"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

jueves, 27 de septiembre de 2018

"El Jachirú"

(Relato publicado en el Dossier de horror erótico de Nictofilia)

El Jachirú
Por
Rogelio Oscar Retuerto


Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto


1
Jamás voy a olvidar aquel verano en que conocí a Eugenia. Mi tía Laura había venido a visitar a mi abuela y lo había hecho acompañada de mis dos primos y sus novias. Eugenia era una de ellas. A Martín y a Daniel, mis primos, nos los veía desde que yo tenía seis años, cuando mi madre murió y mi abuela me llevó a pasar una semana en la casa de la tía Laura, en Buenos Aires.
Aquella tarde habíamos ido a recorrer el monte. En realidad yo los había llevado. Ellos no conocían nada sobre mi monte, y eso, ante mis ojos, los convertía en vulnerables. 
Recuerdo que era jueves, el sábado ellos regresarían a Buenos Aires. Yo les había propuesto ir a conocer el río. Martina caminaba como si estuviese pisando vidrios con los pies descalzos o, peor aún, como si estuviese pisando mierda. El monte le daba asco. Desde que llegó, no había hecho otra cosa que quejarse: que la tierra, que las vinchucas (ella decía “bichos que tienen la peste”), que la letrina, que las sopas preparadas en ollas a las que no se le quitaba la capa de grasa después de usarlas, que el calor por las noches y la falta de ventiladores. Eugenia, en cambio, se interesaba por todo lo que concernía a mi mundo. Yo desconocía todo lo concerniente a su mundo: nunca había ido a la escuela, en el monte no teníamos televisión ni radio. Pero ella se maravillaba por todo lo que nos rodeaba: le encantaba el monte y todo lo que contenía, quería aprender los nombres de los árboles y de los animales, se quedaba de noche escuchando las historias del abuelo cuando todos los demás se iban a dormir.
Eugenia era hermosa. Nunca había visto una chica con la piel tan pálida. En el monte las chicas tienen la piel muy morena, como la mía. Ella tenía un pelo rojizo que en los atardeceres parecía prenderse fuego contra el cielo oscurecido. Sus ojos parecían la combinación de todos los colores del monte. Eran verdes, pero en los días nublados (cómo el primer día en que la vi) se tornaban pardos, casi transparentes.
La tarde que fuimos al río la vi bellísima. Tenía un pantalón cortito de jean, un poco roto en las partes bajas de los glúteos. Se había levantado la remera y se la había anudado sobre el ombligo. Yo me quedé contemplándola, embelesado. Ella me miró y me dijo:
–Es para quemarme. Estoy muy blanca.
Después sonrió y se tendió en la arena, con sus ojos cerrados, como mirando el cielo a través de los párpados, apoyándose en sus antebrazos.
En ese momento Martín me miró con una seriedad que pareció detener la brisa de monte. Siempre presentí que estaba celoso. Yo no tenía nada para ofrecerle a Eugenia, en realidad a ninguna chica, pero por alguna extraña razón sentía que ella me deseaba.

2
Yo tenía veintiún años y solo había tenido un romance con una mujer de un pueblo cercano. Isabel era una viuda de treinta y ocho años. La había conocido yendo con mi tío a hacer labores en la carbonada. Ella no tenía nada que hacer allí, vivía a un kilómetro de la carbonada, pero iba todo las tardes a ofrecer agua y a veces llevaba quesillo y pan de algarrobo para los trabajadores. Con el tiempo me di cuenta de que era su manera de conocer hombres. Su lecho estaba muy vacío y el calor en su matriz era muy intenso como para calmarlo con recuerdos.
Un día fui solo, porque mi tío estaba muy enfermo, y ella me invitó a comer en su casa. Aquella tarde acepté la invitación. Al atardecer, al terminar mil labores, me di una ducha y me encaminé a su rancho. Recuerdo que preparó una sopa con carne de cabrito. Por alguna razón, comimos muy poco, ella casi no probó bocado, se limitó a mirarme mientras yo comía. Después de comer, agarró a sus dos hijos y los encerró en el corral de los cerdos, luego regresó a la casa. Había dos cambios notorios en ella cuando regresó: se había soltado el pelo y se había desabrochado el vestido dejando la parte superior de sus senos a la vista.
Recuerdo tenerla encima de mí, empujando como loca y rasguñándome el pecho. Cuando yo pasé arriba, comenzó a acariciarme los pectorales. Subió con sus manos, entre jadeos caninos, hasta mis hombros. Cuando los acarició se pasó la lengua desde la comisura de los labios hasta el otro extremo dibujando un arco a lo largo de su labio superior. Luego bajó acariciando mis bíceps hasta llegar a mis manos, las cuales tomó en las suyas para entrecruzar nuestros dedos. En ese momento me abrazó la cintura con sus piernas y comenzó a jadear, como una potranca a la que hicieron correr diez kilómetros sin tregua.
Cuando terminamos, los olores a sexo (al mío y el de ella) y los vapores de nuestros cuerpos, flotaban inundando la habitación. Ella me miró, aún jadeante, exhausta, con su pelo enmarañado y su cuerpo empapado en sudor; las gotas de transpiración se precipitaban desde su rostro a la cama; me tomó del mentón y me dijo:
–Tu cuerpo fue moldeado en barro por el propio diablo.
Yo no le dije nada. Ella me agarró el pene y comenzó a frotarlo entre ambas manos. Me empujó de espaldas en la cama y se subió a mis piernas, se inclinó sobre mí y comenzó a frotarme el pene entre sus pechos. Un almíbar transparente comenzó a caer por su boca en una baba elástica que tardó en caer sobre mi vello púbico. Me miró y me dijo:
–Sí. Es obra del diablo. Los hijos del diablo son mitad hombres, mitad animales. Y vos de la cintura para abajo sos burro.
Primero me lamió el pene como si fuese una perra en celo, limpiándome el semen que lo embadurnaba, después comenzó a succionar mi miembro con una fuerza descomunal, como su fuese una anaconda intentando tragarme.

