"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

Novelas Cortas

viernes, 13 de enero de 2017

"El hombre al otro lado del espejo" Por Rogelio Oscar Retuerto

Marcos está terminando su lágrima en el bar. Esta mañana está junto a su esposa e hijos. Su mujer está tomando un cappuccino; su hijo Ariel, de doce años, un submarino; Soledad, de siete, un licuado. Vienen cada vez que él cobra el sueldo. Antes lo hacían todos los domingos, ahora solo una vez al mes. De vez en cuando, Marcos levanta la  y vista y mira por la ventana. La calle está tranquila, pero todas las calles del mundo están tranquilas hasta que algo se descontrola. Marcos acomoda sobre sus piernas la cartera en donde guarda su pistola Bersa 9mm. Sigue mirando por la ventana. Todavía no, más o menos en cinco minutos, Marcos va a tener dos segundos para pensar que hacer, quizás, tres.
Él no es uno de los cadáveres en el espejo, él está del otro lado de espejo. Es tan solo un ciudadano, de esos que se la pasan frente al televisor mirando las noticias y los programas de entretenimiento de la noche, eso cuando está en casa, porque Marcos es policía federal en Buenos Aires y pasa gran parte del tiempo trabajando.
Desde hace quince días todos los medios de comunicación (los canales de TV, los diarios nacionales, las radios AM y FM,  las redes sociales) emprendieron un bombardeo coordinado sobre las pobres y escuálidas mentes de los espectadores. Eso es Marcos: un espectador. No solo mira a través de la ventana que oficia de TV de la vida real, de vez en cuando levanta la vista y pispéa el televisor.  En el canal de noticias, un analista explica el alcance de los beneficios de aprobar la nueva ley antiterrorista que promueven los estados del norte. Nos solo contaríamos con un país mucho más seguro, sino que se vaticina una avalancha de inversiones extranjeras en los meses posteriores a la sanción de la ley.
–Eso es bueno –dice Marcos, y toma un el último sorbo que queda en su tasa.
Hace un año que no le aumentan el sueldo, pero la inflación no se detiene. Mirá a dos jóvenes sentados en la mesa de al lado. La chica tiene media cabeza rapada y una isla de cabello se erige pretendiendo ser una estrella sobre el cuero cabelludo. El pibe tiene el pelo muy corto, excepto adelante en donde el flequillo le forma un jopo. Usa lentes de gruesos marcos de plástico. La chica, en cambio, usa lentes redondos y pequeños, de marcos dorados de alambre. La chica levanta la vista hacia el televisor.        
–Avalancha de inversiones –dice la joven rapada–, esa guita no viene a generar laburo, la ponen en la timba financiera.
–Zurdos –susurra Marcos, y sonríe mirando su tasa, mientras menea la cabeza.
El analista se suma al ejército de informadores que piden el apoyo del congreso para aprobar la nueva Ley antiterrorista y de Seguridad Interior. La televisión muestra un collage de imágenes de la ola de atentados en Ecuador, el único país de la región, junto a la Argentina, que aún no ha aprobado la ley. En Argentina, al menos, ya cuenta con despacho de comisión. El año pasado la ola de atentados sacudió al Brasil, hasta que el congreso aprobó la ley. Luego de la sanción, los atentados cesaron.
Un loco expone desde las redes sociales la teoría de “la interna de los countrys”. Dice que los atentados en los países que aún no han sancionado la ley son un mecanismo de persuasión, como sucedió durante mucho tiempo con los robos perpetrados por las empresas de seguridad contra los countrys custodiados por la competencia. El loco dice que la empresa de seguridad que quiere ingresar a custodiar Latinoamérica se llama “USA S.A”. Marcos no lee esas cosas. Lo está leyendo la piba de la mesa de al lado en su tablet, mientras esboza una sonrisa. 
Pero les dije que Marcos está a punto de tener que decidir las acciones más importantes de su vida en un lapso de dos, tal vez tres segundos. Todos saben que cuando uno se enfrenta a una situación límite, le suelen pasar por la mente los recuerdos de toda una vida, como en una proyección de diapositivas. Los neurólogos dicen que no es nada anormal, que esos datos están todos almacenados y sólo se requiere sacarlos a la luz. Quizás Marcos, en su condición de policía, se enfrentó en más de una ocasión a situaciones que lo prepararon para el día de hoy. Gracias a la información de los medios, se encuentra en estado de alerta.
Dentro de muy poco algo va a suceder en la calle y Marcos tendrá que decidir que va a hacer para salvar a su familia. No le preocupa tanto su vida, pero si la de sus hijos y la de su mujer. En ese momento Marcos va a pensar en la cocina del bar, quizás recordando una noticia sobre un atentado terrorista en Tailandia, en donde los terroristas ingresaron a un restaurante matando a mansalva y los pocos sobrevivientes se escaparon por una escalera que conectaba la cocina con la terraza. Pero en este lugar, en pleno centro, con todo un edificio de siete u ocho pisos encima, es seguro que no haya conexión con la terraza. También va a pensar en el baño. Podría encerrase con su familia en el baño. Claro que desde afuera podrían abrir el baño con un disparo en la cerradura. Entonces, él podría repeler cualquier ataque descargando con su arma las balas del cargador puesto y las del cargador que lleva en su cartera. Pero después quedaría indefenso. Podría optimizar balas disparando solo a blancos claros. Pero también existe la posibilidad de que al atacante no le importe resguardar su vida, y si hubiese dos o tres que pensaran así, entonces, estaría perdido.
