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lunes, 24 de octubre de 2016

"El Hombre Gato" (o la verdadera historia de Antonio Rosendo López)

Dicen que la historia existe para no reincidir en los errores del pasado. Sobre esta lógica, las culturas que nos precedieron en su paso por estas tierras elaboraron un rico acerbo de narraciones para orientar la vida de sus integrantes. De alguna manera fueron construyendo su propia historia. Y las historias están hechas para creer en ellas y definen una moraleja que los miembros de una comunidad deben inferir. Podríamos decir que fueron los narradores ancestrales los primeros maestros en la manipulación de la opinión pública. Sin embrago, los tiempos cambiaron y en la era de la globalización de la desesperanza son los medios de comunicación los que manipulan las mentes del mundo. Los narradores se convirtieron en quijotes románticos que arremeten cada día contra enormes molinos infestados de antenas parabólicas. Los narradores fueron desapareciendo, pero sus historias viajaron como virus y bacterias pululantes en la sangre de los migrantes que se trasladaron desde los más variados ámbitos rurales hacia las grandes ciudades. Podríamos decir que las leyendas rurales se reconvirtieron en nuevas leyendas urbanas. De una de ellas nos ocuparemos hoy. Se trata de la irrupción, en 1984, del hombre gato en conurbano bonaerense. Vaya aquí el reconocimiento a los seres sobrenaturales de toda nuestra tierra a través de la humilde historia de Antonio Rosendo López. 

El Hombre Gato (o la verdadera historia de Antonio Rosendo López)
Con que facilidad se manipula la mente de quienes quieren creer lo que se les dice. Gente que hace propio lo que le escupen desde la televisión y lo que se le mete en las pupilas desde los diarios.
En 1984, el conurbano bonaerense entró en vilo ante la ola de apariciones terroríficas del “hombre gato”. Acusado de violentos ataques sexuales, violación de propiedad privada y hasta de asesinatos, el hombre gato fue una víctima más de la pereza intelectual de los propios argentinos. Nadie relacionó las apariciones con el fuerte incremento del flujo migratorio de correntinos que, en busca de un mejor horizonte de vida luego de la caída de la dictadura, cubrieron el conurbano bonaerense como una ola infestada de gargantas guaraníticas, acordes enchamigados y zapucai estremecedores. Nadie conocía –en medio de una ciudad drogada de descultura, con el aborto clandestino de su propia historia a cuestas– las historias de los hombres tigres del litoral argentino. Cuenta la leyenda que aquellos indios bautizados en la fe cristiana, se revolcaban sobre el cuero de un jaguar luego del atardecer y rezaban un credo al revés para tomar la forma del animal. Esta condición se mantenía mientras duraba el imperio de la noche. Deambulaban en la oscuridad violando mujeres y alimentándose con carne humana. Estos seres desgraciados regresaban antes del amanecer a sus guaridas y volvían a revolcarse sobre el cuero para recuperar la forma humana.
En febrero de 1984 arribó a tierras bonaerense Antonio Rosendo López junto a su familia. Matarife de profesión, consiguió trabajo muy pronto en un pequeño negocio de Rafael Calzada. A mediados de año no pudo más con su sed de sangre y, a falta de jaguares y gatos montaraces en la zona, capturó el gato de un vecino y lo desolló con su cuchilla de carnicero. Con la sangre aún fresca en el cuero del animal, lo extendió en el piso rodeándolo de velas encendidas y comenzó a revolcarse mientras rezaba el credo al revés. Varias noches repitió el mismo ritual aterrorizando al barrio con sus incursiones espeluznantes. Cierta noche, un paisano que conocía el secreto de López y se la tenía jurada desde tierras correntinas, le quemó el cuero en dónde inició su metamorfosis demoníaca. Al llegar López a su guarida y encontrarse desprovisto del cuero, deambuló por el barrio convertido en un gato negro de grandes dimensiones. El paisano traidor le dio cacería y lo vendió a un tenedor libre que una familia china regenteaba en el barrio porteño de Flores. Esa noche, el paisano perverso fue a cenar con su familia y dicen que él solo comió “conejo” hasta saciarse. 

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