3
La tarde siguiente con Eugenia, a orillas del río, todo fue distinto. Presentía que ella me deseaba de otra manera, muy distinta a la de Isabel. Ella no veía en mí a un hijo del diablo. No sé lo que veía, pero no era eso. Los ojos de Isabel se envolvían en fuego cuando me miraba, los de Eugenia, en cambio, se cubrían con brumas tenebrosas, tenebrosas como la bruma que cubre cada noche la tierra fría del cementerio. La bruma en los ojos de Eugenia me cubría de paz.
Recuerdo el esbelto cuerpo de Eugenia tirado sobre la arena. Las tenues oleadas del río le besaban sus pies desnudos, como si fuesen lenguas de agua saboreándola. Con mis primos nos fuimos a recorrer la rivera. La invitamos a venir, pero Eugenia no quiso. Se puso de pie y se quitó los pantalones y la remera, debajo de la ropa tenía un bikini turquesa; se colocó los auriculares con una gracia angelical y se recostó en la arena. Se la veía feliz, en paz. Una mueca de felicidad se había petrificado en su rostro. Yo la contemplé, embelesado. Ese cuerpo escultural, las curvas de sus muslos tonificados, la piel blanca, blanquísima como la leche, el cabello rojizo desparramado sobre la arena. Martín tuvo un arrebato de celos y me llamó de mala manera:
–¡Dale! ¡Vamos!
Caminamos un trecho bordeando el río. Cuando la espesura del monte imponía sus brazos ante nuestra marcha, acariciando las aguas con sus dedos de ramas, nos internamos en la maleza. Yo propuse atravesar el monte y alcanzar el río tras el próximo recodo. Martín tuvo miedo, se rehusó a hacerlo en dos ocasiones, pero en la tercera aceptó. Creo que desconfiaba de mí. Pobre diablo, habrá creído que me quería librar de él para quedarme con Eugenia. Ni se imaginaba que él sería uno de los sobrevivientes de aquella tarde siniestra.
Avanzamos por el medio del monte. Ese camino lo había hecho varias veces. Más adelante el río giraba hacia el oeste cruzándose en nuestro camino.
Cuando llegamos al río, Martín se quedó mirando las aguas, con una sonrisa aviesa dibujada en su rostro. Nuestro camino terminaba en un terraplén de unos dos metros de altura bajo el cual fluía el río. Recuerdo que, sin aviso previo, apoyo una mano en mi espalda y quiso tirarme. Yo me tambalee, pero me resistí con fuerzas. Yo era mucho más fuerte que él, eso creo que también le molestaba. Él era tan musculoso como yo, pero sus músculos eran músculos de gimnasio y los míos eran fruto del trabajo pesado. Después de unos segundos de forcejear, sintió vergüenza.
–¡Dale, maricón! ¿Le tenés miedo al agua? –me dijo.
Yo miré el río sin contestarle. Casi nunca hablaba con nadie que no sean mis abuelos, era algo que me daba vergüenza, desde chico. Después de tener sexo con Isabel, ella me hablaba de muchas cosas. Yo solo atinaba a escucharla. Cuando se percataba de que estaba hablando sola volteaba para verme “qué tímido que sos” me decía, y volvía a montarme. Parecía que mi timidez la excitaba.
Pero Martín no pudo tirarme al río. Pude ver sobre mi hombro que le hizo un gesto a Daniel para que lo ayude a tirarme. Lo vi acercarse por detrás. Comencé a forcejear, mientras Martín repetía lo mismo.
–¿Le tenés miedo al agua? ¡Maricón!
Cuando estuvieron a punto de doblegarme por fin hablé.
–¡El agua es mala! –les dije.
Estallaron en risas.
–¿Qué? ¿Hay un monstruo? –dijo Martín, sin dejar de reír.
Creo que tirarme al río era su estúpida forma de vengarse. Para él, tirarme al río tendría que ser un hecho insignificante, en comparación a la posibilidad de que su novia me presumiera. Pero para mí caer al agua era algo aterrador.