Podía escapar por la ventana. Los vidrios de 4mm son difíciles de romper, pero con un par de disparos de su arma podría destrozarlos. En este caso estaría a la vista y al alcance de cualquiera. Lo mejor sería enfrentarlos, después de todo, son solo dos y ahí vienen, cruzando la calle.       El primero tiene jeans y zapatillas blancas, el pelo muy corto. Trae una Itaka alineada al cuerpo, sosteniéndola con una sola mano, con el dedo en el gatillo y apuntando al piso. El otro lo sigue por detrás, tiene suspendida una ametralladora corta a través de una correa, la sujeta con ambas manos ¡No son dos! El hombre bajito que va delante de ellos lleva un bolso colgado de una mano.
Ya llegan. Marcos abre su cartera y extrae la pistola. La sostiene contra su pierna. No va a decir nada, no quiere que sus hijos se alarmen. Ya están en la vereda, frente a la puerta. El hombre de la ametralladora se parapeta contra la puerta y mira hacia ambos lados de la calle. El bajito de bigote se para con el bolso delante de la puerta; detrás de él, se para el grandote con la Itaka. Ya no apunta al piso, la toma con ambas manos y apunta al frente.
Se abre una de las hojas de vidrio y entran. La puerta queda abierta. El bajito con el bolso enfila para la cocina.
“¿Cómo nadie se alarma?”
El grandote lo mira a Carlos, parece que se dio cuenta. Tiene que actuar rápido. Carlos se levanta y deja la mano oculta tras la mesa, pero no se retiran la mirada. El grandote se inclina hacia atrás y le dice algo al de la ametralladora. El de la ametralladora asoma la cabeza y lo mira.
“Se pudrió todo”.
Carlos levanta su arma. El terrorista de la Itaka le apunta. Carlos es más rápido, siempre con un arma de puño se es más rápido. Carlos le pega un tiro en el pecho y el de la Itaka cae contra el vidrio. El de la ametralladora entra y Carlos se la pone en medio de los ojos. El de la Itaka intenta levantarse,
“mierda, tienen chalecos”
… Carlos corre hacia la puerta volteando sillas y empujando parroquianos de bruces sobre las mesas. El grandote se tira de espaldas en el piso y apunta con su Itaka, pero Carlos lo acribilla en el suelo.
La gente comienza a correr hacia la calle, otros se meten en el baño, otros se esconden en la cocina.
“¡La cocina!” “¡¡el del bolso!!”
Carlos corre hacia la cocina, chocándose con algunos desesperados que no saben a dónde ir, desesperados que lo miran con los ojos abiertos, casi blancos, como si él también fuese un embajador del terror. Carlos avanza como una barcaza en medio de una tempestad humana.
Cuando pasa frente a la mesa en donde está su mujer y sus hijos, ve que su mujer tiene a los chicos con sus cabezas aprisionadas contra su pelvis, por debajo de la mesa, como si quisiera revertir el parto para protegerlos en la seguridad de su matriz.
–¡¡¡Carlos!!! ¡¡¡Carlos!!! –le grita su mujer, horrorizada.
Carlos entra en la cocina y busca al bajito. Allá está, detrás de los cocineros.
“un escudo humano”
–¡No dispare! –le ruega el hombre y le arroja el bolso a sus pies. Después mete la mano en su campera.
“Un detonador”
–¡Al piso! –les grita Carlos a los empleados.
Dispara con su 9mm y le impacta al hombre bajito tres veces en la cabeza.
De a poco la paz va retornando al bar. Al menos, ya no hay gritos ni disparos. Tampoco gente, a no ser por los cadáveres que aún yacen en el piso y algún que otro policía.
El bar es una zona de guerra. El piso está tapizado de vajilla hecha trizas, mesas y sillas volcadas en medio de charcos de sangre. Pero podría decirse que retornó la paz, la paz de los cementerios.
Un integrante de la policía científica ingresa a la cocina con su maletín. Afuera del bar, la cinta desplegada por la policía separa la tarea de los científicos de la de los curiosos. Un policía recoge las vainas servidas: todas son de 9mm. Solo una voz se siente dentro del local: es la voz del periodista de la televisión que quedó clavada en el canal de noticias:
–Esta mañana, en un confuso episodio, un efectivo de la policía federal disparó dentro de un bar de la zona de Congreso dando muerte a tres custodios que llevaban el dinero para el pago de los sueldos de los empleados del lugar. En un primer momento se abarajó la hipótesis de un robo, pero después trascendió que el efectivo de la federal se encontraba dentro del negocio desayunando junto a su familia. En este momento el fiscal Andoraegui se encuentra tomando declaración al único detenido en este confuso episodio. Nuestra compañera Laura Cabral se encuentra en el lugar de los hechos. Vamos con ella.
–Que tal Héctor. Estamos acá, con vecinos de la zona, hablando sobre lo sucedido. Acá estamos con Marcelo que nos daba su opinión sobre los hechos.
–Buenos días, Marcelo, si es que pueden llamarse “buenos”. ¿Qué es lo que sucedió en ese lugar? ¿Alcanzaron a ver algo los vecinos?
–Que tal Héctor. Una locura, qué voy a pensar. Hay que terminar con esto. Ya nos parecemos a Estados Unidos: entra un loco a cualquier lugar y hace desastres.
–¿Conocías a alguna de las víctimas?
–Sí. El que está muerto en la cocina es el hijo del dueño, el que llevaba el bolso con la plata. Al menos, es lo que dicen, porque no se puede pasar.
–¿Alguna reflexión sobre lo sucedido?
–Que es una locura. Acá necesitamos la ley antiterrorista, para que el ejército se haga cargo de las calles. Al menos, van a estar todos más controlados.
–Mire que el homicida era un policía. De todas maneras hubiese estado armado.
–Puede ser. Pero necesitamos que haya más control. Así no se puede vivir.
–Muchas gracias, Marcelo. Volvemos a estudios.