi nunca hablaba con nadie que no sean mis abuelos, era algo que me daba vergüenza, desde chico. Después de tener sexo con Isabel, ella me hablaba de muchas cosas. Yo solo atinaba a escucharla. Cuando se percataba de que estaba hablando sola volteaba para verme “qué tímido que sos” me decía, y volvía a montarme. Parecía que mi timidez la excitaba.
Pero Martín no pudo tirarme al río. Pude ver sobre mi hombro que le hizo un gesto a Daniel para que lo ayude a tirarme. Lo vi acercarse por detrás. Comencé a forcejear, mientras Martín repetía lo mismo.
–¿Le tenés miedo al agua? ¡Maricón!
Cuando estuvieron a punto de doblegarme por fin hablé.
–¡El agua es mala! –les dije.
Estallaron en risas.
–¿Qué? ¿Hay un monstruo? –dijo Martín, sin dejar de reír.
Creo que tirarme al río era su estúpida forma de vengarse. Para él, tirarme al río tendría que ser un hecho insignificante, en comparación a la posibilidad de que su novia me presumiera. Pero para mí caer al agua era algo aterrador.

4
Eugenia se había quedado dormida con sus manos cruzadas sobre el vientre. El agua seguía lengüeteándole los pies desnudos. No era algo que fuera a despertarla. El rio en esa época del año era bastante cálido. Sumergirse en sus aguas era como sumergirse en un enorme tazón de mate cocido.
Quizás sintió que fueron dos manos las que la tomaron por los tobillos y la arrastraron con suavidad hacia al agua. Tal vez soñó que fueron mis dedos los que se deslizaron bajó su bikini para arrancárselo, dejando la dulce vellosidad de su vulva de cara al río, como ofreciéndola en un ritual exótico. Los oscuros y viscosos brazos se enrollaron alrededor de sus piernas con mucho sigilo y la trajeron un poco más hacia las aguas. El río golpeaba con dulzura en pequeños oleajes sobre sus glúteos. Una ola rompió con mayor fuerza y el agua salpicó su vulva. Eso la hizo estremecer, retorciéndose con delicadeza. Los brazos la abrieron de piernas hasta donde su propia elongación se lo permitía (para una chica que practicaba danza clásica eso era algo muy fácil de hacer). Ella quedó desnuda, con las piernas abiertas, ofreciendo su vulva húmeda al río.
A veces tengo la ilusión de que haya soñado que fueron mis labios los que se adhirieron a su vagina para succionarla con una fuerza creciente. Aquella ventosa viscosa solo la soltó en dos ocasiones para adherirse mejor, emitiendo estimulantes sonidos de besos.
A medida que la succionaba, el área abarcada era mayor, como si fuese una anaconda devorando a su presa. Al cabo de unos minutos, toda su entrepierna quedó cubierta por el órgano succionador, desde su monte de Venus hasta su orificio anal. Su vulva se inyecto en sangre como nunca antes lo había hecho, eso la hizo enloquecer de placer. Su ano comenzó a defecar dentro de aquella extraña boca, su vagina orinó al mismo tiempo. Después continuaron fluyendo los otros fluidos corporales mientras los brazos más pequeños se enrollaban en sus senos para estrujarlos.   
Cuando ya poco quedaba, un grueso brazo se enrollo en derredor de su cintura para exprimir lo que quedaba dentro.
Mis primos regresaron al lugar, entre risas por haber logrado tirarme al agua. Eugenia se había reducido a un saco de piel seca y huesos quebrados adherido a la arena. Parecía un cadáver que llevaba meses allí, al que no le quedaba ningún tipo de fluido dentro.

5
La muerte de Eugenia nunca se esclareció. El comisario dijo que un animal del río la mató, aunque nunca había visto un animal que haga cosa semejante. Las viejas del pueblo, en cambio, comenzaron a hablar del “Jachirú”. Y ahí fue cuando tuve que irme del paraje y comencé a deambular por los montes. A mi padre lo habían matado, rociándolo con querosene y prendiéndolo fuego mientras dormía, acusado de ser un “Jachirú”. Dicen que había devorado a una niña que estaba lavando ropa en el río. Y decían que yo tenía su sangre y la misma maldición.
Mi abuela me había pedido con lágrimas en los ojos, cuando me encontró a los cinco años jugando a orillas del río, que jamás ingrese a las aguas. Decía que mi sangre era mala y que las consecuencias podían ser nefastas.
Quizás, la única persona en mi vida que haya logrado penetrar en las profundidades de mi alma, así como yo penetré en los profundo de su carne, haya sido Isabel. Y en esa penetración pudo ver en mi interior lo que nadie hasta entonces se había animado a ver: un “hijo del diablo”

lunes, 5 de marzo de 2018

Reseña "Las elegidas" Por Coss Burton

Reseña de
Las Elegidas
Por

Coss Burton


Próximamente el segundo libro de la Saga "Las elegidas" disponible