4
Eugenia se había quedado dormida con sus manos cruzadas sobre el vientre. El agua seguía lengüeteándole los pies desnudos. No era algo que fuera a despertarla. El rio en esa época del año era bastante cálido. Sumergirse en sus aguas era como sumergirse en un enorme tazón de mate cocido.
Quizás sintió que fueron dos manos las que la tomaron por los tobillos y la arrastraron con suavidad hacia al agua. Tal vez soñó que fueron mis dedos los que se deslizaron bajó su bikini para arrancárselo, dejando la dulce vellosidad de su vulva de cara al río, como ofreciéndola en un ritual exótico. Los oscuros y viscosos brazos se enrollaron alrededor de sus piernas con mucho sigilo y la trajeron un poco más hacia las aguas. El río golpeaba con dulzura en pequeños oleajes sobre sus glúteos. Una ola rompió con mayor fuerza y el agua salpicó su vulva. Eso la hizo estremecer, retorciéndose con delicadeza. Los brazos la abrieron de piernas hasta donde su propia elongación se lo permitía (para una chica que practicaba danza clásica eso era algo muy fácil de hacer). Ella quedó desnuda, con las piernas abiertas, ofreciendo su vulva húmeda al río.
A veces tengo la ilusión de que haya soñado que fueron mis labios los que se adhirieron a su vagina para succionarla con una fuerza creciente. Aquella ventosa viscosa solo la soltó en dos ocasiones para adherirse mejor, emitiendo estimulantes sonidos de besos.
A medida que la succionaba, el área abarcada era mayor, como si fuese una anaconda devorando a su presa. Al cabo de unos minutos, toda su entrepierna quedó cubierta por el órgano succionador, desde su monte de Venus hasta su orificio anal. Su vulva se inyecto en sangre como nunca antes lo había hecho, eso la hizo enloquecer de placer. Su ano comenzó a defecar dentro de aquella extraña boca, su vagina orinó al mismo tiempo. Después continuaron fluyendo los otros fluidos corporales mientras los brazos más pequeños se enrollaban en sus senos para estrujarlos.   
Cuando ya poco quedaba, un grueso brazo se enrollo en derredor de su cintura para exprimir lo que quedaba dentro.
Mis primos regresaron al lugar, entre risas por haber logrado tirarme al agua. Eugenia se había reducido a un saco de piel seca y huesos quebrados adherido a la arena. Parecía un cadáver que llevaba meses allí, al que no le quedaba ningún tipo de fluido dentro.

5
La muerte de Eugenia nunca se esclareció. El comisario dijo que un animal del río la mató, aunque nunca había visto un animal que haga cosa semejante. Las viejas del pueblo, en cambio, comenzaron a hablar del “Jachirú”. Y ahí fue cuando tuve que irme del paraje y comencé a deambular por los montes. A mi padre lo habían matado, rociándolo con querosene y prendiéndolo fuego mientras dormía, acusado de ser un “Jachirú”. Dicen que había devorado a una niña que estaba lavando ropa en el río. Y decían que yo tenía su sangre y la misma maldición.
Mi abuela me había pedido con lágrimas en los ojos, cuando me encontró a los cinco años jugando a orillas del río, que jamás ingrese a las aguas. Decía que mi sangre era mala y que las consecuencias podían ser nefastas.
Quizás, la única persona en mi vida que haya logrado penetrar en las profundidades de mi alma, así como yo penetré en los profundo de su carne, haya sido Isabel. Y en esa penetración pudo ver en mi interior lo que nadie hasta entonces se había animado a ver: un “hijo del diablo”

lunes, 5 de marzo de 2018

Reseña "Las elegidas" Por Coss Burton

Reseña de
Las Elegidas
Por

Coss Burton


Próximamente el segundo libro de la Saga "Las elegidas" disponible

domingo, 2 de julio de 2017

La nube


La Nube
Por
Rogelio Oscar Retuerto

Copyright © 2015 Rogelio Oscar Retuerto



(Relato publicado en el fanzine The Wax Nº3)


