"Las elegidas" Novela ganadora del Certamen Nacional de Literatura Erótica 2016

Cuentos Fantásticos y de Terror

Novelas Cortas

domingo, 25 de diciembre de 2016

"Letras de sangre" Por Rogelio Oscar Retuerto


–Ya llegamos maestro –le dijo el remisero.
Amadeo abrió los ojos y vio a lejos la casona de Ubilarrea en la que vivía desde hacía tres años.
–Debería comprarse un auto –propuso el remisero.        
–No me gusta manejar –repuso Amadeo, sin mirarlo. Miraba la casona agigantándose a medida que avanzaban. La extrañaba.
–Cuando me dijo en el aeropuerto que tenía que llevarlo a Ubilarrea pensé que me estaba jodiendo ¡Un viajecito!
Amadeo permanecía inconmovible admirando su casa.
–¿Cuánto le debo?  
–Mil trescientos cincuenta pesos.
Amadeo le entregó tres billetes de quinientos.
–Quédese con el vuelto.
–¡Gracias, maestro! ¿Le ayudo con el bolso?
–Puedo solo. Estoy cansado por el viaje, pero puedo solo.
El viejo entró a la Casona, la notó algo húmeda. Encendió la luz de la cocina. Prendió la computadora y apoyó el bolso en la mesa. Sacó el busto de H. P. Lovecraft y lo puso en la repisa junto con “El místico” y el Premio Víctor Hugo. Le guardaba gran aprecio al Víctor Hugo. Fue el premio que le permitió comprarse aquella casa. 
Se sentó frente a la computadora, entrecruzó los dedos de las manos y los hizo sonar. Abrió su cuenta de facebook y encontró la catarata de saludos y felicitaciones. Amadeo meneo la cabeza. Fue a Escritorio, deslizó el puntero del mouse sobre los iconos, pasó sobre el Word y se detuvo, luego continuó y llegó al sistema de cámaras de seguridad de la vivienda. Clikeó. La pantalla se dividió en cuatro recuadros. En uno se divisaba, envueltos en el tono verduzco de las cámaras visión nocturna, a dos hombres y una mujer durmiendo sobre colchonetas tiradas en el piso.
Amadeo se levantó y se dirigió al sótano. Bajó las escaleras, agarró las llaves colgadas en un clavo en la pared y abrió la puerta. Cuando la puerta se abrió, parecía haber destapado una cloaca. Los olores a mierda y orines treparon por la escalera con rapidez. Prendió la luz. Los dos hombres y la mujer despertaron. La mujer se tapó la cara con la mano y cerró sus ojos con fuerza. Su brazo era esquelético, tan delgado que se notaban los huesos bajó la piel. Los tres estaban encadenados por los tobillos a un caño de gas que surcaba la habitación a lo largo de uno de los sócalos. Amadeo esperó a que se despabilen, después se dirigió a la mujer. 
–Gladys Gallardo, felicitaciones. Hemos ganado el H. P. Lovecraft.
La mujer miró el piso.
–Ahora te traigo la comida. Estás muy flaca.
La mujer rompió en llanto.
–¿Y nosotros? –preguntó uno de los hombres–. Nos estamos muriendo de hambre.
–No se preocupen por eso. Acabó de encontrar mi estilo –dijo Amadeo, señalando a la mujer. Se dispuso a salir de la habitación.
–¡Qué va a hacer con nosotros! –gritó uno de los hombres.
Amadeo se detuvo por unos segundos y luego volteó.
–¿Qué se hace con las obras que no resultan ganadoras? –preguntó.
Los hombres se miraron.
Amadeo salió del cuarto y cerró la puerta. El ruido de cadenas agitándose trepó las escaleras.
–¡Viejo hijo de puta! –se oyó–. ¡Te van a dar perpetua, la concha de tu madre!
         Amadeo avanzó y fue arrancando las hojas de periódicos que cubrían la pared de la escalera.
         “Escritor uruguayo desparece en Lobos”.
         “Tras tres años de intensa búsqueda, dan por desaparecida a la escritora Gladys Gallardo, secuestrada en su casa de Roque Pérez…”
<<“Parece que se lo tragó la tierra” la esposa del escritor Arturo Villafañe en diálogo con…>>
         Hizo un bollo con los recortes de diario y los tiró en el tacho de la cocina. Salió al patio y se dirigió hacia el galpón del fondo. Bordeó la pared de chapa y llegó hasta la trituradora de madera. Permaneció frente a la máquina por algunos segundos, pensativo. La encendió. El zumbido de la maquina se elevó cubriendo la atmósfera con un rumor incesante. Metió dos tablas y la máquina las escupió en una lluvia de viruta y astillas que cayó sobre el barro.
         Amadeo acarició la máquina y después le dio tres palmaditas, como si tratase de una mascota.
–Así que así se hace para que aprendan a escribir terror –le dijo. Después rió.
Amadeo apagó la máquina. Le echó un vistazo a las cuchillas filosas que esperaban, ávidas, algo para digerir. Amadeo tuvo un pensamiento premonitorio “¿Qué se hace con las obras que no resultan ganadoras?”
Amadeo volvió a la casa. Agarró el colt 38 que siempre estaba encima de la alacena y bajó las escaleras.
 (Relato publicado en la revista "Letras y Demonios" Nº 1. Diciembre de 2016)

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