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martes, 20 de diciembre de 2016

"Los cadáveres en el espejo" Por Rogelio Oscar Retuerto

                                    I
El hombre en el espejo

Una mariposa agita las alas en Oriente
y desata una tempestad en New York.

Alguien está por inmolarse y llevarse consigo la vida de mucha gente. ¿Por qué no digo gente inocente? De alguna manera, todos somos culpables e inocentes en este mundo. ¿En qué cambiaría si dijese que aquel turista que está a punto de brindar con champaña francesa con esa rubia debilidad, que de seguro no es su esposa, es culpable de adulterio? ¿En qué cambiaría si dijese que aquel cincuentón obeso de cutis recién afeitado y bañado con fina loción inglesa, ese obeso de traje gris de presencia rozagante, ha amasado su fortuna sobre las espaldas de niños esclavizados en fábricas ilegales del sudeste asiático? Ahí cruza el mozo: inmigrante, ecuatoriano, casado hace seis años con una siria, dos hijos. De seguro también carga con sus culpas. Quizás su antigua familia se desangre en la miseria de una de las tantas crisis sociales y que atraviesa el continente latinoamericano. De alguna manera, hacer la Europa fue una manera de abandonarlos. De seguro aquí hay mucha gente de buen corazón, pero yo soy un buen creyente: no haga distinción de personas.
No son las culpas lo que debería movilizar al mundo. Pero acaso ¿existe un sentimiento más paralizador y a la vez más movilizador que la culpa? ¿Entienden lo que quiero decir? Cada vez que ocurre una masacre se habla de gente inocente ¿No dijimos que en parte todos somos culpables de algo en este mundo? Acaso, cada vez que un bombardeo desparrama cadáveres sobre las ya resquebrajadas calles de Siria ¿No deberíamos, entonces, también decir gente inocente?
Si yo estuviese en la posición de aquel hombre sentado en la barra, negociaría antes de inmolarme, pediría que se eximan del vocabulario las palabras “culpable” e “inocente”. Tan solo son justificativos. Deberíamos extirparlos de los idiomas del mundo. Ningún escritor escribió jamás “el hombre culpable camina bajo la lluvia” o “la mujer inocente sirvió la cena”. A nadie le importa si la persona con la que se cruza cada día, el compañero de trabajo o el vecino de la esquina es culpable o inocente de algo. Uno lo conoce, lo frecuenta, comparte cosas mínimas o más importantes y al cabo de un tiempo uno mismo entrega su veredicto. Así debería ser el mundo; sí, así debería ser.
Al menos, para muchos de los que hoy están acá el mundo tiene los minutos contados, tal vez segundos. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que va a hacer aquel hombre? Tal vez yo me percate porque no deja de mirarme a través del espejo del bar. Desde mi posición puedo penetrar en sus ojos y zambullirme en las profundidades de su alma para escrutar las razones sepultadas bajo toneladas de escombros. Por momentos me da ganas de reír. Mañana los noticieros van a buscar alguna posible conexión con el terrorismo internacional. Otros, en cambio, elaboraran las hipótesis más rebuscadas indagando en la infancia y los traumas de la adolescencia para explicar las acciones y decisiones inexplicables de un lobo solitario. Buscarán culpables dónde no los hay y lloraran sobre los cuerpos de los inocentes ausentes. “Buscar explicaciones”, vuelven a mí las ganas de reír. No hay nada que explicar.
En este mundo a veces se hacen las cosas por hacer. A diferencia de la culpa y la inocencia, la perversidad sí es real; pero la perversidad no está encerrada en un cuerpo vagabundo que yerra por el mundo. Es una de esas pocas cosas que se gestan en la comunión de los hombres. Si no existiese la sociedad, no podría existir la perversidad. Nosotros, acá reunidos, estamos gestando la perversidad.
Alguno allanará la vivienda de aquel desgraciado, al tiempo que otros allanaran su casa de la infancia. Buscarán recortes de suplementos policiales, novelas negras que hayan podido inspirar la matanza. Quizás algún escritor ignoto tenga la fortuna de que, en medio de tamaña desgracia, lo culpen de haber oficiado de inspirador para el asesino en masa y, de esa manera, salte del anonimato a la primera plana de los diarios sensacionalistas y su mediocre obra se convierta en el best seller del año. Al cabo de un tiempo, como suele suceder desde siempre, el caso se olvida sin que nadie haya podido dilucidar por qué lo ha hecho.
Pero yo, en cambio, conozco las razones; las veo aflorar en sus ojos, como cadáveres putrefactos que emergen a la superficie de aguas inmundas para luego volver a sumergirse. Cada uno de los que emerge me habla, me cuenta cosas, algunas son imposibles de entender, otras duelen, son imposibles de reproducir. Los gusanos en sus bocas son más numerosos que las palabras que luchan por salir, las rodean, se ciñen en torno a ellas y las matan. Pero yo hoy las escucho, quizás pocos en el mundo las escuchen, pero hay quienes las escuchan.
Quizás, esta escena se esté repitiendo en este momento en muchas ciudades del mundo; con hombres sentados en un bar frente a un espejo; con hombres a punto de aborda un tren, mientras observan las ventanillas que pasan frente a ellos, una tras otras, como los recuadros de una vieja cinta cinematográfica que proyecta sus vidas dolientes; con jóvenes que están cerrando la puerta de su casa partiendo rumbo a la escuela, con la mochila más pesada que de costumbre y con la determinación de convertir a este en el último día de clases, para ellos y para quienes figure su nombre con la fecha de hoy en el libro del destino.   
El por qué es tan simple como eso. Los recovecos de la conciencia del ser humano son un laberinto sin salida. El destino del hombre es un camino infestado de ciénagas. Solo hay que saber sortearlas, pero no todos lo logran, algunos caen en ellas, como los cadáveres en el espejo.
En el televisor del bar pasan una publicidad sobre la “meritocracia”. Nadie le presta atención, pero yo sí la observo: “Imaginemos un mundo en dónde cada uno tenga lo que se merece”…“lo que se merece”. Y bien. Manos a la obra, entonces.
Las puertas del tren se abren; dos adolescentes ingresan al aula en su último día de escuela; un hombre se abre paso entre la multitud de un concierto, como una barcaza mortuoria en medio del un mar de cadáveres; el hombre del espejo se pone de pie y mete su mano en la campera.  
(*Oleo de Alex Colville)
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