1
Aquella fue la primera y última vez que abrí el negocio a la madrugada. Era septiembre de 2001 y la crisis social hacía estragos a lo largo del país. Recuerdo que la noche anterior hable con Soledad.
–Negra, sesenta pesos de caja. Nos vamos a pique –le dije –. Si no hacemos algo, estamos fritos.
–¿Y qué pensás que podemos hacer? Abrimos a las ocho de la mañana, cerramos a las once de la noche. Más no podemos hacer, Manuel.
–Yo no voy a abrir más a la mañana. Vas a tener que abrir vos. Llevas a los pibes a la escuela y abrís cuando volvés. Yo voy a seguir de largo a la noche y me voy a quedar hasta las seis de la mañana.
         Soledad se rió.
–¿Estás hablando en serio? –me dijo.
–Muy en serio. Si cerramos el quiosco ¿qué hacemos? No hay laburo en ningún lado. Es resistir o cagarnos de hambre. Además, a la noche está todo cerrado. Andan los pibes de gira, van a comprar bebidas y pucho al cañón o al centro. ¿Vos viste a las once de la noche? A veces no podemos cerrar, tenemos gente esperando, porque todos los demás cierran a las diez. De día está lleno de bolichitos, negra. El que se queda sin laburo se pone un quiosco o, si tiene un auto, se pone a remisiar.
Y así fue, nomás. A la noche siguiente seguí de largo. Buena venta hasta la 1AM, después decayó. A las dos de la mañana me desperté. Me había quedado dormido en la silla mientras miraba “Pare de sufrir”. Me levanté y salí a la vereda. No había un alma. Cerré el bolichito y me fui a dormir.

2
Me despertó el tintineo de la campana del boliche. Miré el reloj y eran las tres de la mañana. Entre el quiosco y la casa había un patio de unos cinco metros. Me pareció todo muy raro. Juraría que la campanita la habíamos sacado dos años atrás, cuando pusimos el timbre. Pero la campana seguía sonando. En otros tiempos me hubiese hinchado las pelotas y me hubiese tapado la cabeza con la almohada, pero esa noche no. Necesitábamos vender.
Me puse los cortos, me calcé las ojotas y salí con la remera que tenía puesta. Crucé el patio al grito de “¡Ya vaaa…! ¡Ya vaaa…!”. Abrí la puertita del negocio y me sorprendió encontrar la luz prendida. Creía haberla apagado. La tele portátil también estaba prendida; la balanza electrónica, también. Me apuré a llegar al frente porque había gente esperando. Cuando abrí la ventanita mi sorpresa fue mayor. Había tres vagos esperando para comprar. Uno tenía dos envases de birra en la mano. Al lado había una parejita fumando un porro y atrás una mujer bajita con una nena de unos diez años.
–Muchachos –le dije a los vagos.
–Dos Quilmes, maestro –me pidió el pibe– ¿Tiene Gancia?
–Sí; grande, nomás.
–Listo. Deme también un Gancia y una Sprite de dos litros y cuarto.
Me pidió dos salamines y medio de pan. Pan no me quedaba. Me apuré a despacharlo porque no quería que se me vayan los demás. Aunque después me di cuenta que a esa hora no tenían a donde ir.
Le entregué las cosas al pibe y me pagó con cien mangos. Un montón de guita. Fui a la caja mirando el billete contra la luz. Cuando bajo la mirada me la encuentro a la negra acomodando la plata en la caja.
–¿Qué hacés acá? –le pregunté.
–Vine a ayudarte –me dijo.
Puse el billete de refilón y no noté que el “100” cambiara de vede a azul. Lo miré de vuelta y nada. Le pasé el lápiz "botón" y apareció una raya oscura sobre la cara de Roca. Volví a la ventana y vi que el pibe estaba solo. Los otros dos ya se habían ido, y se habían ido con las bebidas. Ya empezaba a ponerme del orto.
–Este billete no sirve –le dije al vago.
El pibe lo miró, frunció el entrecejo y miró para la esquina. 
–Uh, que cagada, jefe –me dijo–. Me pagaron hoy con éste.
–No sirve –le dije.
El pibe volvió a mirar para la esquina.
Me di vuelta para pedirle a Soledad que atienda a la parejita mientras yo salía a arreglar el asunto, pero Soledad ya no estaba.
–Esperame un ratito, ya te atiendo –le dije a la rubiecita con corte Stone que fumaba un porro.
Salí al patio y miré para todos lados.
–¿Dónde mierda está? –pregunté a la nada.
Caminé por el pasillo observando para ver si encontraba el caño de gas que usaba para hacerle frente a los guachos, pero no había nada.
–¡La puta madre! –largué, al llegar a la puertita que daba a la callé.
El gato de mi hija me miró, como si lo hubiera puteado a él.
Abrí la puerta y salí a la vereda. El vaguito no estaba. Estaba el otro, el más grande, el que se había llevado las bebidas.
–¿Se lo podemos pasar mañana, maestro? –me dijo. Ahí me di cuenta que era paraguayo.
–Imposible –le dije.
–Venimos de trabajar, amigo. Nos pagaron con ese billete. Yo me comprometo a pasar mañana temprano y le cancelo.
Miré para la esquina y ahí estaba la Traffic blanca en la que habían llegado. Si hubiesen querido cagarme se hubieran ido a la mierda. Pensé que los paraguayos eran buena gente, laburantes; que este debía ser el contratista y los otros dos los albañiles.
–Mañana abrimos a las ocho –le dije.
Además ¿qué iba a hacer? Las bebidas ya no podía recuperarlas. Miré para la esquina y vi que estaban mezclando el Gancia y la Sprite en una jarra de plástico, y tenía gente esperando.
La rubiecita solo quería dos papelillos ¡dos papelillos! El pibe tenía el cogollo en la palma de la mano esperando los palelillos para armar el porrito. El paraguayo me había sacado las bebidas sin pagar, la rubiecita me compró dos miserables papelillos ¿para eso me había levantado a atender?
–Doña –le dije a la mujer que esperaba con la hija.
Era una mina con cara de sufrida, de esas que hablan bajito, de esas que apenas pisan los cuarenta y usan pollera corte testigo de Jehová, con blusas sueltas para que no se le noten las tetas.
–Le venía a pedir un favorcito…
Ese prefacio ya lo conocía. Ahora venía el mangazo. La mina me daba lástima, me miraba con cara de perro abandonado. Pero también el conejo de la tele lo miraba así al cazador y era terrible turro.
–… Si no me podía aguantar unas cositas hasta el viernes.
Me partía el alma, pero yo estaba peor que ella. Si me pedía un aceite, me quedaba uno solo, y al día siguiente no iba a tener un mango para reponer mercadería. Si me pedía una leche, la que quedaba en la heladera la estaba guardando para que desayunen mis pibes.
–Señora, está re jodida la mano. Si yo me quedo hasta esta hora es para hacer una monedita más, vio, no para fiar.
La mujer me pidió disculpas y se fue.
Cuando la mujer se fue  decidí cerrar.
–Al pedo me levanté –le dije al gato de mi hija. El animal asintió (en realidad, maulló).
Terminé de echarle llave a la puerta y sentí el traqueteo de la ventanita del quiosco.
Trak – trak –trak – trak
No lo podía creer. No había hecho un mango partido a la mitad y encima querían afanarme. Sondee el patio y en una esquina vi el caño de gas tirado en el piso. Lo agarré y enfilé por el pasillo. Trate de darle vuelta a la llave junto con el traqueteo de la ventana del quiosco, para que no me escuchasen. Abrí la puerta y salí a la vereda agitando el caño como un loco. Pero no había nadie. Ni la luz de la calle estaba encendida. Ni un alma.
Me fui a dormir.

Al día siguiente me desperté a eso de las once. Soledad estaba en el negocio. Le hice de comer a los pibes y los llevé a la escuela. Cuando volví me quedé en el boliche.
–Andá –le dije–. Dormite una siesta.
–¿Vos no vas a quedarte esta noche? –me preguntó.
–No. Ya no.
Ni bien me siento para ver la tele la veo cruzando la calle a la Micaela. Es como si la vieja estuviera esperando que se vaya Soledad para venir a llenarme la cabeza en contra de alguien. Vieja harpía, curandera, mano chanta: una bruja. Soledad la quería, porque a veces le tiraba las cartas o le curaba el empacho a los chicos. De paso la vieja aprovechaba para sacarle mano a medio mundo.
–Micaela
–Hola, m´hijo. Medio de pan, por favor. Si tiene galleta me pone alguna.
–Cómo no.
Sin preguntarle si quería algo más, le entregué la bolsa. La vieja me pasó la plata.
–Así no los va a espantar –me dijo la vieja.
–¿Así cómo? –le pregunté sin mirarla, mientras juntaba el vuelto para darle.
Me acerque a la ventanilla y le entregué la plata. 
–¿Así cómo? –volví a preguntarle.
–Así, con un caño.
En ese momento me di cuenta de que estábamos teniendo un diálogo de locos. La vieja me preguntaba cosas que yo no sabía y yo le contestaba. Fruncí el entrecejo y la mire a los ojos.
–¿De qué mierda me está hablando, Micaela?
–De la nube. Anoche los vi.
–No sé de qué habla. Que le vaya bien.
Estuve a punto de cerrar la ventanita, pero lo vieja metió la mano para que no lo haga.
–De la nube. Anoche los vi.  Y así no se los echa. Usted abrió una puerta.
–Abrí la puerta porque dos guachos me querían entrar al negocio.
–No. No hablo de esa puerta. Y así no va a echarlos. Hay que darles paz. Piénselo ¿cómo sabía que eran dos los chicos? Piénselo.
La vieja me dejó pensando. Yo estaba convencido de que eran dos pibes. Hasta podía hacer un identikit de los pibes aunque nunca había alcanzado a verlos.
Después se me vino el mundo abajo. De un momento para otro me acordé de todo. Cada imagen fue como un flash que encerraba una historia, un disparo que dolía en los huesos. Mi mente fue acribillada por esas fotografías dolorosas gastadas por el tiempo: los paraguayos asesinados en la rivera luego de un robo brutal, los encontraron a la mañana siguiente, maniatados y calcinados dentro de la Trafic; les habían robado las herramientas y la plata de la quincena. Dos drogones que se pasaron de rosca y amanecieron en pleno invierno tirados en la esquina (“cuando los levantaron, hicieron el mismo ruido que un trapo al despegarlo de la escarcha” diría la Micaela esa misma noche); la mujer y la hija asesinadas por un marido alcohólico y celoso (“a la nena la torturó antes de matarla, la torturó de manera sexual”). Todos habían sido mis clientes, pero no pude reconocerlos esa noche. Fue como si tuviese una nube delante de mis ojos que me impedía ver quiénes eran en realidad. 
Esa noche me metí el orgullo en el orto y me crucé a lo de la Micaela. Me hizo pasar. Nunca había estado adentro de esa casa. Era espeluznante. Por todos lados se mezclaban estatuillas de santos con demonios. En un rincón había una virgen con el torso desnudo y un pequeño demonio se alimentaba de la sangre que emanaba de sus pechos. Cruces de madera se intercalaban con estrellas de cinco puntas. En altares improvisados en el piso, ardían velas rojas, negras y verdes.
–Pase –me dijo–, siéntese.
–¿Qué vio anoche, Micaela? –le pregunté, yendo al grano.
–Una nube –me dijo, mientras preparaba un té. Yo le hice señas como diciéndole que a mí no me prepare nada–.  Una nube oscura que emergía de la tierra. Se retorcía y se mezclaba en sí misma. Toda la cuadra se cubrió de un manto de podredumbre. Todos lo deben haber notado. Algunos habrán pensado que fueron las cloacas; otros, algún animal muerto. Pero era la nube. Yo realicé el pentagrama y miré por la ventana… y ahí estaba usted, agitando el caño contra la nube.
–Yo no vi nada, Micaela.
–No todos ven. Buscan paz. La buscan en donde se los invite a entrar. No es bueno que abra el negocio de madrugada, Don Manuel.
–Ni empedo, Micaela. Después de lo que pasó anoche, ni empedo.
La vieja se quedó pensando. Se levantó del sillón, se acercó a la ventana y corrió la cortina para ver hacia afuera. Después volteó, tenía el entrecejo fruncido. Se la notaba preocupada.         
–Además de la gente que ya no está ¿vio a alguien más?
–¿Cómo, si vi a “alguien más”?
–Sí. ¿Vio a alguien que aún esté vivo?
–No ¿por?
–Por nada, Don Manuel. Si no vio a ningún vivo todo está bien. Todo va a  andar bien en el  barrio.
Después de eso me fui a mi casa. Pasó un tiempo desde que estas cosas sucedieron. Hace meses espero un desenlace que aún no sucede. No sé bien qué es, pero sé que algo oscuro y siniestro va a pasar. Después de todo, nunca le dije a la Micaela que esa noche había visto a Soledad atendiendo la caja.  



martes, 30 de mayo de 2017

La curva

(Relato publicado en el fanzine The Wax Nº 1)
Para descargar fanzine completo en pdf hacer clik en el siguiente enlace

El coche entró en una curva cerrada y ciega. Juan ralentizó la marcha. Promediando la curva el sonido del motor cesó, como si el auto hubiese sufrido el colapso de su sistema eléctrico. Se apagaron las luces y el auto quedó muerto. Juan miró el tablero, extrañado.

–Se murió –dijo.

Desde el asiento trasero Mariela pudo notar el sonido del tambor de encendido y los movimientos de Juan intentando darle arranque, pero el auto en verdad estaba muerto. Mariela sintió calor, bajó la ventanilla y sintió la brisa fresca de la noche ingresando al auto. Cerró los ojos y dejó que el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto la acunara. El murmullo de los insectos y alimañas del monte la envolvió por completo.

–¿Qué pasó? –preguntó Carla, despertando en el asiento del acompañante.

–No sé. Se murió –atinó a decir Juan.

Cuando completaron la curva divisaron un paisaje que los dejó atónitos. Cien metros por delante un automóvil se encontraba estacionado con las puertas abiertas. Sobre el asfalto había un bulto atravesado. Carla se tapó la boca, ahogando un grito de terror.

–¿Es un cuerpo? –preguntó Carla.

–No sé. Puede ser. Parece que hubo un accidente –contestó Juan.

El auto se fue deteniendo sobre la banquina con la última reserva de inercia que le quedaba. El cielo veteado de nubes descubrió la luna por completo y la claridad fue avanzando como una mano gigantesca que acariciaba el monte. Cuando la claridad se derramó sobre la ruta, el panorama que se abrió delante de ellos se tornó aún más aterrador. A veinte metros del auto con las puertas abiertas se encontraba otro auto detenido. Diez metros más adelante otro, luego otro y otro.  El auto detuvo su marcha. Quedaron a treinta metros del auto que tenía las puertas abiertas. El extraño bulto sobre el asfalto dejó de ser una incógnita: era un cuerpo.

–Parece que hubo un accidente, y groso –dijo Juan.

–Está lleno de autos –agregó Mariela, como si ese detalle le preocupara–. Acá pasó algo grave –agregó.

El cementerio de automóviles, con un cadáver tirado sobre la ruta a modo de prefacio, se extendía hasta donde la claridad nocturna permitía ver. Mariela se estremeció en su asiento. Aquellos autos estaban tan muertos como el auto de ellos. Un pensamiento siniestro atravesó su alma como un ave de alas frías y filosas: “así debió empezar para todos ellos”. De repente se dio cuenta de algo que terminó por horrorizarla: los sonidos del monte habían desaparecido. Pero algo le resultaba aún más extraño: los insectos no se habían llamado a silencio, temerosos por la presencia de extraños. No. Fue como si el propio lugar se hubiese vaciado de todo vestigio de vida.

–Esto es grave –dijo Juan–, parece un choque en cadena.

–No –antepuso Mariela–, esto no fue un accidente.  

Mariela agarró la manija del levantavidrios y comenzó a girarla con desesperación hasta que el cristal se topó con el marco de la puerta.

–Voy a ver qué pasó –dijo Juan.

–Yo te acompaño –propuso Carla.

–¡No! –suplicó Mariela–. ¡No salgan, por favor!

–Vamos a ver qué pasó allá adelante –le dijo Juan–. Quedate tranquila.

Carla se soltó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y se puso de costado, bajando las piernas, como suelen hacer los ancianos o las personas obesas para bajar de un vehículo. Su panza de ocho meses y medio limitaba todos sus movimientos.

Juan avanzó hacia el auto. Carla lo siguió muy despacio por detrás, permitiendo que le saque una notable distancia. Mariela pudo ver a Juan extraer del bolsillo del pantalón su teléfono celular y golpearlo varias veces contra la palma de la mano. “También está muerto” pensó Mariela. Juan caminó muy despacio sin mirar al frente, miraba su teléfono muerto golpeando sobre su mano. Cuando llegó a dos metros del cadáver, todo cambió. Se detuvo y permaneció petrificado durante varios segundos observando el cuerpo. Estiró su brazo hacia atrás exhibiendo la palma de la mano hacia Carla.

–¡Al auto! ¡Volvé al auto!

Una sombra irrumpió desde los matorrales derribando a Juan sobre la ruta. Luego se sumó otra y otra más. Carla comenzó a gritar llevándose las manos a la cara, pero no pudo moverse. Desde el auto, Mariela pudo observar a Carla contraerse en espasmos producto del llanto y de los gritos de terror. Un charco comenzó a dibujarse alrededor de sus pies.

Una sombra avanzó junto al auto en donde aguardaba Mariela. Cuando pasó frente a la ventanilla la vio con claridad. Eran animales, pero no cualquier animal. Eran leones. Otro animal pasó por delante del auto con la cabeza a gachas en dirección a Carla. Mariela solo pudo soltar un grito de angustia que se ahogó en el rugido de las bestias.

Carla solo tuvo tiempo de darse vuelta. Uno de los leones saltó apoyando sus enormes patas en los hombros de Carla y clavando sus dientes en el cráneo. Carla cayó de espaldas sobre la ruta. Mariela lloraba dentro del vehículo mientras veía como las bestias desgarraban y despedazaban a su amiga. Uno de los leones comenzó a desgarrar su vientre y a mover la cabeza como si fuese un cachorro jugando con un muñeco de trapo. La bestia que tironeaba de su vientre comenzó a retroceder arrastrando un pedazo de Carla por la ruta: se llevaba el cuerpo del no nacido. Mariela creyó ver movimientos en los brazos de la criatura. Se tapó los ojos y lloró hasta que sus energías se lo permitieron. De pronto, en un intento desesperado por detener aquella locura, bajó del auto, cerró los ojos y gritó con todas las fuerzas que quedaban en ella:

–¡¡¡Basta!!!

El rugido de los leones desapareció. El sonido de los insectos del monte regresó. La frescura de la noche envolvió su rostro transpirado. Mariela comenzó a relajarse entre jadeos, exhausta. A través de sus párpados notó encenderse las luces de la ruta, sintió los motores de los autos. Escuchó los gritos desesperados de personas que la llamaban. Abrió los ojos y vio pasar un vehículo a toda velocidad. Miró hacia la banquina y vio a Carla y a Juan que la llamaban con desesperación. Sintió un fuerte rugido a sus espaldas, pero no era un león, no era el rugido de ningún animal conocido, era un rugido que iba creciendo a cada segundo. La sensación fue la de cincuenta toneladas de metal que se le vinieron encima.

 

domingo, 7 de mayo de 2017

Presentación de Las Elegidas en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Este viernes 12 de mayo a las 18hs se realizará la presentación oficial de la novela de horror erótico "Las elegidas" en la Feria Internacional de Libro de Buenos Aires. La cita es a las 18hs en el stand 204 del pabellón azul. "Las elegidas" transita los géneros del terror, la ciencia ficción, el gore y el erotismo, y se consagró como ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016. 

viernes, 16 de diciembre de 2016

Primer Premio en el Certamen Nacional de Literatura Erótica

El día jueves 15 de diciembre, recibí de parte de la Secretaria de Cultura de Mendoza, el primer premio correspondiente al Certamen Nacional de Literatura Erótica. Quiero agradecer a toda la gente de cultura, por la hospitalidad y la calidez con que me recibieron. Agradezco de manera especial a Alejandro Frías, escritor mendocino a cargo de Ediciones Culturales Mendoza. Y quiero destacar un profundo agradecimiento al jurado, no por haberme elegido, sino por animarse a cruzar las fronteras que encorsetan a los subgéneros literarios. El reconocimiento a los elementos de la cultura gore, el terror y la ciencia ficción que el jurado ha destacado en mi novela, no es un reconocimiento en lo personal, es un reconocimiento en lo cultural que abarca a muchos escritores y artistas que transitan la misma senda. “Las elegidas” no fue concebida como una novela de literatura erótica, mucho menos de literatura “femenina” (aborrezco ese epíteto). “Las elegidas” fue concebida como una historia de terror (palo en el que me siento cómodo escribiendo), con elementos de la mitología americana y la ciencia ficción, que avanza abriéndose paso a través de las ciénagas en donde habita lo más oscuro y profundo de la sexualidad humana. Ediciones Culturales Mendoza la publicará en abril de 2017 con alcance nacional y será presentada en el pabellón azul de la Feria Internacional del Libro de Bueno Aires. Gracias a todos los que ayudan cada día.

jueves, 17 de noviembre de 2016

"La muda" Por Rogelio Oscar Retuerto

Aquel verano en que nació Martita, la vieja muda apareció en el barrio. Era flaca como su sombra, arrugada como los pliegues que la arena forma en el desierto; la gente la esquivaba, no porque la despreciara, sino por el terror que infundía su mirada. Primero le alquiló una pieza al flaco Luis, hasta que fue echada del lugar. El flaco nunca quiso hablar sobre las razones que lo motivaron a arrojar a la vieja y su hija a la calle, lo aterraba hacerlo.
Una tarde, cuando el sol caía a plomo sobre los techos de chapa, vino Luisa con la noticia sobre la muerte de la hija de la vieja. La vieja había recogido a la nena en la ranchada que los pibes de la calle tenían en la vieja estación de trenes. La había criado como hija propia durante más de un año. Todo el barrio concurrió al velorio, la velaron en la sociedad de fomento. La vieja se sentó en una silla de madera al lado del cajón, con las manos cruzadas sobre su vientre, como si le doliera, y lloró toda la noche. Lloró solo con sus ojos, pues era muda. La vieja palmeaba, en un sentido agradecimiento, cada mano que se apoyaba en su hombro. Al clarear el día, solo le quedaba su carro desvencijado y la caja con los cuatro mil pesos de la colecta.  Después del entierro, la vieja se esfumó, como si nunca hubiese existido.
El barrio entero llegó a pensar que la vieja fue una triste alucinación colectiva. Pero eso fue hasta el día de hoy.
Anoche, en un barrio vecino, una vieja muda recién llegada al lugar, veló a su hija recogida en los basurales de la ribera. Lloró toda la noche sentada en una silla de madera. Hoy, después del mediodía, partió del cementerio sin dejar más rastros que un cadáver fresco en una tumba fría y una silla con su vieja ausencia. Solo se llevó su carro desvencijado y la lata con los cinco mil pesos que las mujeres del barrio habían recolectado compungidas.